sábado, 31 de marzo de 2018

La España de Trento



No es un secreto que la Iglesia, históricamente, ha estado al lado de las fuerzas conservadoras y poderosas contra las reclamaciones de las gentes humildes. El orden, de acuerdo con la máxima del Derecho Romano, heredado por la jerarquía católica, ha primado sobre cualquier otra consideración. La defensa de lo que la Iglesia ha tenido como sus derechos, la propiedad sobre todo, ha estado en la raíz de dicho comportamiento.

También es cierto que ha habido excepciones que no han conseguido evitar la idea de que la Iglesia ha preferido acumular riquezas y poder, aunque combinase esto con actos de caridad que, entre otras cosas, servían para lavar los enormes vicios en los que siglo a siglo ha incurrido. Nada que ver la Iglesia desde los siglos IV y V con el ejemplo de los primitivos cristianos, ni con el esfuerzo titánico de no pocos misioneros en América y otros continentes para evitar la injusticia.

La “Semana Santa” de este año en España ha sido especialmente hiriente para todos aquellos que no se sienten católicos, o incluso para los que llevan su laicismo como una seña de identidad que debe de ser respetada. La Constitución española establece la aconfesionalidad del Estado, por lo que los poderes públicos, y sus representantes, debieran abstenerse de hacer –en cuanto tales- manifestación alguna de apoyo a la Iglesia católica.

Se han visto estos días opulentas manifestaciones teatrales (más que religiosas) en las que, como en la Europa de Trento, se sacan imágenes con sus ricos mantos y cirios encendidos a las calles, como lanzando anatemas a la mitad de la población que siente de otra manera la religiosidad o no tiene religión alguna. ¿A que viene ese rebrote de teatralidad barroca si no es para dar rienda suelta a los deseos del clero más reaccionario y de la población que concibe la religión como un conjunto de actos externos? El argumento de que se trata de una tradición (cuando el Estado estaba íntimamente unido a la Iglesia católica) es tan válido como reivindicar la tradición de sacrificar animales en honor de este o de aquel dios.

¿Y si la cólera de los anarquistas volviese a incendiar conventos e iglesias como ocurrió en los años 1931 y durante la guerra civil? Porque esa también fue una tradición de cierta población española durante todo el siglo XIX… Yo no justifico, ni moral ni políticamente dichos comportamientos, que no hicieron sino ofender gravemente a la población católica y desprestigiar a España internacionalmente, pero comprendo que, llegados al hartazgo algunos sobre los vicios y privilegios de una Iglesia rica, amiga de los poderosos y mandamases, dieran rienda suelta a la barbarie.

Los ministros del Gobierno de España saben que no existe, hoy, en España ese riesgo. Pues mayor razón para que fuesen comedidos y exigiesen a la Iglesia que respetase la aconfesionalidad del Estado, que es una forma más de acatar la Constitución como se exige a otros. Ocupación del espacio público para que las cofradías religiosas hagan negocio alquilando por pingües rentas sillas en primera y segunda fila, alquiler de balcones para asistir al espectáculo de las procesiones (que nada o poco tienen de religiosas); dinero que no contribuye al fisco y que por lo tanto es más negro que el alma de algunos obispos y ministros.

Se ha perdido una ocasión más para demostrar que España es un país moderno donde se respetan las leyes, la fundamental en primer lugar, una vez más conculcada. El agravante es aún mayor con las manifestaciones de la ministra de Defensa, a la que todavía no se le ha oído ni una sola idea sobre las necesidades del Ejército nacional en misiones humanitarias internacionales. Allí el ministro de Justicia, de quien dependen las relaciones con la Iglesia… Hasta el papa Francisco, más preocupado por cuestiones sociales que por la teología, ha hecho llamamientos a la humildad y a no hurgar en heridas que debieran estar curadas.

La Iglesia católica tardó, hasta el Concilio Vaticano II, en reconocer la libertad religiosa, combatió el liberalismo y luego el socialismo. La jerarquía católica y política de España ha preferido burlarse de la mitad del país que reclama el cumplimiento de la Constitución, sacando más santos que ideas a la calle, como si ello significase algo positivo. Solo significa que la burla está a la orden del día desde las más altas instancias.

L. de Guereñu Polán.

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