jueves, 22 de febrero de 2018

FEMINISMO, LA LUCHA INTERMINABLE.

CLARA CAMPOAMOR,  EDRIS RICE-RAY, SOR JUANA  INÉS DE LA CRUZ,  tres mujeres entre muchas otras cuyas biografías muestran como en épocas distintas, circunstancias y realidades diferentes, el feminismo es un fenómeno común. Una tarea interminable que representa la  dinámica liberadora encaminada a erradicar una página negra de la sociedad y el prolongado e inicuo sometimiento de la mujer.
Aunque el concepto de género se acuña en el siglo XX, en la década de los setenta,  el feminismo no es sino  la constante lucha de la mujer, que  conduce  al descubrimiento de que el género es una construcción cultural que revela la nítida desigualdad social entre hombres y mujeres. Con todas las complejidades que entraña, el feminismo responde tanto a actitudes intelectuales como históricas. Es difícil hallar una dominación más larga y cruel y en la que la marca de la naturaleza haya grabado esa impronta que afecta a las mujeres.  El discurso de la inferioridad de lo femenino alcanza con visión retrospectiva, al menos hasta la filosofía griega, aunque los picos de mayor virulencia se asocian con la teología, cuya vocación es hacer de la mujer un ser anónimo. Algo que auspicia que el empoderamiento femenino se incardina con una necesaria desconexión de la tradición y de la religión, eliminando prejuicios y abriendo puertas a una realidad distinta.
A lo largo de siglos el género  fragmenta la sociedad en dos partes asimétricas. Una marcada por la subordinación y otra por la dominación.  En una confluye una suma de derechos y en la  otra un déficit significativo de los mismos. La propuesta feminista pone al descubierto todo el armazón ideológico que discrimina o excluye a las mujeres de los diferentes ámbitos de la sociedad. Si el  marxismo señala la existencia de clases sociales con intereses opuestos e identifica analíticamente los mecanismos sociales e institucionales inherentes al capitalismo, el feminismo es la mirada crítica y política sobre las dimensiones de una realidad intolerable y degradante que se manifiesta en violencia de género, acoso sexual, desigualdad de acceso a los derechos colectivos, brecha salarial, etc. Lo que tradicionalmente acontece, -aunque las circunstancias estén variando sustancialmente-, es la existencia de una disposición social en la que los varones ocupan una posición hegemónica en todos los ámbitos de la sociedad.
Uno de los pilares de la teoría feminista, es la radiografía sociológica que pone al descubierto los elementos de subordinación e injusticia social que usurpan recursos y conculcan derechos en la vida de las mujeres. Pese a todas las limitaciones impuestas, la realidad final la recoge  en una frase de Virginia Wolf, “No hay barrera, cerradura ni cerrojo que se pueda imponer a la libertad de la mente”. Habría que formular la salvedad de las escasas y lamentables anécdotas, referidas a mujeres que con desdoro utilizan la sensibilidad social existente para difamar, chantajear o retorcer en pro de mezquinos intereses personales la dignidad de un proceso, mancillando la lucha noble, dura, comprometida de las auténticas activistas depositarias del legado liberador. O, lo que es peor, menoscabando de forma grosera con su comportamiento a las verdaderas víctimas en su drama vital y su dolor.  
La labor del movimiento feminista, de sus actoras y actores, no  termina en  la teoría analítica o en el diagnóstico crítico de la realidad. Requiere de la acción política, como vehículo en el que desembocar la praxis. Huyendo de interlocutores que encantados de haberse descubierto como  machos alfa, con todo cinismo se apuntan a cualquier fuego de artificio demagógico, contaminando la política. La lucha por la equiparación y los derechos de la mujer es algo demasiado serio, demasiado riguroso, demasiado dramático, como  para dejarlo en manos de políticos oportunistas, plumas de pavo real,  sin nueces tras el ruido. O en los que, con extrema procacidad no dudan en manifestar,  “no nos metamos ahora en eso...”  
Señala  con razón Dña. Celia Amorós, brillante teórica del feminismo, y del llamado “feminismo de la igualdad”, catedrática y miembro del Departamento de Filosofía  Moral y Política de la UNED, “en feminismo, conceptualizar, es politizar”. Sostiene que la globalización ha tenido un efecto nocivo para la mujer, y reclama “que se vuelvan a rearmar movimientos antiglobalización en los que las mujeres tengan su lugar transversal”.  
Llegados a este umbral de compromiso, cada vez  brillan con más fuerza los ejemplos de integridad moral de mujeres, que como en su día la diputada Dña. Clara Campoamor, ayer y hoy, abanderan la lucha de la emancipación femenina.    
     


*Antonio Campos Romay ha sido diputado en el Parlamento de Galicia.

martes, 20 de febrero de 2018

SOBRE LA FIEBRE DE LA BUSQUEDA DE SIMBOLOS E IDENTIDADES.



Ante el penúltimo acto de auto identificación nacionalista, bendecido por el propio presidente del Gobierno, recupero mi reflexión personal, cuya primera versión tiene casi dos lustros             .
Mantenía Aristóteles, y otros grandes pensadores, que para estudiar y fijar una idea abstracta era necesaria una imagen. La ciencia social que Aristóteles desarrollo, hace 2.400 años, es aún hoy la herramienta más avanzada del que disponemos los humanos, para controlar unas sociedades en las que las ciencias aplicadas, nos han aportado tecnologías capaces de destruir, varias veces, el mundo que habitamos, dicho con muchos matices lo de controlar. Aún cuando hay aportaciones importantes, a mí me gustan citar aportaciones de pensadores que me son próximos,  como Ortega y Gasset, sus prólogos a la “Rebelión de las Masas” que fueron premonitorios para entender el devenir del proyecto Europa, o las de Victoria Camps en “Virtudes Públicas”, para afrontar en presente siglo desde una ética personal, pero parece evidente que existe la necesidad de una evolución rápida que modernice las ciencias sociales,  e implante de forma general un potente útil ético social.
Desde el respeto hacia los que tienen necesidad para confirmar su identidad mediante vínculos convencionales, tan básicos como los símbolos (para las religiones y los nacionalismos son parte indispensable), yo me encuentro entre los que sostenemos que esa atadura atávica es algo a superar, desde la razón, ya que desde los sentimientos primarios que desatan no es posible.

Algunos no necesitamos para sentirnos, gallegos, españoles, europeos y ciudadanos del mundo, simultáneamente, más que nuestra voluntad y un modesto conocimiento de la historia. Es más, creemos que las banderas, himnos, escudos, signos y demás simbología son respetables, si sirven para unir voluntades y forjar convivencia, y absolutamente prescindibles si se utilizan para la división y el enfrentamiento.

Quizá algo ingenuamente, entendemos que las lenguas, los idiomas, son instrumentos de comunicación, y que su uso como elemento de imposición de culturas es algo rechazable, tanto si los que así los utilizan lo hacen desde una mayoría, como si se hace desde una minoría, lo que aún es peor.

Lo que sirve para identificarnos y distinguirnos de los demás tiene que estar supeditado al bien común; los derechos individuales y colectivos deben de aplicarse a las personas, antes que  a los territorios, y para diferenciarse es preferible, antes que un signo físico, una condición humana, como por ejemplo la condición de quien vive de su trabajo diferencia a la mayoría de los humanos, de la condición de la minoría que vive de explotar y manipular a los otros.

Con la misma autoridad, como mínimo, con que algunos confrontan en base a haber nacido (siempre casualmente) en un territorio, se puede afirmar que no es más gallego, catalán, alemán o guineano quien nace, que aquel que voluntariamente quiere serlo.

La organización como tribu, en que esos atavismos eran imprescindibles, fue superada hace mucho tiempo  por naciones y estados, donde han seguido siendo importantes pero que han permitido reducir, que no eliminar, su necesidad para mantener la cohesión, mediante un contrato social basado en la defensa de intereses comunes y derechos universales. Volver al primer plano como principal herramienta, de relación con los vecinos, el puro sentimiento, y que eso sea alabado y puesto como ejemplo por dirigentes de sociedades modernas, no parece que sea algo bueno para superar las dificultades de convivencia. En España deberíamos tener muy en cuenta como han radicalizado los nacionalismos periféricos los sentimientos, hasta convertirlos en religión, para oscurecer incluso  la legítima defensa de intereses y derechos de los ciudadanos a su cargo, y resulta difícilmente entendible que quienes están obligados a la defensa de los intereses y derechos generales, caigan en el error de entrar en ese juego ajeno a cualquier solución razonable para los problemas que sufrimos.

ISIDORO GRACIA

domingo, 18 de febrero de 2018

El desorden mundial


En este momento hay un gran número de personas en el mundo que están delinquiendo. Hay muchas más que son honradas y viven de su trabajo, pero no tienen la influencia de las primeras. De los que ahora están delinquiendo los más importantes son grandes financieros, dueños de gigantescas corporaciones, especuladores, empleadores y explotadores de seres humanos, mafiosos de cualquier nacionalidad, etc. Por todo ello no debemos creer que vivimos en el mejor de los mundos, que existe un orden que lo regula todo de forma adecuada y perfecta. Muy al contrario, vivimos en el caos solo regulado en parte por los Estados cuando estos cumplen con su obligación, pero en ocasiones claudican de ella. La norma es, pues, el desorden, la injusticia, el abuso, la crueldad; no la concordia y la equidad.

Por mucho que hayamos avanzado en materia de derechos humanos, de servicios públicos, de colaboración internacional, estamos en pañales respecto de un ideal que no ha muerto pero que muchas personas han olvidado.

Tengo un amigo que es artista (yo no considero que lo que hace sea arte, pero él dice que no entiendo de eso y así nos llevamos bien). Empezó con dificultades para vender algunas de sus primeras obras pero ahora ya está en contacto con algunos marchantes que le permiten colocar sus obras en manos de algunos especuladores. La última operación que hizo fue pagar unos 350.000 euros a intermediarios que hicieron creer a especuladores del arte que la obra de mi amigo estaba en alza en cuanto a su cotización. Estos especuladores no están interesados estéticamente en el arte, solo acumulan obras para venderlas a mayor precio más tarde. A la postre, mi amigo consiguió vender una obra suya por 300.000 euros (en su realización empleó un mes). Obviamente perdió dinero, pero lo ganó en otras operaciones por este procedimiento. Imaginemos lo que especulan otros, más famosos e integrados en el mercado del arte: se trata de millones y millones de euros. Ultimamente se habla de una burbuja en el mercado del arte: se ha invertido tanto en comprar que muchos tienen fortunas en obras que no valen para nada, y no les dan salida si de ganar dinero se trata.

Algunos especuladores del arte donan una obra carísima a una fundación (en ocasiones creada por ellos mismos) consiguiendo así descuentos fiscales por parte de los Estados, por lo que somos todos los que estamos financiando su lucrativa y nada productiva actividad. En este desorden –con un solo ejemplo- funciona la economía del mundo actual.

Hay corporaciones del sector servicios, como Amazon o Google que aportan poquísimo empleo y obtienen gigantescos beneficios que se quedan unos pocos; en relación a las inversiones iniciales que han hecho sus propietarios, los beneficios generados son casi ilimitados. Si un Estado quiere gravar fiscalmente tales beneficios, entonces estas empresas se deslocalizan, cuando no se da el caso de que no tienen localización fija; hoy operan desde Estados Unidos y mañana desde un país de la Unión Europea, desde Japón o desde Australia.

Las mafias económicas (criminales) forman parte esencial del orden económico mundial. Este no se entiende sin ellas (hoy por hoy). Existen en países donde hubo revoluciones igualitarias, como Rusia y China; en Corea del Sur, en Estados Unidos y en cualquier país de la llamada economía libre (que esclaviza a los seres humanos). Como no quiero dar ocasión a la demagogia, diré que la esclavitud moderna no es igual que la antigua. Ahora se trata de inestabilidad en el empleo, salarios desiguales, estafas monumentales, leyes laborales hechas al dictado de los dueños del dinero… aunque tengamos sindicatos, tribunales laborales, parlamentos y legisladores de pro. Además hay esclavos en el sentido antiguo en China, África y otros lugares.

Siempre me ha llamado la atención la defensa que muchos hacen de la economía libre: para despedir y contratar, para exportar e importar, para traficar con droga o sexo, para desabastecer a un país en beneficio de los dueños del mercado… Si el Estado interviene se le acusa de totalitario, de enemigo del progreso: ¿que progreso si con él coexisten 800 millones en el mundo que pasan habre, millones que viven con dos euros diarios, millones que están desamparados ante catástrofes naturales? La economía libre, entendida de forma absoluta, es un mal, no un bien. Si los Estados claudican de intervenirla, apaga y vámonos.

Una vez leí que no era lo mismo trabajar que tener empleo: lo primero es una actividad que desempeñamos cuando cuidamos a los hijos, hacemos la compra, nos desplazamos para ir al trabajo… Tener empleo implica una remuneración, alta o baja. Cuando las máquinas hagan la mayor parte del trabajo remunerado (ocupen los empleos de los seres humanos) los beneficios obtenidos ¿se quedarán en los dueños de esas máquinas o se repartirán tanto entre los empleados como entre los desempleados? Porque como expliqué, tanto unos como otros trabajan. Si los que no tienen empleo no participan de los beneficios del progreso técnico ¿para que queremos progreso técnico? ¿para que se queden con su producto tres o cuatro?

Los partidos y organizaciones socialistas tienen una labor por delante gigantesca y no sé si son conscientes de ello (los pensadores de estas cuestiones sí), pero creo que los cuadros políticos del socialismo europeo, por poner un ejemplo, están pensando más bien en llegar a acuerdos con las patronales, pedir a los bancos “buenas prácticas”, renunciar a grandes transformaciones mientras dichos partidos se dividen y subdividen una y otra vez, siendo ocasión para que personajillos de poco seso se conviertan en capitanes de organizaciones pequeñas que para nada valen.

Los paraísos fiscales son cosa de todos: están en Andorra, en el Reino Unido, en Estados Unidos, en el Pacífico, en el Atlántico, en Europa… Se puede acabar con ellos, pero no se quiere porque se enfadarían los especuladores, con grave riesgo para los gobiernos y la “estabilidad” mundial. ¿Quién puede osar cambiar estructuras tan asentadas que llevan siglos perfeccionándose? Además, las clases medias del mundo rico están desmovilizadas con los caramelos que relamen… hasta que una de las crisis cíclicas les deje sin sacarosa y sin esperanza.

Si hay empresas que administran más dinero que varios Estados juntos ¿que esperanza nos queda? Si hay regímenes al servicio de los delicuentes de talla mundial ¿qué hacer? Si el movimiento socialista está dormido no queda esperanza alguna, como el gran movimiento de protesta no venga del tercer mundo.

Al menos podríamos pensar –de vez en cuando- que el grado de injusticia, desigualdad y delincuencia global en el que estamos no permite estar satifechos, sino indignados. Cuantos más seamos mejor.

L. de Guereñu Polán.


A VOLTAS CO EMPREGO

Hai unha coincidencia xeral en que a EPA (INE) aínda que non resulta perfecta, pois ten notables fallos, é a mellor fonte estatística sobre o mercado laboral de España e, xa que logo, de Galiza. Ten fallos evidentes, como, por caso na consideración de persoa empregada (basta con que se traballe 1 hora a semana), nembargante é a mais fiable. Por esta razón vouna utilizar para fundamentar a miña opinión sobre o mercado laboral de Galiza.
A última EPA (4º trimestre do 2017) recollía estes datos básicos relativos ao emprego en Galiza: 1.237.900 activos, 1.055.800 empregados e 182.100 parados. Esa mesma fonte recollera que no comezo da grande recesión (EPA 4º trimestre do 2008) a situación do emprego en Galiza era a seguinte: 1.324.100 activos, 1.195.100 empregados e 129.000 parados.
Comparando os dous períodos atopámonos con que Galiza nesta década –ocupada case toda ela pola grande recesión- perdeu polo camiño 86.200 activos e 139.300 empregos e gañou 53.100 desempregos. A pesar de levar tres anos seguidos de crecemento do PIB, Galiza non recuperou aínda a situación laboral –activos, empregos, parados- que tiña antes de que estourara a crise financeira que dou paso a grande recesión económica. Non a recuperou e parece que tardará tempo en logralo: a pesar da perda de activos o desemprego medrou froito da debilidade do propio mercado laboral como subliña a elevada perda de empregos. Unha debilidade que queda ben reflectida nos seguintes indicadores: baixas taxas de actividade (53%) e de ocupación (45,2%) pero elevada de paro (14,7%). Comparémolos coas medias españolas: taxas de actividade (58,8%), de ocupación (49,1%) e de paro (16,5%). A pesares dunhas menores actividade (-5,8%) e ocupación (-3,9%) o paro mantense igualmente en valores elevados (-1,8%).
Finalmente, e neste repaso dos principais indicadores do mercado laboral galego cabe destacar que ao mesmo tempo dispáranse os contratos temporais e hai unha importante caída do salario real medio. Dinámicas que se viron favorecidas polas sucesivas reformas laborais neoliberais (2010, 2011 e 2012) aplicadas durante a grande recesión.
Que está pasando realmente no mercado laboral de Galiza?: que a demanda non cobre a oferta –problema sistémico da economía galega-. O mercado laboral de Galiza, como tódolos mercados laborais, pon en evidencia a falsidade da teses neoliberais, mercados eficientes e condutas racionais, quen defenden que a oferta e a demanda do traballo, como as de calquera outra mercancía, tenden automaticamente a equilibrarse, punto do pleno emprego, e que si, por caso, iso non sucede débese a que existe un problema na oferta –os traballadores desempregados non queren aceptar o salario de equilibrio-. Noutras palabras: que se hai desemprego a culpa é dos traballadores desempregados por non aceptar traballar polos salarios que se lles ofrecen (salario de equilibrio) que garantan o pleno emprego. Velaí a necesidade, segundo estes gurús do neoliberalismo, de flexibilizar o mercado laboral para garantir que os salarios se adaptan –baixan- ao mercado.
Claro que si acudimos de novo as estatísticas e esta vez as que nos ofrece o SPE (Servizo Público de Emprego), que recollen as modalidades de contratación, as citadas teses quedan, unha vez mais, en evidencia. En Galiza multiplícanse exponencialmente os contratos (9.000 mais so no mes de xaneiro) sen poder por iso impedir que medre o desemprego (12.000 empregos menos). A pesares da forte caída dos salarios reais (un 3% en termos medios  reais pero que se dispara a un 12% no caso dos salarios mais baixos) e o fortísimo incremento dos empregos precarios (mais de un terzo dos novos contratos teñen unha duración inferior a unha semana e duplícanse os contratos a tempo parcial) o desemprego segue en niveis moi elevados (14,7%). Evidencias empíricas que confirman a falsidade das teses neoliberais: non é que os traballadores rexeiten os salarios ofertados senón que a demanda non cobre a oferta como se pode ver, por caso, na caída do número de horas traballadas (4.450.000 horas menos ao mes en relación a cando estourou a crise: unha media equivalente a 5,3 horas menos por asalariado).
Por que sucede isto? Se nos centramos no emprego asalariado e atendemos as cifras oficiais vemos como a caída do emprego afecta tanto ao sector público (15% dos empregos perdidos durante a grande recesión) como ao sector privado (85%). Importantes estes datos por dúas razóns: 1. Galiza é, de seu, unha comunidade con unha moi baixa ocupación (49,1%) polo que precisa dun potente sector público para que tire da mesma. 2. Pero Galiza é unha comunidade na que o peso do emprego público é tamén moi baixo (o emprego asalariado público apenas ocupa ao 15% da poboación activa galega) por mor, entre outras razóns, do deficitario estado de benestar (en Galiza o persoal asalariado nas funcións públicas de benestar apeas supón o 12,1% do total asalariado e/ou o 8,2% dos activos). Hai, xa que logo, unha primeira conclusión evidente: os poderes públicos –tanto a Xunta de Galiza como o Goberno de España- contribúen directamente, coas súas políticas austericidas, a perda de empregos e, xa que logo, a baixa ocupación en Galiza. Velaí, por caso, que co gallo dos recortes o número de empregos perdidos en Galiza nas funcións publicas de benestar superou a cifra dos 5.000 (Datos recollidos dos Boletíns Estatísticos do persoal ao Servizo das AAPP) a pesares da enorme precarización –flexibilización- introducida no sector público galego (a taxa de temporalidade no sector público galego ronda o 25%). Unha practica que o propio Tribunal de Xustiza da Unión Europea considera ilegal.
Perda de empregos públicos aos que hai que sumar os habidos no sector privado e que foron maioría (85%). Para entender esta perda de empregos no sector privado hai que ter en conta que o desemprego sole producirse por un desequilibrio entre a demanda e a oferta globais, mais exactamente pola realidade da demanda de bens e servizos cuxa debilidade fai que as empresas non vendan e se non venden nin invisten nin producen, e se non producen non contratan traballadores aínda que os salarios sexan extremadamente baixos, como sucede agora en Galiza. Se analizamos esta década comprobaremos que os empregos diminuíron (-139.300) ao par que caía a demanda agregada (13 puntos en termos reais) e ambos ao tempo que os salarios tamén caían (3% de media). Un período no que, por mor das reformas laborais, hai unha maior debilidade sindical e, xa que logo, unha merma da negociación colectiva (actualmente so o 25% dos traballadores asalariados galegos teñen un convenio con vixencia expresa: a metade en relación ao ano 2008. Unha merma que explica a citada caída dos salarios reais que, nembargante, non foi quen de provocar que aumentaran os empregos. Unha caída dos salarios reais que se acompaña no tempo dunha fortísima caída do investimento privado (-54,5% en termos reais). Importantes evidencias que desmenten as teses neoliberais dominantes sobre o emprego e a súa relación cao desregulación do mercado laboral e cos salarios. Evidencias que camiñan en sentido contrario a esas teses neoliberais. Galiza é un caso de libro: unha parte moi importante das empresas galegas están orientadas preferentemente ao mercado interno polo que as súas vendas dependerán da masa salarial que canto mais reducida sexa mais dificultades terán aquelas xa que diminuirá a demanda global e con ela as súas vendas.
Velaí a realidade do mercado laboral galego. Cunhas administracións públicas que apostan pola austeridade fiscal, a precariedade laboral e o deterioro das funcións públicas de benestar e cun sector privado no que mingua a negociación colectiva e practicamente se desploma a demanda, o impacto negativo sobre o emprego está mais que asegurado.

Manoel Barbeitos

DÑA. CLARA CAMPOAMOR, FEMINISTA, MASONA, Y REPUBLICANA





Dña. Clara Campoamor, mujer de trayectoria tan apasionante como controvertida, injustamente ignorada, fue una brillante profesional del Derecho entregada a la causa de los derechos de la mujer. En  las  Cortes Constituyentes de la II República Española en 1931, obtendría acta de diputada por Madrid en la candidatura del Partido Radical liderado por D. Alejando Lerroux. Tras el golpe de estado de 1936 y la instauración de la dictadura del general Franco se vio obligada a exiliarse al estar procesada por su pertenencia a la Francmasonería y su filiación republicana. Dña. Clara Campoamor era miembro activo de la Logia Femenina o de Adopción, “Reivindicación” de Madrid. En esta Logia,  bajo la tutela de la Logia “Condorcet” del GOE (Gran Oriente Español), comienza sus trabajos masónicos. 
La mujer tuvo que hacerse reconocer de siempre en circunstancias muy adversas. En el siglo XIX y principios del XX se acelera el debate acerca de cómo debe producirse su inclusión, tanto en este caso concreto, la Masonería, como en conjunto de la sociedad al adolecer de un trato igualitario social, cultural y jurídico. Algo que quebrantando los principios del estado de derechos, se produce todavía en algunos sectores o se manifiesta en la brecha salarial entre hombres y mujeres. Y desde luego en diversos aspectos de actividad colectiva, como es el caso de la Francmasonería conservadora, de dependencia anglosajona, donde su aceptación sigue sin ser resuelta.
Durante la II República Doña Clara Campoamor es referente  de las demandas feministas. Y serán precisamente mujeres vinculadas a Logias llamadas de Adopción, (donde se fomenta una intensa vocación en este sentido), las que sean vanguardia reivindicativa. Cabe entre muchos otras citar a Doña Rosario de Acuña, Doña Ángeles López de Ayala, Doña Teresa Claramunt, o Doña  Carmen de Burgos. Y a su lado,  una importante generación de librepensadoras, científicas  y literatas. Pese a las trabas propias de la estructura reacia del momento, hay constancia de mujeres aceptadas en Logias masónicas en lo que podrían ser los  inicios de lo que será la Masonería Mista, Liberal y Adogmática, que hoy representan Obediencias como la Gran Logia Simbólica Española. Estudiosos de la época señalan que en muchos casos, sus nombres no estaban incluidos en las Actas de dichas asociaciones, en ese  silencio intencional que veló la lucha de la mujer por su igualdad. A Dña. Clara Campoamor su pertenencia a la Masonería le valió la incoación de un expediente del Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo que le impidió regresar a España desde su exilio en Lausana, donde fallecerá en 1972.
Dña. Clara Campoamor  perteneció a la Liga Española de Derechos del Hombre  de la que fue Vicepresidenta durante 1933. Tanto su ejercicio de la abogacía como una gran parte de su actividad política  estuvieron consagrados a la defensa de los derechos de las mujeres. Tuvo una infancia muy modesta, agravada al quedar huérfana de padre en edad muy temprana. Las estrecheces domesticas derivadas de ello retrasaron mucho sus posibilidades de estudiar. Con 35 años  terminó la carrera de Derecho. En 1922 fundó la Sociedad Española de Abolicionismo. En 1928 crea en Madrid la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas, siendo una de las primeras mujeres que tendrá plaza en la Academia de Jurisprudencia.  
Su batalla parlamentaria para incluir en la Constitución de la Republica el derecho al sufragio femenino la llevó a enfrentarse  con la también diputa Dña. Victoria Kent. Abogadas, políticas, feministas, dos mujeres que tenían mucho en común, en un momento clave sus posturas se confrontaron. El debate parlamentario del 1 de octubre de 1931, refleja con nitidez la posición de la Sra. Campoamor en favor de otorgar el derecho de voto a la mujer, y la de la Sra. Kent y sus razones para posponer su aprobación.
La Sra. Kent  argumentó su posición nada cómoda, manifestando: "Señores diputados, se discute en este momento el voto femenino y es significativo que una mujer como yo se levante en la tarde de hoy a decir a la Cámara sencillamente que creo que el voto femenino debe aplazarse.  Lo dice una mujer que en el momento crítico de decirlo, renuncia a un ideal. Por creer que con ello sirvo a la República…  Si las mujeres españolas fuesen todas obreras, si las mujeres españolas hubiesen atravesado ya un período universitario y estuvieran liberadas en su conciencia, yo me levantaría hoy frente a toda la Cámara para pedir el voto femenino. Pero en estas horas yo me levanto para decir lo contrario y decirlo con toda la valentía de mi espíritu, afrontando el juicio que de mí puedan formar las mujeres que no tengan este fervor y estos sentimientos republicanos que creo tener. … Hoy, señores diputados, es peligroso conceder el voto a la mujer (…)".
Por su parte Doña Clara  Campoamor dirá en su alegato "Señores diputados, lejos yo de censurar ni atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent; comprendo, por el  contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en el trance de negar la capacidad inicial de la mujer…  ¿No recae sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad?   Yo, señores diputados, me siento ciudadana antes que mujer y considero que sería un error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y confía en vosotros. No cometáis, señores diputados, ese error político de gravísimas consecuencias.  La mujer española espera hoy de la República la redención. No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer…  
La votación fue favorable al postulado de la diputada Campoamor por 161 votos a favor y 121 en contra, si bien hubo  188  ausencias del hemiciclo a la hora de la votación. En las elecciones de 1933,  las mujeres acuden por primera vez  a las urnas. Curiosamente, tanto la abanderada del sufragio femenino, Doña Clara Campoamor, como su oponente ocasional, Doña Victoria Kent, no lograron renovar sus escaños en el Congreso de los Diputados.  
La Sra. Campoamor y  la Sra. Kent, que la prensa satírica de la época calificaron de “La Clara y La Yema”,  eran mujeres de solidos principios. De una gran honestidad, y con un claro compromiso feminista.  Volcadas ambas en los esfuerzos en pos del progreso social con lealtad y sabiduría en el marco de la Republica. Aunque su percepción las situaran en campos distintos en el debate sobre el momento oportuno del sufragio femenino   

 ANTONIO CAMPOS ROMAY*
*Antonio Campos Romay ha sido diputado en el Parlamento de Galicia.