sábado, 21 de noviembre de 2020

La nueva Ley de Educación (2)

La nueva Ley de Educación reparte competencias, de acuerdo con lo establecido en los diversos Estatutos de autonomía, entre la Administración Central y las Comunidades, y aquí surgió una absurda polémica que el equipo de la ministra pudo evitar no incluyendo el concepto vehicular para el castellano en la enseñanza. En efecto, nunca, salvo en la infausta ley Wert, se había dicho nada de esto, sencillamente porque ya lo establece la Constitución en su artículo 3: “Todos los españoles tienen el deber de conocerla [la lengua castellana] y el derecho a usarla”. Este derecho no puede ser conculcado en comunidad autónoma alguna, pero como una cosa es la ley y otra los que se dedican a incumplirla, preveo una cascada de recursos allí donde las autoridades sean más recalcitrantes, porque no creo incurran en esto los docentes.

De ello han hecho “causa” los partidos de derecha y algunos otros grupos precipitados, pero lo cierto es que, o debió dejarse la redacción inicial, o no debió incluirse nunca. Y en cuanto a las políticas de inmersión lingüística, es decir, favorecer a la lengua minorizada en un territorio, debiera hacerse lo mismo con el castellano allí donde no es la lengua materna de sus habitantes (pensemos en el valle de Arán, comarcas del interior de Cataluña, etc.).

La nueva ley reestablece la diversificación curricular “de verdad”, no como un simple formulismo. Entre la excelencia y la atención a la diversidad va un abismo: los grupos conservadores se abonan a la primera, pero la izquierda está por atender según las necesidades de cada alumno. Por ello se podrán hacer adaptaciones curriculares, habrá agrupamientos específicos de alumnos, se atenderá a los que sufren muchas carencias siempre que sus padres quieran integrarlos en los centros convencionales, etc. Y la misma ley establece que esta integración se irá produciendo con el tiempo de manera oficial.

Desaparecen las reválidas del infausto señor Wert, pero habrá evaluaciones de diagnóstico al terminar determinados cursos en la educación primara y en la secundaria, sin que ello sirva de estigma a los alumnos, sino de información para los centros, que tendrán más autonomía que hasta ahora, pues parte del horario se dedicará a definir competencias básicas para los alumnos.

Una novedad es la fusión de disciplinas que tienen afinidades, lo que es más factible en la educación primaria (Matemáticas y Tecnología) y siempre he pensado que los Seminarios o Departamentos en los Institutos debieran estar conformados de manera que agrupasen a profesores de diversas disciplinas. ¿Por qué no un mismo departamento para los profesores de todas las lenguas, clásicas y modernas? ¿Por qué no un departamento para los profesores de Filosofía, Historia y Geografía? Lo mismo podríamos decir para los de Matemáticas, Física, Química y Biología… Y de esta forma se podrían coordinar los currículos, estudiar los contenidos afines sincrónicamente siempre que fuese posible… Esto complica las cosas para los docentes, pero se trata de ofrecer un mejor servicio a los alumnos, nada más.

Especialmente importante me parece la inclusión de una disciplina que incluya el conocimiento por parte de los alumnos de valores como la paz, la Constitución española (en sus aspectos fundamentales), los derechos de la infancia, el respeto a los animales, la igualdad de género y la utilidad de los impuestos, contaminados como están los alumnos por las opiniones que oyen a los adultos en cada rincón de sus vidas.

Para que no me salga muy largo esto dejo lo relativo a la formación profesional, que en la nueva ley se contempla en un sentido más diversificado e integrador, aunque habrá que estar atentos a que las autoridades (autonómicas en éste caso) no concedan los ciclos formativos más apetecibles a los centros privados y el resto a los públicos.

La derecha, por el contrario, hubiese querido volver al “Catecismo patriótico” del franquismo en materia de Religión católica y una enseñanza concebida como en aquel libro que llevaba por título “España es mi madre”, una madre que dejaba huérfanos a sus hijos porque el Estado no atendía a todos por igual.

La ley Celaá, me atrevo a decir, sigue la estela de la LOGSE y la LOE, donde subyace la idea de que los alumnos aprenden con el profesor y éste con los alumnos. No de otra manera se puede concebir el ejercicio docente; como un médico aprende a medida que diagnostica, cura, atiende y yerra. De los alumnos se aprende aunque sean torpes o aventajados, conflictivos o pacíficos, disciplinados o renuentes al estudio. Y también se contempla en esta ley la idea –no expresada- de que se pueden emplear contenidos de unas disciplinas para aprender otras, de ahí la importancia de la colaboración entre docentes.

La nueva ley habla, aunque no tengo claro si con la intensidad suficiente (veremos qué hacen las Comunidades Autónomas, depositarias de las competencias) con la enseñanza para adultos, en la que también tuve la oportunidad de ejercitarme. En Galicia, por lo menos, las autoridades no se toman en serio esta enseñanza, dividida entre los que asisten a clase y los que no, viniendo a examinarse periódicamente. En mi caso encontré que no existen programaciones didácticas, probablemente porque se ha asumido que los contenidos a estudiar quedan reducidos a un esqueleto sin sustancia. Y los alumnos, la mayor parte de entre treinta y cuarenta años, pero también con menos edad y con más, tienen una formación deficientísima, con carencias en ortografía, redacción, lectura y conocimientos elementales. Lo suplen con la formación que han adquirido en la vida, así como por la facilidad para entender explicaciones que los alumnos adolescentes (también los hay) generalmente no tienen.

No dispongo de datos para poder explicarme las altas tasas de paro que sufre España, pero si mi experiencia sirviese de “modelo”, ahí podría estar una de las causas de aquella situación entre los que no tienen cualificación. No se tiene en cuenta que las clases vespertinas son a horas muy avanzadas del día, para facilitar que puedan asistir los que trabajan, lo cual representa una dificultad añadida, pues los alumnos no están en condiciones de rendir como si no tuviesen aquella obligación.

La mayor parte de estos alumnos viene a las clases con una finalidad utilitaria, sin más, porque necesita éste o aquel título para mejorar su posición en el trabajo, pero no existe, en general, apego o curiosidad por el saber. También se ve que la mayor parte del alumnado es de condición muy modesta, cuya formación viene lastrada por la de sus padres. Familias donde ningún miembro ha estado nunca en una biblioteca, y la mera instrucción de que consulten un diccionario o un libro determinado les resulta exótico. Prima, no obstante, la consulta en Internet, lo que no es poco…

Los textos que se imprimen para entregar a los alumnos carecen de todo atractivo: pobres, sin ilustraciones en la mayor parte de los casos, sin color, sin materiales complementarios que los profesores, obviamente, estamos obligados a aportar. El tiempo disponible para seguir los cursos es menor que en un Instituto convencional, la discontinuidad en la asistencia a clase por parte de los alumnos es norma, la necesidad de adaptaciones a ellos es constante, pero fuera de toda lógica, sencillamente porque algunas de sus obligaciones son incompatibles con la enseñanza tal y como está concebida. Mujeres embarazadas o que dan a luz, alumnos con horarios laborales alargados en el tiempo, necesidad de atender a los hijos pequeños o a los padres ancianos… Todo son dificultades según se puede ver. Los exámenes consisten en un test que los alumnos deben responder, lo que no permite valorar correctamente el grado de asimilación de las enseñanzas (o en otras fórmulas poco meditadas según las disciplinas). También se les exige redactar una explicación sobre un fenómeno y ahí es donde las respuestas son parcas, deficientes y, en ocasiones, nulas.

Más penosa es la situación de los alumnos que no están obligados a asistir a clase y vienen a los centros dos veces por curso a examinarse: un gran tropel se amontona a las puertas del Instituto, son llamados y pasan a las aulas. Solo observar sus rostros se adivina, en no pocas ocasiones, la inopia en la que están. Buena parte de ellos entregan el ejercicio a los pocos minutos de haber comenzado. Otros, tenazmente, tratan de estrujar al máximo sus pocos conocimientos… pero también hay alumnos con un mérito extraordinario, que hacen valer su esfuerzo y su interés con muy buenos resultados. Son los menos.

viernes, 20 de noviembre de 2020

La nueva Ley de Educación (1)

Una vez que he leído el texto aprobado por el Congreso de la nueva Ley de Educación, y esperando que el Senado solo la mejore, ya puedo dar mi opinión sobre la misma.

En primer lugar, y esto es algo que la derecha española no entiende, es que una vez que se ha universalizado la enseñanza hasta los dieciséis años (en algunos países hasta los dieciocho) no es posible seguir con criterios de evaluación iguales a los de los años ochenta del siglo pasado y anteriores, como no es posible seguir haciendo hincapié en los contenidos si esto va en detrimento de las competencias básicas y las destrezas que se han de procurar a los alumnos. Si no se acepta éste principio, que fue introducido por los señores Mavarall y Marchesi en España, cada uno en su puesto, no se puede avanzar hacia ningún tipo de acuerdo.

Hay otros motivos de desacuerdo entre la izquierda y la derecha que tienen que ver con el dinero que ponemos todos los españoles (o casi todos) para sostener el sistema educativo: algunos queremos que ese dinero vaya a la enseñanza pública, sobre todo, y otros no soportan que se reste un euro a la enseñanza privada, porque la llamada concertada es privada. También es cierto que toda ley de educación está preñada de ideología, como lo fue la francesa de 1905 (ya ha pasado más de un siglo y en España estamos aún sin superarla en algunos aspectos) o la ley Moyano, conservadora, que, no obstante, mejoró la situación con respecto a la España de la primera mitad del siglo XIX.

También el señor Villar Palasí, que era del “Opus”, plasmó su ideología, y la de su equipo, en la ley de 1973, y el señor Wert (de infausto recuerdo) y la actual de la señora Celaá. No hay ley educativa que no tenga ideología, aunque lo ideal es que tienda al bien común y que sea apoyada por la mayor parte de la sociedad.

La derecha española hace énfasis en la “cultura del esfuerzo”, queriendo decir con ello que el que demuestre superación en las diferentes disciplinas, adelante, y el que no, queda segregado. La ley Celaá, como las anteriores LOGSE y LOE, trata de integrar a todos los niños y adolescentes independientemente de su situación social, económica e intelectual, porque está demostrado que las causas del fracaso de los alumnos están, muchas veces, en pertenecer a familias humildes, a familias desestructuradas, a dificultades psicológicas, etc. Y ello es posible aunque difícil. Pero renunciar no es de recibo.

En primer lugar, muchos países europeos ya hacen hincapié en las destrezas y competencias más que en los contenidos, por lo que imitarles no parece el peor camino. Otra cosa es qué se entiende por competencias: el niño y el adolescente, en sus respectivas etapas, debe alcanzar no tanto saber “cosas”, sino dónde consultarlas, redactar correctamente, sintetizar un contenido de alguna complejidad, haber alcanzado un cierto grado de abstracción que le permita comprender causas, efectos, resultados, etc. En cada disciplina las competencias son distintas y se alcanzan por diferentes caminos, de ahí la didáctica: un profesor de Matemáticas, según la moderna pedagogía, no ha de intentar que todos los alumnos resuelvan ecuaciones complicadas, ni que comprendan los muchos secretos de la geometría, sino que tengan los instrumentos que, si no ahora, más adelante les permitan valerse si continúan estudios.

No es fácil. ¿Cómo saber si cada alumno ha adquirido tales competencias, domina ciertas destrezas para –si no alcanza el nivel óptimo en conocimientos- lo pueda hacer en un futuro más o menos próximo? Para eso está la observación diaria en el aula, los ejercicios adaptados a cada uno (o grupo de alumnos), los debates entre profesores para cambiar impresiones sobre los rendimientos, las motivaciones de cada alumno. No son pocos los profesores que dicen haber aprobado a un alumno no tanto por los méritos alcanzados en su disciplina cuanto por los resultados que ven en las demás.

A lo largo de mi vida docente he visto que algunos alumnos no se sentían estimulados por estudiar conceptos como régimen fluvial, cauce, escorrentía, etc., pero cuando había operaciones aritméticas para la solución de un problema, se entusiasmaban; por ejemplo, para el cálculo de pendientes en el mapa topográfico nacional. Me faltó tiempo para advertirlo a los profesores concernidos. A esos alumnos les juzgué más por las destrezas demostradas en ese campo que por la molicie que demostraban en otros, aunque cuando se trató de evaluarles tuviese que contar con todos los elementos que forman parte del currículum: asistencia a clase, actitud, aptitud, contenidos, participación, etc. Si solo hubiese tenido en cuenta los conocimientos adquiridos por mis alumnos la tasa de suspensos me hubiera suspendido a mí también.

Toda ley que pretenda ser eficaz debe contar con recursos suficientes, pues ha de rebajarse la ratio por aula, se necesitan medios que faciliten el aprendizaje, contratar profesores de pedagogía terapéutica, mejorar la preparación del profesorado, etc. La ley Celaá prevé un aumento de los recursos respecto de cómo dejó a la educación el Gobierno del señor Rajoy, que redujo los recursos respecto al PIB. De igual manera se necesita formar continuamente al profesorado a lo largo de su carrera y formar, sobre todo, a los que eligen la docencia como profesión.

A lo largo del tiempo es necesario que se evalúen los resultados obtenidos, cosa que prevé la ley ahora en tramitación (evaluaciones de diagnóstico) para conseguir que los alumnos no se vean obligados a repetir curso, lo que será inevitable en algunos casos. La ley prevé que sólo se podrá repetir curso una vez cada dos años, así como la posibilidad de emplear tres para el bachillerato, que constará de cuatro opciones.

Con respecto a la educación secundaria obligatoria desaparecen las segregaciones a edades demasiado tempranas, como ocurría con la infausta ley Wert y se plantea un plazo para incorporar la educación de cero a tres años, lo que va en el camino de facilitar a las familias la atención a los hijos más pequeños (conciliación).

La derecha, sabiendo que su actitud es falaz, habla de libertad como una reivindicación pero ¿qué libertad falta en la actual ley? Cada familia podrá elegir el centro educativo que desee, público o privado, dentro de los privados, concertados o no, primando el criterio de proximidad y sus hijos podrán cursar la disciplina de Religión, la única adoctrinadora, por lo que no se supera –una vez más- la vieja aspiración de la cultura laica de que los alumnos reciban formación religiosa, pero por parte de personal seleccionado por el Estado y con la formación exigible. ¿Dónde falta libertad? En realidad la derecha se refiere a que quiere más recursos públicos para la enseñanza privada, lo que implica que la pública disponga de menos, se refiere a que la enseñanza concertada pueda exigir el pago de ciertos servicios, cuando la ley dice que ha de ser gratuita, se refiere a que al negocio de la enseñanza privada no le salen las cuentas si no es con los privilegios que hasta ahora ha disfrutado.

Ha habido una grave irresponsabilidad por parte del Estado –cualquiera que fuese el gobierno- en uno de los asuntos que la Administración central tiene competencias, y es la alta inspección, que no se ha ejercido con el celo que se debiera, y así tenemos las incesantes quejas de las familias a las que se les exige el pago por actividades que se ofertan a los alumnos, en realidad una forma de allegar recursos ilegalmente.

También es falaz que los padres tienen derecho a elegir la educación que quieren para sus hijos: sí en el ámbito familiar, pero en la escuela es el centro quien determina los currícula, dentro del marco que la ley establece; así es en todos los países avanzados y en el Consejo Escolar, que el infausto Wert dejó desmantelado, tienen participación los padres para poder incidir en lo que estos demanden.

lunes, 16 de noviembre de 2020

SEPULCROS BLANQUEADOS. Antonio Campos Romay

Atribuyen a Jesús en el Evangelio de San Mateo esta metáfora. En ella compara a los fariseos con sepulcros blanqueados, relucientes por fuera, pero llenos de podredumbre repugnante y vomitiva en su interior. Metáfora que con diversas variante vale para calificar a hipócritas, farsantes, inconsecuente con sus ideas, que con sus predicas siembran dolosamente semilla vírica en el pueblo.
En palabras de ese Evangelio previene Jesús, “Guardaos de los sabios a quienes les gusta andar con vestiduras largas y recibir saludos en las plazas, y los primeros asientos en las sinagogas y los primeros sitios en los banquetes; que devoran los bienes de las viudas fingiendo rezar mucho: ésos recibirán mayor condena” .
Se rasgan con cinismo las vestiduras todo un coro de plañideras por los votos favorables al proyecto de Presupuestos Generales del Estado (seis dentro de ciento ochenta y tantos) del grupo parlamentario de Bildu. Lo hacen desde la bancada donde la derecha pierde su casto nombre y desde otros espacios donde hace tiempo dejaron de ser castos los que los pastorean. En tanto, los mugidos de los hooligans mediáticos, se alzan iracundos desde sus pesebres.
Piadosos demócratas, cristianos quizás algunos, que se invocan constitucionalistas, rogaban a su Dios que la banda armada dejara el crimen y el horror en la sacristía y entrasen en el Templo de la Democracia para orar todos juntos. Fundamentalmente, gobiernos socialistas del brazo de la sociedad, con soterrada pena de los que en el dolor de los compatriotas veían un filón de votos, acabaron con la ordalía sangrienta.
Un significativo esfuerzo final del presidente Sr. Rodríguez Zapatero y del difunto Sr. Ruvalcaba, derrotó la violencia. Y se hizo, pese al acoso y zancadillas permanentes desde los bancos siniestros de la diestra, donde se desmelenaba con desusado denuedo un enloquecido Torquemada de vía estrecha, que hoy disfrazado de Vox se sienta, para oprobio de la Soberanía Nacional, en la Mesa del Parlamento.
Muchos de aquellos criminales siguen en las cárceles, otros pese a las apariencias, en el ostracismo social. Alguno aún anda huido de la justicia. Una generación distinta, consciente de la brutalidad del drama habido y de su inutilidad, eligió sin dudar votos frente a balas. Pero, hete ahí que los que los que ayer en este Valle de Lagrimas imploraban encarrilasen su vida por la vía política, hoy rugen escandalizados porque actúen en ella… Y más rugen cuando las urnas se abren y legitiman su presencia… En Euskadi los hacen segunda fuerza política y en el Estado los equiparan a la clásica representación vasca, PNV.
Estos sepulcros blanqueados ayer, cuando aún eran alguien en Euskadi, pactaron con este grupo presupuestos en ayuntamientos, medidas legislativas y comunicados conjuntos en la Cámara Vasca y negociaron varias veces en la Comunidad de Navarra. Su Sumo Sacerdote, Aznar, los calificaba en tiempos que el terror acogotaba el país, como “Movimiento Vasco de Liberación” y sin el menor reparo acercaba presos terroristas (más de cuatrocientos) a su lugar de origen…
Son estos, los sayones que hoy azotan con su casposa hipocresía a los publicanos que intentan enderezar con no pocas dificultades en medio de la pandemia, el camino del país. Demócratas a tiempo parcial. Tan parcial, que no les da tiempo para habituarse a habitar en la democracia. Recuerden, solo el que esté libre de pecado puede arrojar la primera piedra.
No sean cínicos señores…No hable Sr. Casado de rayas negras. Tan notorio fracasado en las citas electorales, de la negrura que puede hablar es de su decencia política. Por mucho que lo arropen el ruido de comparsas útiles que aprovechan la batahola para dar voz a sus fobias, frustraciones, o un mal llevar de la gestión de su orfandad de focos.
No sean hipócritas señoras y señores del circo de tres pistas y unidad de destino en el fundamentalismo. Ni sean farisaicos los palmeros que acompañan el cortejo. El único drama que los acongoja, no son ni los muertos ni las víctimas, con las que juegan sin el menor pudor a antojo y conveniencia.
Lo que les resulta intolerable es la percepción de que si se aprueban estos presupuestos, rompiendo la penosa longevidad de las cuentas generales del Sr. Montoro, habrán sido en gran medida inútiles todas las escaramuzas habidas para deteriorar y derribar el ejecutivo, quedando razonablemente expedita la legislatura… Ese si es su drama…
Lo demás son impúdicos fuegos de artificio.
*Antonio Campos Romay ha sido diputado en el Parlamento Gallego

viernes, 13 de noviembre de 2020

La responsabilidad de los reyes

El artículo 56.3 de la Constitución española señala que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. A continuación se añade que sus actos estarán siempre refrendados, careciendo de valor sin dicho refrendo. Cualquier persona que lea las líneas anteriores deducirá –creo- que se refieren al rey en tanto que rey, no como persona particular, y ello es así porque se dice que sus actos estarán siempre refrendados, no pudiendo serlo los supuestos delitos en los que incurriere.

Pero una cosa es lo que cada uno de nosotros interpretemos, a tenor de la literalidad del artículo citado, y otra que solo la interpretación que haga el Tribunal Constitucional es válida jurídicamente hablando, por lo que las demás interpretaciones huelgan en la práctica.

Uno de los mejores libros que he leído en los últimos años es el de un autor, Philippe Duplessis Mornay, que en 1579 publicó “Vindiciae contra Tyrannos”, en el que ya tan tempranamente decía que “nadie nace rey y nadie puede ser rey por sí mismo, ni reinar sin un pueblo”. Cierto que el autor escribía al calor de las guerras de religión en Francia e influido por el luteranismo que ya había triunfado en varios países europeos.

El autor citado sabía que el poder de los reyes de origen divino había sido inspirado por personajes tan antiguos como Pablo de Tarso, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino. La frase que entrecomillé entra en contradicción con el artículo 56.3 de nuestra Constitución y es improbable que los señores Peces-Barba, Fraga, Herrero, Solé Tura, Roca, etc., primeros hacedores de la Constitución, no conocieran tal obra, pues como juristas la habrían estudiado en sus respectivas carreras.

¿Cuál puede ser la razón del artículo 56.3 sabiendo que cuatro siglos atrás ya no se admitía por los más modernos tratadistas (luego vinieron Grocio, Hobbes, Rousseau, etc.) una consideración del rey que tenía más que ver con lo antiguo que con lo moderno? Probablemente se quiso dar estabilidad a la institución y, probablemente también, erraron. Hasta tal punto en 1977-1978 estábamos embelesados con el nuevo régimen que iba a nacer, que el primer rey de España tras la dictadura fue ungido por un cardenal de la Iglesia católica, en el templo de los Jerónimos de Madrid, como los reyes de la Edad Media, tratándose de significar con ello que por medio de dicha Iglesia se transmitía a los reyes el poder divino.

Incluso Duplessis de Mornay señala en su obra que el título de rey es un derecho, no una propiedad, y una función más que una posesión. Pues bien, en la medida en que la monarquía es hereditaria, pareciera posesión de un linaje, contradicción teórica que las monarquías modernas no han superado.

Como nuestro autor sabe que aunque la cabeza del Estado recaiga en alguien que no la ha heredado, también puede delinquir, distingue con mucha sutileza la legitimidad de origen de la de ejercicio. Prefiero que me alimente un ladrón a ser devorado por el pastor, que un bandido me haga justicia a que el juez me haga violencia, prefiero un falso tutor que administre mis bienes al tutor legítimo que los dilapide, dice aproximadamente. Y luego Duplessis da muestras de una modernidad admirable, pues asegura que el rey no debe estar nunca por encima de la ley, pudiendo ser juzgado, ni tumultuosamente ni a la ligera, sino por la autoridad pública. No parece que esto sea posible hoy en España, a no ser que los hechos –de tener que producirse- me desmientan.

Los revolucionarios ingleses en 1688 y los franceses de un siglo más tarde no tuvieron que inventar nada en el plano teórico; estaba todo escrito. Pero con esto que digo no quiero entrar a formar parte del coro de acusaciones que se hacen contra uno que fue rey o contra otro que lo es. Digo que nuestra Constitución, a la que me agarro como un clavo ardiendo, en lo comentado no estuvo redactada adecuadamente (salvo mejor opinión).

L. de Guereñu Polán.

martes, 10 de noviembre de 2020

REFLEXIONES EN NOVIEMBRE DE UN AÑO BISIESTO - Isidoro Gracia

 ELECCIONES EN USA

La sin duda buena noticia que uno de los riesgos más graves para la estabilidad y la paz del mundo, el ejercicio de la presidencia de USA por un malvado como Trump, tiene fecha de caducidad, ha hecho correr una sobredosis de un optimismo, cuyo nivel no comparto.

Es cierto que el próximo 20 de enero un anciano de apariencia sensata ocupará el puesto, si el predecesor y sus seguidores no hacen alguna barbaridad, para lo que aún tienen un margen de maniobra, margen que los optimistas exacerbados están obviando. Pero yo no olvido ni que el actual Presidente mantiene hasta esa fecha todos sus poderes, ni que alguna de sus agresivas decisiones van en la misma línea que otras de sus predecesores, desde Clinton a Obama pasando por Bush, aunque admito que el grado de agresividad, de estos últimos años, es diferente en términos superlativos incluso para teóricos aliados como la UE o países “amigos” como Canadá, y sin embargo extrañamente medidos con teóricos adversarios como Rusia.

Yo recuerdo las maniobras de la Administración Clinton para debilitar el Euro, dañando la confianza y el crédito de economías de aliados como Italia y España hasta conseguir la reducción de varios escalones en los “rating” las agencias de calificación.

También que aunque los elevados aranceles impuestos a productos europeos, como el aceite o el vino españoles, han sido decisión de Trump, esa decisión está basada en un proceso emprendido por la Administración Busch.

Por último, que aunque la política de Obama fue mas equilibrada en el respeto a intereses de sus aliados europeos siempre se basó en el principio de actuar siempre según los intereses estratégicos de EEUU (lo que es lógico), pero pasó factura de sus actos a otros, como el saneamiento de su economía en especial de su banca e industria. Tampoco abandonó la inveterada costumbre de intentar solucionar problemas mediante la herramienta militar, los errores de su Administración en Oriente Medio siguen hoy amenazando intereses europeos, Siria o Libia son ejemplo, aún cuando ahí contó con la colaboración del Reino Unido e incluso Francia.