viernes, 8 de diciembre de 2017

Cuatro gigantes socialistas


Bonares (Huelva) en 1932

De los cuatro gigantes del socialismo que la historia ha reconocido y que aquí se tratan, solo uno no ocupó ministerio alguno durante la II República española (ni en otra ocasión), Julián Besteiro, pues fue conocida su posición contraria a que el Partido Socialista llegase a acuerdos de gobierno o colaboración con organizaciones burguesas (era el lenguaje de la época). Podemos juzgar a toro pasado si estuvo o no acertado, pero mantuvo su coherencia siempre y defendió sus razones serena e intelectualmente, sin concesiones a la demagogia. Incluso cuando surgió a comienzos del verano de 1933 la crisis del gobierno republicano-socialista, uno de los llamados por el Presidente Alcalá Zamora para que se ocupasen de formar gobierno fue Besteiro, negándose este al tener que contar con republicanos no socialistas.

Desde dicha crisis la UGT y el PSOE se reunieron varias veces para discutir si habría de exigirse un gobierno exclusivamente de socialistas (lo que no hubiese sido aceptado ni por Alcalá Zamora ni por el Congreso de los Diputados), si volver a una fórmula de socialistas y republicanos para evitar la convocatoria de elecciones (que tendrían lugar en noviembre y diciembre de 1933) o apoyar a un gobierno de republicanos de izquierda sin formar parte de él. No se gastó poco tiempo en estas cuestiones, mientras la CEDA, recién formada, asustaba al movimiento obrero español y no solo a la UGT con sus demostraciones antirrepublicanas, ultracatólicas y –a la vista de los socialistas- fascistoides (en enero había accedido al gobierno alemán Adolfo Hitler).

Los temores a que la derecha deshiciese la obra legislativa del primer bienio republicano, que no había dado satisfacción plena a la clase trabajadora, la derechización del Partido Radical de Lerroux y la aparición en escena de la citada CEDA (a finales de octubre nació Falange Española), explican muchas cosas. Todo el año 1933, pues, fue de gran agitación en el seno del socialismo español, pues la oposición frontal de la derecha (política, económica y social) a las leyes impulsadas sobre todo por Largo Caballero, provocó la “radicalización”, se ha dicho, de la clase obrera en su conjunto. Recuérdese que se pretendió por el citado ministro de Trabajo una ley de Control Obrero de la industria que, a la postre, no entraría en vigor; pero sí la ley del Seguro contra el paro (bolsas de trabajo); la de Jurados Mixtos en la agricultura; la de Contratos de Trabajo que recogió todo lo hecho por el Instituto de Reformas Sociales anterior; la ley de Colocación obrera que conllevó la formación de un Sistema Estadístico para conocer el paro en España; la de jornada de ocho horas; la del Régimen de Cooperativas y otros Decretos Leyes sociales. No era poco si tenemos en cuenta que también se aprobó la luego rectificada Ley de Términos municipales; la de Accidentes de Trabajo; la de Arrendamientos colectivos; el Seguro Obligatorio de maternidad…

No estaba la patronal de la época para estas reformas, como ha demostrado Mercedes Cabrera. No fue la respuesta a esta patronal cosa exclusiva de Largo Caballero, que con su personalidad influyente en la UGT y el Partido Socialista arrastraran a estos a planteamientos revolucionarios, violentos incluso, que llevarían a la insurrección de octubre de 1934. Se temía por la supervivencia de la propia República, como explicó Indalecio Prieto brillantemente en varias ocasiones, y una prueba de que la “radicalización” no fue exclusiva de Largo es que el propio Prieto estuvo en contacto con militares para que la posible insurrección que se produjese (como se produjo) tuviese éxito. Al fin y al cabo las milicias católicas ya habían desfilado en El Escorial, ¿por que no habría de tener el Partido Socialista las suyas? Eran otros tiempos y otras formas de pensar, y a la insurrección de octubre de 1934 contribuyó desde la primera línea el “centrista”, según han dicho algunos, Indalecio Prieto, que había demostrado una extraordinaria capacidad para dirigir la cartera de Hacienda en el primer bienio republicano.  

El más moderado de todos los dirigentes socialistas aquí tratados fue Fernando de los Ríos, estudiado magistralmente por Virgilio Zapatero. Junto con Besteiro tenía una preparación intelectual muy superior a la de Largo y Prieto, que eran autodidactas, muy particularmente el primero. También de los Ríos estuvo en las discusiones sobre si gobierno con los republicanos (reedición), salida del gobierno por parte de los socialistas o participación en la insurrección de 1934 que luego se vería no estuvo bien preparada. Fue una manifestación antidemocrática propia de la época, cuando las posiciones estaban tan extremadas, y los historiadores se debaten entre si fue una huelga o una “revolución” (Julio Aróstegui incluso señala que ni los organizadores lo supieron).

Aquella insurrección tuvo la mayor virulencia, como se sabe, en Asturias; menos en Cataluña y resultó un rotundo fracaso en Madrid, por citar tres focos importantes del evento. No es correcta la interpretación que se ha hecho por algunos de que fue la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno de Lerroux (principios de octubre de 1934) lo que desencadenó la insurrección; esta venía preparándose desde hacía meses aunque sin saberse su alcance. Los dirigentes socialistas que la organizaron (Prieto se arrepintió más tarde amargamente) no midieron bien sus fuerzas; tuvieron la convicción de que la República estaba en peligro y había que salvarla, cuando el PSOE, como tal, no había participado en el Pacto de San Sebastián (1930) para traerla; solo se sumó más tarde.

Largo fue el político posibilista (colaboró en órganos consultivos con la dictadura de Primo, como se sabe) que tuvo por principal objetivo salvaguardar la organización de la UGT y el PSOE; Prieto fue el clarividente que formó su facción dentro del socialismo español precisamente a partir del fracaso de la insurrección de 1934; Besteiro siempre representó la facción minoritaria dentro del socialismo, por lo menos desde la muerte de Iglesias. Minoritaria pero nada oscilante, como sí fue la de Largo. Fernando de los Ríos sí fue el socialista moderado que estuvo casi siempre al lado de Largo y de Prieto, la facción mayoritaria hasta que estos dos se distancien irremediablemente. 

Pero asombra, leyendo “El Socialista” de la época, las actas de las reuniones del sindicato y del partido, a los historiadores que más se han ocupado de ellos, la disciplina que mantuvieron aunque dejando traslucir, de vez en cuando, la vena encendida de sus respectivas personalidades. 

(La fotografía ha sido tomada de  https://pizarra-sociales.blogspot.com.es/2017/04/ii-republica-espanola-el-bienio.html)

L. de Guereñu Polán.

Tras el 21-D


Bella imagen de la Cataluña independentista

Si las elecciones del 21 de diciembre en Cataluña dan un resultado favorable a las candidaturas independentistas, el gobierno que se forme –si se ponen de acuerdo todos los de dicha familia, lo que está por ver- tendrá que cumplir la ley, porque de lo contrario se volverá a la situación que, lamentablemente, hemos vivido. Estos independentistas no tienen la mayoría suficiente para una insurrección que les lleve a un estado nuevo. Si la mayoría es para los no independentistas (incluyo aquí, porque creo que debe hacerse, a los seguidores de la alcaldesa de Barcelona y del señor Domènech) creo que no sería imposible la fórmula ya ensayada para España por el señor Sánchez de una coalición entre socialistas, “comunes” y Ciudadanos (se necesitaría el apoyo parlamentario del Partido Popular, que en ocasiones podría ser de Esquerra). Difícil en todo caso porque no se ve que, salvo el señor Iceta, se razone en Cataluña. Este último sería, para los otros dos “socios”, el único asumible como Presitent.

El acuerdo de gobierno tendría que ser de mínimos, renunciando cada parte a maximalismos que solo se pueden imponer cuando se goza de mayoría o el gobierno es homogéneo. A la espera estarán siete millones de catalanes que, en su mayoría, quieren ser gobernados como un país europeo que forman, con racionalidad, cerebro y tacto. El programa de gobierno debiera contemplar lo obvio, el cumplimiento de la ley, además de unos Presupuestos que diesen confianza al capital (¡o tempora, o mores!), que propiciasen el empleo, ahora que la coyuntura internacional es favorable, en políticas sociales que han estado ausentes desde la caída del “tripartito” y poco más. Antes estaría el reparto de carteras, otro problema, porque todos querrán Hacienda, Educación, Cultura…

Todo lo anterior puede ser de una ingenuidad impagable si no tenemos en cuenta que el señor Domènech no es el señor Turrión, campeón este último del estrellato y de la comedia, y que la señora Arrimadas puede haber comprendido que la fuerza del independentismo es importante y no todo se puede traducir en recentralización; la moralización de la vida pública, emponzoñada por los sucesores del señor Mas, es otro imperativo irrenunciable y que podría servir de sutura. En todo caso se necesitaría, por los partidos que aquí se llaman al acuerdo, una altura de miras que está por ver la tengan. Ese hipotético gobierno tendría que ponerse a hacer políticas pegadas al terreno, que se notasen a corto y medio plazo, y posiblemente no llegase a agotar una legislatura completa. Pero desde el Gobierno se pueden allegar apoyos en forma de votos para futuras elecciones, y el Estado debiera dar cobertura –sin privilegios, pero escuchando demandas justas- a dicho Gobierno.

Ha comenzado la campaña electoral y veo que solo los partidos no independentistas, salvo el PP, están intentando romper la dialéctica actual cambiándola por propuestas sociales que son las que pueden mejorar las condiciones materiales de la gente, aunque con diferencias según se trate de unos (la izquierda nacional) y otros. Por ahí deben ir los tiros. Lo malo es que España se encuentra gobernada por unos indeseables que gobiernan porque todos los demás lo han permitido: no olvidemos que los de Ciudadanos cambiaron su voto después de haberlo dado al PSOE, los otros no votaron al candidato Sánchez y los seguidores de este permitieron con una abstención que el jefe de los forajidos siga gobernando. Y lo paradójico (y la política nos lleva a estos casos) es que el PSOE haya tenido que apoyar la legalidad (art. 155 de la Constitución) en ayuntamiento, matizadamente, con el forajido mayor. Con tales mimbres es difícil moralizar la vida pública del país y Cataluña podría ser la primera en iniciar esa política tan necesaria para todo lo demás.

No veo otra solución razonable para los intereses comunes que la expuesta, pues la señora Arrimadas no puede pretender el apoyo del señor Iceta si aquella hace piña con el PP. El señor Domènech podría plantearse ver los toros desde la barrera apoyando al PSC en unas cosas y a Esquerra en otras, pero ¿en que gobierno supuesto? Porque esto es lo primero que hay que dilucidar.

Si se rompiese el bloque independentista en sus objetivos (ya lo está en los métodos) aún cabría un apoyo a Esquerra por parte de los socialistas si aquella cumple la ley y se deja de milongas… por ahora. Difícil: no veo a los dirigentes catalanes, con alguna excepción, dispuestos a hacer país, más allá de las diferencias de clase existentes, y esto es un factor que también distorsiona, porque Cataluña está formada una amplísima clase media que tiene sus necesidades bien cubiertas, por lo tanto con tiempo para perderlo en tonterías imposibles… por ahora. Pero hay un millón de catalanes que viven muy mal, por lo menos, y la solidaridad con ellos debiera primar sobre cualquier otra consideración.

Los malos resultados del PP en Cataluña debieran animar a exigir elecciones en España, pero para esto hace falta saber primero si se aprueban o no los Presupuestos, una vez se ha visto que de reformar la Constitución y otros compromisos imperiosos, por parte del forajido mayor, nada.

L. de Guereñu Polán.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Trabajo y miseria

Muchos hablan de que la técica, que se ha venido generalizando en los últimos veinte o treinta años, tiene efectos sobre las condiciones de trabajo, por lo que la readaptación de los trabajadores a trabajos distintos, aunque más o menos relacionados, es una necesidad imperiosa, así como tener una formación más versátil para poder encontrar empleo de mayor calidad. Pero ¿que hacen los estados para facilitar esto? Se encuentran muy por detrás de las necesidades actuales.

Por ejemplo, el mercado laboral español, según los especialistas, no está preparado para combatir el desempleo estructural, es decir, aquel que no depende de una coyuntura determinada. La segmentación es otro de los problemas, que está en relación con lo dicho en el primer párrafo, lo que impide el aumento de los salarios reales: es bien sabido que en una economía de mercado (que no tiene por que ser considerada la mejor) la abundancia de mano de obra en un determinado sector abarata los salarios, mientras que los estados no están actuando para proteger el empleo, para incentivar la contratación indefinida. Por si ello fuese poco la negociación colectiva en España, por ejemplo, ha sido herida de muerte tras las reformas hechas durante la época de mayoría absoluta del Partido Popular, y ahora que está en minoría, la izquierda se encuentra entretenida en otras cosas.

Otro asunto es la indecencia de muchos trabajos que se realizan hoy en el mundo –más aún en el desarrollado- habiendo sido abandonado el concepto tradicional de trabajo, al tiempo que todavía no hay estudios suficientes sobre los efectos de la creciente robotización del trabajo. Particular sufrimiento espera –cuando no se da ya- a las mujeres, más aún las discapacitadas, que tienen derecho a participar en el mercado laboral (aunque hay partidos y colectivos que lo nieguen de “facto”). Estas mujeres tienen mayores dificultades para conservar sus trabajos y son objeto de una doble discriminación, pues en casos concretos realizan trabajos que, inicialmente, no estaban destinados a ellas.

En España, recurrentemente, se insiste en la necesidad de una mayor inversión en I más D en relación con el impacto de la digitalización de la producción sobre las instituciones del Derecho del Trabajo (Carolina San Martín), pero ya hay estudios sobre la transición a un economía digital, siendo necesaria la formación de los trabajadores para evitar la segregación que ahora sufren muchos colectivos. Se habla de los “crowdworking” donde los trabajadores, por cuenta ajena o autónomos, puedan compartir sus experiencias digitales para ayudarse mutuamente, pero las instituciones públicas en España, particularmente en Galicia, ni idea tienen de esto.

La digitalización en España se encuentra menos desarrollada que en otros países (a no ser para perder el tiempo con estupideces) lo que constituye una barrera para la creación de empleo (a partir de los beneficios que aporta), pero esa digitalización no será posible en el mercado laboral mientras la precarización del empleo sea tan abusiva como en España. Es mentira que en nuestro país se crea empleo, lo que se crean son puestos de trabajo para unas semanas, de escasa o nula cualificación para un mercado laboral no cualificado… salvo el que sale fuera del país o reducidos colectivos que escapan a la norma general. Un ministerio de Trabajo nulo en el estudio y conocimiento de estas cuestiones agrava la situación (no hay más que entrar en la página en Internet del ministerio citado).

Puede parecer que me ensaño (inútilmente) con un Gobierno conservador y egoísta, atento solo a resultados engañosos elaborados por sus agentes estadísticos, pero el empoderamiento de los trabajadores, en España está, también, muy por detrás que en otros países europeos. Una vez más son las mujeres las más perjudicadas porque no se ha hecho el esfuerzo suficiente para conciliar la vida familiar y laboral (no pensemos en las funcionarias o ejecutivas, sino en las empleadas de supermercados, las limpiadoras de hotel y otros colectivos por el estilo). Hay una brecha salarial entre mujeres y hombres que está fuera de toda lógica, de toda justicia y de toda legalidad, mientras que el Gobierno mantiene a un cuerpo de Inspectores de Trabajo bajo mínimos de sus potencialidades.

Hay especialistas que, para entender el momento actual del trabajo, parten del contexto histórico y del de las relaciones de género. Si el trabajo no es regulado, si es dejado al libre albedrío del empresariado, si el trabajo no es protegido por el Estado, y no lo es en muchos países, la debilidad actual del movimiento sindical no será capaz de sacar a los trabajadores del círculo vicioso en que se encuentran. No lo han pedido ellos, se le ha impuesto, tanto por razones objetivas (tecnología) como subjetivas: egoísmo y avidez de unos pocos controladores de los grandes centros de la economía.

Esto del libre comercio, digámoslo claro, sin regular por parte de poderosas instituciones estatales, es un factor de emprobrecimiento para la inmensa mayoría y para la acumulación incesante de la riqueza en unas pocas familias, que a su vez tienen a otras subsidiarias de ellas. Y ¿que hace la OIT? Pues se ve superada por el poder de las grandes corporaciones, por las decisiones de mandatarios como Trump y por la inercia del mercado globalizado. O los partidos socialistas trabajan en el plano internacional para reformar la OIT en el sentido de sus orígenes, adaptada a las necesidades actuales, o este organismo quedará obsoleto.

La necesidad de producir contaminando menos –empleo verde- hace necesario que los estados intervengan, no pueden dejar este asunto a la iniciativa privada, que tiene un objetivo primordial, su cuenta de resultados. Los nuevos procesos productivos que son necesarios para ese empleo verde, exigen también una preparación diferente y más cualificada de los trabajadores… otra vez el Estado como protagonista o como aliado de la inercia del mercado.

No quiero extenderme más, pero han ido apareciendo nuevas formas de trabajo que significan neoexplotaciones inmisericordes: sin contratos, sin cotizaciones, sin seguros de desempleo por tanto, “trabajo colaborativo” se le llama eufemísticamente, pero es una miseria más de la humanidad por parte de los explotadores de siempre. Salarios bajos, inseguros, sin garantías para el futuro. Si no se cotiza a los veinte o treinta años –al Estado o a un fondo de pensiones- ¿que jubilación cabe esperar? ¿que futuro se está construyendo desde despachos lejanos pero bien conocidos?


L. de Guereñu Polán. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La Monarquía española



La monarquía española, se quiera o no, tiene un vicio de origen que muchos españoles (seguramente una minoría) no olvidan, y ese vicio es la ilegitimidad con la que nació, de manos y por decisión del general Franco y de unas Cortes no representativas. Esto llevó a que una parte de la población española nunca se sintiera identificada con dicha institución, evocando recurrentemente el régimen republicano, el único antes del actual que estableció sistemas democráticos en España (junto con el breve reinado de Amadeo de Saboya).

Juan de Borbón, una vez que se produjo el alzamiento militar en julio de 1936, se puso al servicio del ejército sublevado y actuó diplomáticamente en su favor. Una vez que el general Franco se instaló en el poder y se pudo comprobar que no lo abandonaría, Juan de Borbón (hijo de Alfonso XIII) jugó todas las cartas posibles: estuvo en contacto con la oposición democrática (particularmente con Prieto hasta principios de los años sesenta) y se entrevistó varias veces con el general Franco para conseguir lo que nunca lograría, que este le cediese el poder.

Tiene razón Javier Tusell cuando dice que ningún monarca español, salvo Juan Carlos I, aceptó la democracia como forma de gobierno (ya hemos hecho referencia al breve reinado de Amadeo de Saboya entre 1870 y 1873). Juan de Borbón siempre aspiró a una monarquía como la que había encarnado su padre: oligárquica, con amplios poderes para el rey que sería el jefe del ejército. El hecho de que Alfonso XIII se exiliase en Roma (capital de un estado fascista) le retrata más allá de que hubiese permitido y facilitado el establecimiento de una dictadura en España. Juan de Borbón se estableció en otro estado bajo una dictadura, Portugal, gozando de todos los beneficios de las clases pudientes del entorno de Lisboa. Desde allí organizó su actividad política conducente a salvar la institución monárquica, que por otro lado se sabía era la opción del general Franco tras su muerte, pero también conspiró lo que pudo dentro del régimen español, donde había monárquicos más o menos afectos a su causa.

Juan de Borbón pudo exiliarse en Lausana, ciudad suiza donde vivió algún tiempo, o en el sur de de Francia (una república como Portugal), pero prefirió un régimen donde, habiendo elecciones periódicas, estas servían para que saliesen a la luz los opositores del régimen y luego encarcelarles o reprimirles. El escrutinio de los resultados era cosa del régimen y se falseaba siempre en su favor.

Juan de Borbón aceptó que su hijo Juan Carlos –como es sabido- se educase en España bajo la atenta mirada del general Franco, que tuvo el objetivo de que siguiese su obra (vana ilusión, porque una vez muerto los designios suelen ser libres). Quizá –y esto nunca ha sido aclarado del todo- tuvo la esperanza el eterno pretendiente de que su hijo, una vez rey, abdicase a favor del padre, pero esto resultaría demasiado rocambolesco: estaban los militares afectos a Franco, la inercia de una transición política con la que ya se había comprometido el rey nombrado y, por último, una oposición democrática que, si terminó aceptando la monarquía ante la fuerza de los hechos, no lo habría hecho en la persona de Juan de Borbón, no afecto a la democracia.

Juan Carlos de Borbón tiene una biografía repleta de elogios al general Franco, deferencias para con su persona y familia y, como hemos dicho, esa ilegitimidad de origen que nace de un régimen criminal que se levantó en armas contra la II República española, esta sí –con todos los defectos- democrática. Si los comienzos de su reinado fueron discretos e incluso tuvo una actitud contraria al golpe de estado de 1981, bueno es recordar las palabras de Antonio Elorza, bien documentadas a partir de protagonistas de primera fila: 
 
Según Santiago Carrillo, había una trama política, impulsada por el Rey, para un gobierno de concentración. (…) El informe de 26 de marzo de 1981 a Helmuth Schmidt del embajador alemán… señalado por “El País”, según el cual el Rey, sobre el golpe: 1) no se mostró contrario a sus protagonistas: “es más, mostró comprensión, cuando no simpatía”; 2) “Los cabecillas –dijo- solo pretendían lo que todos deseábamos”: orden; 3) Había aconsejado reiteradamente a Suárez “que atendiera a los planteamientos de los militares; hasta que estos decidieron actuar por su cuenta”. El relato de Carrillo a García Montero y Lagunero cierra el círculo: había existido una trama política, impulsada por el Rey, para un gobierno de concentración presidido por Armada (presión regia para traerlo a Madrid), y aún cuando el Rey prefiriese la solución Calvo Sotelo al dimitir Suárez, Armada ensayó el golpe, que fracasó por Tejero. El constitucionalismo del Rey ante TVE y los capitanes generales fue claro; su actuación precedente, cuestionable, como Rey que quiso indebidamente reinar, en medio del “ruido de sables”. (Antonio Elorza, 14 de abril de 2014).
 
Pero luego vinieron los años de la frivolidad, los del abandono de sus obligaciones, el encubrimiento a una de sus hijas y yerno una vez sabía que habían cometido delitos de gran envergadura (les envió a Estados Unidos). Era la versión de un rey antiguo, alejado de sus primeros tiempos que, como decimos, nacen de una dictadura. Así, el actual rey es heredero de ese baldón, y con él tendrá que convivir si no comete otros errores. Mientras tanto siempre habrá en España un espíritu republicano que va más allá de que se establezca algún día una república, mientras que la monarquía tendrá que convivir con su ilegitimidad de origen (solo atemperada por la Constitución de 1978): es el precio por salvar una institución antigua en tiempos muy modernos.

L. de Guereñu Polán.              


sábado, 2 de diciembre de 2017

Socialistas catalanes



Imagen modernista de Reus

Entre principios del siglo XX y el primer franquismo, encontramos una serie de figuras del socialismo catalán que hoy podrían ser referencia para el diario hacer de esta familia ideológica y política no solo en Cataluña sino en toda España. Salvando, claro está, las diferencias en los muy distantes contextos históricos, pero prevaleciendo los valores que animaron a aquellos socialistas como Antoni Fabra Ribas, Rafael Campalans, Josep Recasens y otros que ha estudiado Maximiliano Fuentes[1].

Fabra Ribas fue un socialista intelectual con gran proyección internacional, pues parte de su obra la llevó a cabo en París a la sombra de Jean Jaurès. Se inscribió, en España, dentro de un tipo de republicanismo federal que hoy está en boca de muchos dirigentes del PSOE y llevó a cabo una intensa labor periodística en semanarios diversos, tanto catalanes como franceses, para llegar a ser director de “El Socialista”. Participó en varios congresos internacionales donde los socialistas de la época analizaron las causas y consecuencias de la “gran guerra” de 1914, mostrándose Fabra decididamente aliadófilo, pero dejándose influir también por el neutralismo que, a la postre, había decidido el gobierno de Eduardo Dato. El propio Azaña, mucho antes de que llegase a ser una figura conocida, explicó que la causa fundamental de que España no participase en la primera guerra mundial fue la impreparación de su ejército, anticuado y politizado por la monarquía, más allá de que el país estuviese dividido entre aliadófilos y germanófilos.

Fue partidario de “Solidaridad Obrera”, organización que se inspiró en la CGT francesa y, por lo tanto, no contó con el apoyo del PSOE en ello. Estuvo en contacto con Rafael Campalans, cuya formación era menos humanística y más técnica que la de Fabra, no obstante haber destacado, el primero, en el campo de la educación y la cuestión social del momento cuando ya estaban en marcha los proyectos en esta materia de los gobiernos dinásticos, sobre todo de los conservadores, verdadero punto de arranque de la legislación social de la dictadura primorriverista (y esto es lo que llevó a Caballero a colaborar con ella) y de la amplísima llevada a cabo a propuesta del propio Largo Caballero durante los dos años y medio primeros de la II República. A tal punto fue importante que, en algunos aspectos, ni el propio franquismo arrumbó toda aquella legislación, llegando a nuestros días hasta la regresión que sufre en la actualidad.

Fabra concibió el socialismo como acción, por lo que participó en el comité organizador de la huelga de 1909 que daría lugar a la “semana trágica” de Barcelona, lo que le llevó a exiliarse. Luego haría una interpretación de dicha huelga como un gran servicio a España, pues pretendió denunciar el colonialismo, defender los intereses de las familias menesterosas y la paz; hoy no podemos considerar que aquel hito contribuyese a convertir a Barcelona y a España en un país moderno, y dos dictaduras posteriores vendrían a confirmarlo.

Fabra estuvo relacionado con el krausismo, lo que para la época en la que vivió  (1879-1958) es casi obligado en un intelectual socialista, como es el caso de Julián Besteiro, Fernando de los Ríos y otros. Ese krausismo estaba acorde con los aires de regeneración que luchaban por imponerse en la época, donde encontramos socialistas y no socialistas: Picabea, Costa, Maura, Canalejas, el propio Primo de Rivera… En su Reus natal, Fabra colaboró en el periódico “La Justicia Social”, dirigido por Recasens, por entonces secretario de la Federación Catalana del PSOE, muy en contacto con el socialismo europeo gracias a Fabra, teniendo como colaboradores a Gómez de Fabián, Andreu Nin, Núñez de Arenas (el de la “Escuela Nueva”) y Luis Araquistáin, que con el tiempo se convertiría en mentor (aunque no siempre) de Largo Caballero.

Campalans, por su parte, fue secretario del “Consell de Pedagogia” y director de la “Escola Elemental del Treball”: asombra la enorme actividad –en un medio hostil- que desarrollaron los socialistas de entonces, máxime si tenemos en cuenta que esto mismo lo vemos en Madrid, Valencia, Andalucía y otras regiones españolas. Con Núñez de Arenas, García Cortés, Nin y Recasens, lideró una corriente internacionalista disidente dentro del PSOE en la medida en que fueron partidarios de la entrada de España en la guerra de 1914 al lado de los aliados antialemanes. Pero con el tiempo no dudaron en firmar un manifiesto neutralista y europeísta, defendiendo después de la guerra una necesaria (a su juicio) radicalización política a favor de la educación política y cívica, lo que implicaba formar a las masas en la lectura y la escritura, en la política y en el societarismo, sobre todo en el campo, teniendo en cuenta que España era un país atrasado económicamente y desarticulado socialmente en amplios espacios geográficos.

La revolución soviética despertó el interés de Fabra y Campalans, pero solo en lo relativo al derrumbamiento del zarismo, no en el modelo que se instauró luego con las checas y la dictadura leninista, pero el auge e influencia de dicha revolución llevó a Fabra a colaborar con la “Escuela Nueva” madrileña exponiendo sus ideas sobre la necesidad de una reforma agraria, la nacionalización de los medios de transporte, las minas y los embalses hidroeléctricos. También se preocupó del “problema catalán”, que como hoy en día latía en la política española, siendo partidario –y esto se sentía también en sectores intelectuales portugueses- de una confederación liberal “de todos los pueblos de Iberia”.

En tiempos de mudanza, o como poco de turbulencia, como los que hoy vivimos, bueno sería que viéramos no es la primera vez que los problemas que nos aquejan estuvieron ya presentes en las inquietudes de socialistas de otras épocas, catalanes en este caso.

L. de Guereñu Polán.


[1] “Socialistas a fuer de liberales, revolucionarios por necesidad…”.