Como pudiera llegar a
mitificarse el movimiento 15-M me propongo algunas reflexiones sobre lo que fue
o me pareció a mí, con sus evoluciones y resultados.
El año 2011 quizá fue
el central de una crisis económica propia del sistema capitalista que azotó a
todo el mundo pero, sobre todo, a los países económicamente más fuertes,
sencillamente porque tenían más que perder. La crisis fue ocasionada por los especuladores
y los financieros, seguidos por algunos industriales y grandes propietarios a
nivel planetario, pero los gobiernos también tuvieron algo en ello, pues no la
previeron, no la combatieron con eficacia y toda la sociedad pagó sus
consecuencias.
No es difícil prever
las crisis en nuestro sistema económico: están estudiadas las de ciclo corto y
las de ciclo largo. Otra cosa es conseguir atajarlas o calibrar su intensidad,
porque en una economía global que no está regulada salvo en una pequeña parte,
el dinero fluye y se va, los ladrones se aprestan y los más poderosos hacen sus
negocios.
Los llamados “mercados”,
por lo que sé, son sensibles al más mínimo pinchazo, como esos moluscos a los
que se les toca levemente y se contraen. Los mercados son como un gran molusco
que, al contraerse, arrastran y aplastan a todo el mundo. Institucionalmente el
mundo está en pañales, por mucho que se haya avanzado desde la segunda guerra
mundial, la creación de la Unión Europea y los foros latinoamericanos y para
otras regiones geopolíticas y económicas.
Las matanzas que se
están produciendo ahora en Gaza, por ejemplo, no están siendo atajadas por las
instituciones internacionales. Es un fracaso.
Ante aquella crisis que
nos tuvo en vilo entre 2008 y 2014 aproximadamente, lógico es que hubiese una
generación de ciudadanos que, cansados de los diversos regímenes, se lanzasen a
la calle indignados. Esta fue la palabra estrella que, sin embargo, no fue
introducida por ningún joven, sino por el veterano Stéphane Hessel, un luchador
contra el nazismo y luego entregado a la paz con su acción diplomática.
Aquella frase caló y el
caldo de cultivo fue la crisis económica, quizá la más fuerte desde la del 29.
En España se ocuparon lugares públicos para instalar tiendas de campaña y hacer
asambleas que discutían de lo divino y de lo humano. No fue nada parecido al
mayo del 68, mucho más intenso y maximalista; aquí se profirieron eslóganes
como “le llaman democracia y no lo es”, “no nos representáis”, “casta política”,
“clase política” y otros por el estilo. No hay una clase política; no tiene
sentido pensar que los diputados de Podemos, por ejemplo, pertenecen a la misma
clase que los de Vox o el Partido Popular. Yo he ejercido cargos políticos de
baja intensidad y nunca me sentí miembro de la misma clase que aquellos a los
que combatí. Una frase a vuela pluma con muy poca reflexión detrás que repiten
hasta la saciedad los llamados periodistas.
Sí era democracia lo
que teníamos en 2011, como lo era la que teníamos en 1980 y la que tenemos
ahora. Lo que pasa es que no hay régimen democrático que colme las aspiraciones
de todos. La democracia es un régimen frágil (ahora se producen llamativas
proclamas de militares franceses, igual que se han producido en España; no
digamos en América latina, etc.).
Puede que muchos
diputados no representasen los intereses que decían defender, y seguro que hubo
un adormecimiento de los partidos progresistas, entre ellos el socialista,
particularmente en España. En otros países europeos ya sabemos qué ha sido de
ellos. El movimiento 15-M vino a dar un golpe en la mesa, a plantear algunas
propuestas muy importantes y a pronunciar otras sin sentido. A los adalides de
la reforma electoral ya no se les oye reivindicarla porque les ha ido bien con
la actual (creo, sin embargo, que es un asunto pendiente).
Los problemas de los
jóvenes, estando teóricamente más preparados que los de generaciones
anteriores, se convirtieron en reivindicaciones punzantes: no estaban
dispuestos a trabajar por salarios de miseria, las pensiones ridículas de los
mayores, los abusos sobre las mujeres, la falta de políticas de vivienda para
toda la población (en España hay no pocos millones de personas que viven en
pisos y casas humildísimos, sin calefacción, sin ascensor, estrechas y
minúsculas, con humedades, con rentas altas, etc.).
No tenían razón los del
15-M cuando reclamaban la vivienda como un derecho constitucional a cualquier
edad: lo proclamado en la Constitución es un “desiderátum”, como el derecho al
trabajo, que obliga a los gobernantes a encontrar soluciones, pero no hay país
que pueda ofertar vivienda a los jóvenes de treinta años, deben ganársela como
han hecho los que les precedieron.
Algunos de los del
15-M, los más listos (no necesariamente los más inteligentes) supieron pronto
que un movimiento se queda en nada, al cabo de un tiempo, si no se convierte en
instrumento para alcanzar el poder político, un partido, y ahí surgieron los
fundadores de Podemos y otros grupos a ellos adheridos y que no tenían argamasa
suficiente, por lo que pronto se diluyeron en plataformas regionales o locales
(véase el caso de Madrid, Cataluña o Andalucía).
Soñaron aquellos
adalides que podían “alcanzar el cielo” y se dieron cuenta, al cabo de pocos
años, que un partido político no es cualquier cosa: necesita una implantación
territorial sólida, conseguida con mucho esfuerzo y a lo largo de muchos años.
El Partido Socialista y el Partido Popular están fuertemente implantados en
toda España, los nacionalistas catalanes y vascos en sus respectivos
territorios. Pero ningún otro partido en España está implantado
suficientemente, sino muy insuficientemente, y eso se ve en los resultados
electorales.
Pasó el tiempo, alguno
forzó la máquina hasta tal extremo que no se formaría gobierno si no entraba él
en el mismo y luego se fue a hacer su última pirueta. Por ahora ha quedado
fagocitado, pues no me fío que se esté quieto… o se mueva pero no para deshacer
lo que otros han tardado décadas en construir.
Bien está que hubiese
15-M: hemos aprendido algunas cosas, hemos sabido de la inutilidad de otras (es
humano errar) y aquellos que participaron, tildándoseles de antisistema (nunca
vi calificativo más inapropiado para el caso: el partido español más antisistema
es el PP, porque roba) aportaron no poco a la actual política española, pero
menos que los que fueron acusados de “casta”…
L. de Guereñu Polán.
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