sábado, 15 de mayo de 2021

15-M y realidad

 

Como pudiera llegar a mitificarse el movimiento 15-M me propongo algunas reflexiones sobre lo que fue o me pareció a mí, con sus evoluciones y resultados.

El año 2011 quizá fue el central de una crisis económica propia del sistema capitalista que azotó a todo el mundo pero, sobre todo, a los países económicamente más fuertes, sencillamente porque tenían más que perder. La crisis fue ocasionada por los especuladores y los financieros, seguidos por algunos industriales y grandes propietarios a nivel planetario, pero los gobiernos también tuvieron algo en ello, pues no la previeron, no la combatieron con eficacia y toda la sociedad pagó sus consecuencias.

No es difícil prever las crisis en nuestro sistema económico: están estudiadas las de ciclo corto y las de ciclo largo. Otra cosa es conseguir atajarlas o calibrar su intensidad, porque en una economía global que no está regulada salvo en una pequeña parte, el dinero fluye y se va, los ladrones se aprestan y los más poderosos hacen sus negocios.

Los llamados “mercados”, por lo que sé, son sensibles al más mínimo pinchazo, como esos moluscos a los que se les toca levemente y se contraen. Los mercados son como un gran molusco que, al contraerse, arrastran y aplastan a todo el mundo. Institucionalmente el mundo está en pañales, por mucho que se haya avanzado desde la segunda guerra mundial, la creación de la Unión Europea y los foros latinoamericanos y para otras regiones geopolíticas y económicas.

Las matanzas que se están produciendo ahora en Gaza, por ejemplo, no están siendo atajadas por las instituciones internacionales. Es un fracaso.

Ante aquella crisis que nos tuvo en vilo entre 2008 y 2014 aproximadamente, lógico es que hubiese una generación de ciudadanos que, cansados de los diversos regímenes, se lanzasen a la calle indignados. Esta fue la palabra estrella que, sin embargo, no fue introducida por ningún joven, sino por el veterano Stéphane Hessel, un luchador contra el nazismo y luego entregado a la paz con su acción diplomática.

Aquella frase caló y el caldo de cultivo fue la crisis económica, quizá la más fuerte desde la del 29. En España se ocuparon lugares públicos para instalar tiendas de campaña y hacer asambleas que discutían de lo divino y de lo humano. No fue nada parecido al mayo del 68, mucho más intenso y maximalista; aquí se profirieron eslóganes como “le llaman democracia y no lo es”, “no nos representáis”, “casta política”, “clase política” y otros por el estilo. No hay una clase política; no tiene sentido pensar que los diputados de Podemos, por ejemplo, pertenecen a la misma clase que los de Vox o el Partido Popular. Yo he ejercido cargos políticos de baja intensidad y nunca me sentí miembro de la misma clase que aquellos a los que combatí. Una frase a vuela pluma con muy poca reflexión detrás que repiten hasta la saciedad los llamados periodistas.

Sí era democracia lo que teníamos en 2011, como lo era la que teníamos en 1980 y la que tenemos ahora. Lo que pasa es que no hay régimen democrático que colme las aspiraciones de todos. La democracia es un régimen frágil (ahora se producen llamativas proclamas de militares franceses, igual que se han producido en España; no digamos en América latina, etc.).

Puede que muchos diputados no representasen los intereses que decían defender, y seguro que hubo un adormecimiento de los partidos progresistas, entre ellos el socialista, particularmente en España. En otros países europeos ya sabemos qué ha sido de ellos. El movimiento 15-M vino a dar un golpe en la mesa, a plantear algunas propuestas muy importantes y a pronunciar otras sin sentido. A los adalides de la reforma electoral ya no se les oye reivindicarla porque les ha ido bien con la actual (creo, sin embargo, que es un asunto pendiente).

Los problemas de los jóvenes, estando teóricamente más preparados que los de generaciones anteriores, se convirtieron en reivindicaciones punzantes: no estaban dispuestos a trabajar por salarios de miseria, las pensiones ridículas de los mayores, los abusos sobre las mujeres, la falta de políticas de vivienda para toda la población (en España hay no pocos millones de personas que viven en pisos y casas humildísimos, sin calefacción, sin ascensor, estrechas y minúsculas, con humedades, con rentas altas, etc.).

No tenían razón los del 15-M cuando reclamaban la vivienda como un derecho constitucional a cualquier edad: lo proclamado en la Constitución es un “desiderátum”, como el derecho al trabajo, que obliga a los gobernantes a encontrar soluciones, pero no hay país que pueda ofertar vivienda a los jóvenes de treinta años, deben ganársela como han hecho los que les precedieron.

Algunos de los del 15-M, los más listos (no necesariamente los más inteligentes) supieron pronto que un movimiento se queda en nada, al cabo de un tiempo, si no se convierte en instrumento para alcanzar el poder político, un partido, y ahí surgieron los fundadores de Podemos y otros grupos a ellos adheridos y que no tenían argamasa suficiente, por lo que pronto se diluyeron en plataformas regionales o locales (véase el caso de Madrid, Cataluña o Andalucía).

Soñaron aquellos adalides que podían “alcanzar el cielo” y se dieron cuenta, al cabo de pocos años, que un partido político no es cualquier cosa: necesita una implantación territorial sólida, conseguida con mucho esfuerzo y a lo largo de muchos años. El Partido Socialista y el Partido Popular están fuertemente implantados en toda España, los nacionalistas catalanes y vascos en sus respectivos territorios. Pero ningún otro partido en España está implantado suficientemente, sino muy insuficientemente, y eso se ve en los resultados electorales.

Pasó el tiempo, alguno forzó la máquina hasta tal extremo que no se formaría gobierno si no entraba él en el mismo y luego se fue a hacer su última pirueta. Por ahora ha quedado fagocitado, pues no me fío que se esté quieto… o se mueva pero no para deshacer lo que otros han tardado décadas en construir.

Bien está que hubiese 15-M: hemos aprendido algunas cosas, hemos sabido de la inutilidad de otras (es humano errar) y aquellos que participaron, tildándoseles de antisistema (nunca vi calificativo más inapropiado para el caso: el partido español más antisistema es el PP, porque roba) aportaron no poco a la actual política española, pero menos que los que fueron acusados de “casta”…

L. de Guereñu Polán.

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