martes, 27 de julio de 2021

El caso de China

 

China es una gran potencia no ya militar, cuyo origen está en el sistema comunista de partido único; es también una gran potencia demográfica, en recursos naturales, en tecnología y más concretamente en inteligencia artificial (no sé si por delante de Japón y Estados Unidos). Y además se trata de un Estado no democrático cuyos dirigentes administran gigantescos recursos sin control alguno por parte de la población, nacional e internacional. Solo la diplomacia y el contrapeso de otras potencias, las citadas y la Unión Europea, pueden servir de freno a los caprichos de las autoridades chinas.

Además hay muchos chinos fuera de China que, en una guerra tecnológica, propagandística y cultural futura (o no tan futura) podrían servir de quintacolumnistas a la dictadura china. Miles, si no millones, de científicos y técnicos chinos están trabajando para el Estado, aunque existan empresas privadas que, por su parte, también están fuertemente vigiladas por el partido único.

En materia de inteligencia artificial resulta paradójico que se puedan llegar a crear robots con capacidades neuronales, sabiendo tan poco los científicos sobre el cerebro humano (lo reconocen todos a la menor ocasión que tienen). Y si sabemos tan poco de nuestras neuronas ¿cómo será posible dotar a la inteligencia artificiar de sentimientos? En todo caso creo que antes que temer a los robots debemos seguir temiendo a los seres humanos.

Ya hay investigaciones para llegar a superordenadores que ayuden a los oncólogos en la curación del cáncer en sus diversas variables, pero en varios foros (el más importante, quizá, la Unión Europea) se lucha para no herir la dignidad del paciente en el caso citado de la medicina; es decir, los avances tecnológicos, sin la ética, son una amenaza brutal, definitiva.

¿Qué decir de la inteligencia artificial en materia de armamentos, incluidas las armas biológicas? Si dicha inteligencia artificiar no está sujeta a la acción humana, a la ética ¿a dónde nos conducen estas especulaciones? ¿O es que vamos a confiar en que los robots creen sus propias normas éticas? Imaginemos la inteligencia artificial en manos de terroristas o de Estados no democráticos (el caso de China es el más probable) e incluso de grupos privados con monumentales intereses económicos.

Por de pronto ya he podido ver cómo un asistente de Google reserva turno en una peluquería suponiendo que lo hace a favor de un cliente. ¿Y si actúa autónomamente y no existe tal cliente? ¿Y si en vez de reservar turno en una peluquería se trata de acciones menos inocentes? Podría darse el caso de que la máquina de Google hackease a una, a muchas personas, resultando que estaríamos fuera de control. He leído a uno que forma parte de un comité de ética en la Unión Europea (no recuerdo el nombre) que debe legislarse para que cuando alguien hable con una máquina (telefónicamente, por ejemplo) la persona deba ser advertida de que la máquina no es un humano.

El cine ya imaginó hace muchos años personas con apariencia humana, con sentimientos, que bajo sus ropas no eran sino máquinas, por lo que la alucinación a la que podemos llegar ya fue plantada toscamente hace tiempo. Incluso se han llegado a fabricar aplicaciones para el ordenador por medio de las cuales podemos hablar con una máquina a la que se le han “incrustado” las características, la voz, los sentimientos de una persona fallecida con la que sus deudos desean seguir teniendo conversación…

Se trata de alucinaciones que parecen estar a la vuelta de la esquina, como las oraciones o las creencias en seres y dioses que han existido siempre. Si estas alucinaciones sociales (aplicaciones que nos hacen ver lo que no es real como real) se imponen, si al mismo tiempo no hay un buen desarrollo legislativo en el campo de la ética, estamos muy perdidos, máxime si estas alucinaciones sociales pueden ser comercializadas por estados como China, o como el hacker Putin…

¿Y si las decisiones políticas pudieran verse contaminadas por “seres” artificiales inteligentes, capaces mediante algoritmos y cookies de conocer lo suficiente para condicionar aquellas decisiones? El ser humano tiene instrumentos para corregir los terribles vicios que solo han empezado a ser enunciados, pero con regímenes como el chino –y no es el único- podemos temernos lo peor.

L. de Guereñu Polán.

jueves, 22 de julio de 2021

CUBA, O LA HISTERIA CONSERVADORA . Antonio Campos Romay

Lecciones de democracia en un mundo indecente e hipócrita, que usa y abusa con indignidad del término prostituyéndolo a su conveniencia, como mínimo es arriesgado. De democracia y libertad hablan Ayuso, Orban, Erdogam, Putín… En ocasiones puede llegar a ser cruelmente irónico. Resulta sardónico ver como docentes en la materia a los Caballeros del Norte. Esos que están tan cerca de la Isla y tan lejos del cielo.

USA, una aparatosa democracia, madre de todas las dictaduras que del mundo han sido, Centro América, América del Sur, Oriente Próximo, Sudeste asiático, sin que quepa olvidar su apoyo encubierto al bando fascista en la guerra civil española y la animadversión poco disimulada de su administración a sus conciudadanos combatientes en defensa de la República Española encuadrados en la Brigada Abraham Lincoln.

“Consejos vendo que para mí no tengo”... Da lecciones de democracia un país donde se vulneran de forma constante los derechos humanos de una parte de la población por tener la piel oscura, o proceder de países menos desarrollados. Donde la policía, con elevados niveles de corrupción, reprime, oprime o incluso asesina con preocupante impunidad. Donde la pandemia dejó un reguero triste de muerte por ser la sanidad un negocio despiadado y donde el sistema de salud está solo al alcance de pocos. Donde es un clásico que las elecciones presidenciales se vean trufadas de aroma a chanchullo y pucherazo. Donde un presidente con una deriva fascista, para no ceder el poder inspira un asalto a un Capitolio, que necesita estar rodeado de fuerzas militares para realizar sus deliberaciones

Una democracia, cuya calidad no alcanza los criterios establecidos por organismos internacionales para estar clasificada entre las 20 democracias plenas del planeta, donde por cierto figura España. Sin duda Cuba también está muy lejos de esos parámetros. Pero no tanto como otros países tenidos en alta estima por la hipocresía internacional en orden a sus intereses estratégicos o económicos, caso de Arabia Saudí, China o Marruecos.

El drama de Cuba es haber puesto en evidencia desde su pequeñez el dilema entre la mediocridad de la sanguijuela ramplona y la grandeza de la solidaridad. Ese es su pecado mortal y una de las razones de la feroz inquina que despierta en el pensamiento ultramontano. Haber desnudado la miseria de los presuntos “valores democráticos” que porta el matón y la podrida peana en que los sustenta.

Una bilateralidad desigual ceñida a la ley del embudo que drena los recursos hacia el imperio y miseria a la periferia. Donde la actividad financiera se traduce en extorsión, el capitalismo en sangría y el monopolio tecnológico y de investigación es arma de destrucción masiva de la soberanía ajena. Que ofrece un mundo diferente que comienza y termina en una triste caricatura de su modo de vida, una despiadada sociedad de consumo en un sistema cada día más deshumanizado y agotado. Que confunde groseramente la libertad expresión con la libertad de presión de los grupos de poder para imponer su discurso.

El desaparecido Comandante, pese a todos sus detractores, dejó un trazo indeleble en la historia de América Latina, haciéndose notar con su verbo florido, aunque al abundar en él, deslizara más de un yerro. Pero no es menoscabo a que fraguase en lo que era apenas, colonia, burdel y casino, una tierra con orgullo de serlo y no sometida al ronzal de la Casa Blanca.

Supero con empeño al igual que a los huracanes y tornados que cíclicamente golpean la Isla, una docena de presidentes del nunca amigo del Norte, y el dogal de un bloqueo, al que muchos comentaristas quitan trascendencia… Y si ello es tal, ¿Por qué sigue subsistiendo 60 años después? ¿Será quizás porque era el mecanismo apropiado para ahogar el desarrollo y una democratización cubana nacida con parámetros propios?...Aparenta que esto es algo en lo que no hay el menor interés. Podría concluirse que lo que es más intolerable de Cuba, no es su comunismo caribeño. Sino que muestre con el ejemplo que sanidad, educación, políticas sociales, equidad, no son un negocio sino un derecho ciudadano…Y semejante impertinencia, a 90 millas de “casa”….

La vida en Cuba, -seria infantil decirlo-, no es un paraíso. Algo que por lo demás parece bastante complejo encontrar lo largo y ancho del planeta. Pero a pesar de todos los pesares no es un infierno. En medio de su borrascosa supervivencia y acoso, más si cabe al quedarse sin el apoyo de los países del Este, aún con las arbitrariedades internas y la coacción externa, ha sido y es una referencia en Latinoamérica como país con menor grado de injusticia social. Lo que no es óbice al derecho a expresar su malestar e incomodidad por aquella parte de la ciudadanía que así lo estime.

Cuba no se acomoda a la definición de democracia que sugiere la ONU. No. Pero es tendencioso y falaz homologarla con la satrapía feroz y corrupta marroquí, (esa monarquía entrañable para el Sr. Casado), o con el criminal integrismo de Arabia Saudí, amigo del alma de USA que hasta antes de ayer mantenía en el Consejo de Derechos Humanos en la ONU.

miércoles, 21 de julio de 2021

Salir de la caverna

 


Cuando yo era menor de edad no lo sabía porque nadie me había hablado de la responsabilidad que se contrae cuando se es mayor de edad (eran tiempos en los que ser menor de edad era la norma). Cuando fui mayor de edad no me di cuenta de que –al menos durante unos años- seguía siendo menor de edad, pues ignoraba tantas cosas que no era sino un adolescente, el que adolece, el que no tiene o no sabe.

Luego fui influido por algunos, mayores que yo, sobre las bondades del materialismo y otras filosofías colaterales. Me empapé de dichas filosofías y llegué a creer (y mala cosa para un materialista si tiene que emplear este verbo) que desde la antigüedad clásica, pasando por Hegel y algunos de sus discípulos, nada había más acabado que el materialismo en todas sus manifestaciones. De ahí me hice descreído (cuando había sido educado en el más acendrado catolicismo) y me tildé de agnóstico, en lo que demostré cierta madurez, pues lo de ateo siempre me pareció demasiado categórico: el que ha llegado al ateísmo tras concienzudas cavilaciones durante años, bien, pero el que a la ligera se califica así, más bien será cuestión de esnobismo que de otra cosa. Me parecía tan fundamentalista el creyente a machamartillo como el ateo. De ahí mi adscripción al escepticismo en materia religiosa.

Nunca dejé de tener, no obstante, preocupaciones espirituales (lo que es distinto de religiosidad) quizá debido a la formación recibida en el seno de la familia y de la escuela, pero también por mi tendencia a cierta mística en el tratamiento de las cosas que consideraba serias.

Y tuvieron que pasar muchos años para desengañarme de tanto materialismo; empecé a considerar que ninguna corriente filosófica era plenamente satisfactoria, como los científicos han rectificado cientos de veces a sus predecesores; lo mismo los hombres de iglesia y otras especies.

Volví entonces a mis lecturas de los antiguos filósofos griegos rondando ya la edad provecta y vi que Platón es mucho más actual (me refiero a mi periplo vital) que muchos otros posteriores: como su maestro Sócrates no dejó nada escrito, el alumno se dedicó a escribir prolíficamente, y lo hizo sobre todo para hablar de la relación ente lo que considera eterno (el alma o mundo de las ideas) y lo que fluye (la materia, los sentidos). Volví de nuevo al conocido mito de la caverna donde unos hombres viven encadenados desde que nacieron, mirando a la pared del fondo opuesta a la entrada. En dicha pared –como se sabe- y debido a una hoguera, se reflejaban las sombras de lo que ocurría en el exterior, de forma que aquellos hombres daban por cierto el mundo de las sombras en vez de lo que realmente ocurría fuera.

Uno de ellos –dice Platón- harto de tanta monotonía, salió de la caverna y vio (después de una momentánea ceguera) la naturaleza con sus plantas, animales y demás cosas. Comprendió entonces lo equivocado que había estado y corrió al interior para contárselo a sus compañeros: las sombras no son más que reflejos imperfectos de la realidad, que está fuera, pero los incrédulos no le hicieron caso y le mataron, como le ocurrió a Sócrates.

Platón dice que muchos seres humanos –quizá la mayoría- prefieren seguir en el mundo de las sombras sin pararse a pensar (¡oh, pensar!) en que puede haber alternativas: salir fuera y ver por sí mismos la realidad. Este ejemplo está en el diálogo que Platón tituló “La República”, que a tantos republicanos como aparecen en las redes sociales les interesaría, donde expone el filosofo que los que filosofan (es decir, los que piensan) son los que debieran gobernar, y no los demagogos, los tiranos o los plutócratas.

Como Platón –igual que la inmensa mayoría de la humanidad- consideraba que estamos formados por un alma (las ideas) y un cuerpo (los sentidos), siendo así que aquella es permanente, preexistente a nuestro cuerpo y subsiguiente al mismo, mientras que los sentidos fluyen, mutan y son, por tanto, poco fiables, vendría bien a los que se erigen en representantes públicos tener en cuenta las ideas de nuestro antiguo amigo, pues solo en el alma (el mundo de las ideas) se puede encontrar la virtud, el sentido de la equidad, de la ética, y no en los sentidos. El estómago, para Platón, era concupiscente, había que refrenarlo, y ello solo se puede hacer desde la razón… tan alejada de no pocos  gobernantes en su práctica.

L. de Guereñu Polán.

sábado, 17 de julio de 2021

Lecciones de un virus

 

Por “lecciones” no quiero decir que las hayamos aprendido y ni siquiera que sean compartidas como yo las expreso aquí. El ser humano ha sufrido epidemias y pandemias a lo largo de la historia y –luego de aspavientos y muestras de arrepentimiento- todo ha seguido como si tal cosa.

Los atenienses, en la antigüedad, sufrieron una epidemia que se extendió por el área de influencia de la ciudad y no por ello las realizaciones culturales, las victorias y derrotas militares se resintieron.

En el siglo VI el Imperio Bizantino se vio sacudido por una gran plaga y –una vez pasado el tiempo y las catástrofes- la sociedad, los dirigentes políticos, los amigos y enemigos del Imperio, siguieron a lo suyo. Otro tanto podemos decir, con algunos matices, de la peste negra medieval, que si bien marcó toda una época durante casi dos siglos, después de algunas muestras de cambio en las formas religiosas y artísticas, los seres humanos se siguieron matando, ambicionando, viviendo y muriendo sin más.

La epidemia de gripe en 1918 no hizo discriminación por edad, sexo u otras circunstancias, si bien los más pudientes pudieron ponerse a salvo acopiando para sí los mejores antídotos y los más experimentados médicos. Estaba Europa en el fragor de la Gran Guerra y luego de ella siguió sufriendo los estragos de aquella pandemia, pero pronto se apresuraron los europeos (como los japoneses y otros) a enzarzarse en otro conflicto exponencialmente mayor.

El virus que nos atenaza desde hace casi dos años (si nos atenemos a los efectos que no fueron controlados en los lugares donde se produjeron los primeros contagios) es una manifestación más de la evolución biológica de seres que se incardinan en otros, no preparados para soportarlos. Algunos pueblos que han sufrido epidemias recientes (gripe aviar, Ébola, etc.), no han tenido tantas víctimas como las que se registran actualmente en el mundo rico, porque las defensas biológicas de sus habitantes están preparadas para los embates. El sida se ha cobrado hasta la fecha casi cuarenta millones de víctimas, cuatro veces más que el virus de la COVID19…

Una de las lecciones que se me ocurren sobre la actual situación es que la comunidad científica está realmente avanzada para combatir a los virus malignos, y también lo están los laboratorios farmacéuticos para fabricar los antídotos. Cuando las autoridades públicas se ponen manos a la obra, también está comprobado que la logística de distribución de las vacunas pueden llegar a casi todas partes (digo casi siendo consciente de las graves carencias que aún hay en la “gobernanza” del mundo). Lo que no tenemos preparado es un sistema público de salud para atender a pacientes de la más variada condición: ahí están los ancianos de las residencias, los trabajadores de la sanidad, las personas más vulnerables por causas patológicas o económicas, etc.

Las políticas de los países en materia de salud pública quizá estén aun en pañales, y combatir esta situación cuenta con el obstáculo de las organizaciones (políticas y de otro orden) que no tienen como prioridad lo público.

Es cierto que las investigaciones farmacológicas precisan de inversiones gigantescas que en buena medida proceden de la iniciativa privada, pero los Estados también han puesto mucho de su parte, y es lógico que se haya abierto el debate sobre la licitud de las patentes. ¿Tiene alguna lógica, más allá de la económica cortoplacista, que el interés de los laboratorios esté por encima de la salud pública? No sé si el señor Biden ha lanzado la idea sobre esta materia en un arrebato de prístina moral o piensa seguir insistiendo en ello, pero lo cierto es que concentra en sus manos suficiente poder –igualmente las instituciones europeas y las organizaciones internacionales-  como para imponer el criterio que más interese a los seres humanos.

En cuanto al comportamiento de la población no puede ser más variado, y a ello responde el de los dirigentes políticos: los casos Bolsonaro, Johnson, Trump, etc. son el resultado de opiniones públicas que no valoran la salud como un bien a proteger. De ahí los argumentos a favor de la “libertad” para abrir establecimientos, divertirse desenfadadamente, incumplir las normas establecidas por las autoridades sanitarias, escabullirse por la gatera de interés inmediato… cuando si no se combate una enfermedad contagiosa todo se habrá ido al garete.

Es comprensible que los pequeños empresarios, los dueños de establecimientos que se sostienen con el esfuerzo de unas pocas personas, una familia, muestren su preocupación por el devenir de sus inversiones. Algunos Estados han sido sensibles a esto y han puesto en marcha políticas de ayudas, pero para que estas ayudas se pueden implementar, los recursos públicos han de ser suficientes; no vale con decir que hay que bajar los impuestos o que “bajar impuestos es de izquierdas” (Zapatero dixit). Ya hace mucho tiempo que los hacendistas han demostrado que las políticas fiscales han de ser flexibles y adaptadas a las circunstancias. La presión fiscal ha de ser selectiva y queda mucho camino por andar para combatir a los “paraísos” (les llaman) donde van a parar muchos dineros, gran parte de los mismos conseguidos ilícitamente (corrupción, contrabando, proxenetismo, favores desde la política, “ingeniería” financiera...).

Vemos que hay sectores de la población a quienes no parece importar que, contagiados unos, se contagien otros. Vemos a personas muy insolidarias que rayan la criminalidad en esta materia. Vemos que hay autoridades que carecen de “auctoritas”, aunque tengan mucha “potestas”. Inlcuso hay autoridades en la cumbre de la judicatura que parecen preferir el gusaneo leguleyo a la atención del sentido común.

¿Cómo no va a haber demagogos en la política si se ven apoyados por las más altas magistraturas de un país? ¿Cómo van los jóvenes, los maduros y los viejos a tener las precauciones y la disciplina que se les demanda, si ven a los voceros de la estupidez actuar con absoluta estulticia? La opinión de un descerebrado cantante (parece que tocado por algún que otro alucinógeno) pude ser aprovechado por los nihilistas sin moral, por los descerebrados sin cuento.

Harán bien los jueces en depurar sus decisiones con la cautela que el bien común demanda; harán bien los gobiernos en proponer inversiones públicas para la investigación científica y técnica, que es lo mismo que inversiones en pensamiento y ética; harán bien los legisladores en tomar buena nota de las consecuencias de políticas no preventivas, que no tienen en cuenta a esa inmensa mayoría que se encontrará siempre desvalida si no tiene el amparo del poder público.

Como no cabe pensar que el egoísmo desaparecerá de la faz de la Tierra por el hecho de que hayan muerto –y vayan a morir- varios millones de personas por la acción de un virus mutante, hará bien una sociedad inteligente –y no es posible comprender a todos en esta categoría- en reflexionar más y vociferar menos.

L. de Guereñu Polán.

jueves, 15 de julio de 2021

Una hora en el puerto

 

                                                             Fotografía de "Faro de Vigo"

Aprovechando la pleamar a las 20,44 horas del día de la fecha, paseé hasta el puerto, o lo que queda de él, en la ciudad de Pontevedra. El fragor de los automóviles que discurren por el puente de la autopista, las dársenas convertidas en aparcaderos para coches y ni un solo barco pesquero, cuando la Pontevedra bajomedieval y moderna había sido capital de los mareantes de Galicia, y a ellos debió, en buena parte, su prosperidad. Ahora, solo unos pocos y desvencijados barcos deportivos…

A lo lejos, mirando hacia la ría, las grúas del puerto de Marín, la autovía que destrozó una zona marismeña y playera, la fábrica de pasta para papel que algunos quieren “fora xa”, sin pararse en las consecuencias para los cientos de familias que viven de ella; los dueños de la fábrica a lo suyo en comunión apretada con las autoridades de la Xunta y, mientras tanto, pendientes de una sentencia judicial que puede condicionar el futuro de la industria más importante de Pontevedra. Nadie habla del necesario pacto interinstitucional para salvar los puestos de trabajo, la ría y las inversiones cuantiosas ahí enterradas. El resto son unos pocos almacenes y empresas ubicadas en las moderadas laderas del interior, teniendo por acceso tortuosas carreteras que proceden del pleno franquismo.

Al otro lado el monte de la Caeira, antaño propiedad de los marqueses de Riestra y hoy maltratado por un sin número de horribles casas que reptan por la pendiente, a cada cual más agresiva con el paisaje: Poio “pequeño” -se decía en mi niñez- San Salvador, densamente poblado pero abandonado a su suerte.

Pontevedra (“modelo de ciudad” dice falsariamente su alcalde) no tiene política industrial desde nunca; habiendo obtenido la capitalidad provincial a duras penas cuando el siglo XIX mediaba, se quedó en una ciudad de pequeños comerciantes, funcionarios y militares de poca monta. Algún noble venido a menos por aquí, picapleitos en corto número y una burguesía provinciana que ha sido bien estudiada por una doctoranda que conozco.

Llegó el ferrocarril cuando la centuria terminaba y no sirvió gran cosa para que la ciudad (ahora ya no villa) prosperase como sí lo hicieron Vigo, A Coruña, Ferrol e incluso otras villas medianas. Pontevedra pasó el franquismo con el título oficioso de “la Atenas de Galicia” por la concentración aquí de algunos de la generación Nós y conservó la leyenda urbana del loro Ravachol como si de un blasón se tratase. El boticario Feijóo debía ser leído, pues eligió tal nombre para el charlatán que hacía las delicias de no pocos frente a la iglesia de la Peregrina, un revolucionario anarquista que pagó con su vida un siglo después de la Revolución Francesa.

Llegó la democracia y se hicieron con el mando municipal unos que veían con desconfianza el nuevo régimen; incluso el alcalde que me tocó sufrir demostró un talante embrutecido y de ignorancia superior. Se perdió mucho tiempo en tonterías y Pontevedra sin planeamiento urbano, sin industria, sin infraestructuras, sin autopista, que algunos decían iba a sangrar Galicia de norte a sur. ¡Cuánta palabrería huera!

Curiosamente la ciudad ha crecido en población por el establecimiento en sus cercanías de la Brigada “Galicia” VII (BRILAT), que aportó varios cientos de familias. Se ha recuperado para los paseantes la zona vieja de la ciudad –como en otras poblaciones gallegas-; ello ha estimulado el sector hostelero, que no es precisamente puntero para los tiempos que vienen; se han abierto nuevos barrios con terrenos ganados para el uso comunitario, modestos en su factura; Pontevedra se ha beneficiado de políticas nacionales y europeas, como es el caso de algunos centros educativos, recursos allegados para infraestructuras...

Los dueños de una empresa maderera, hace unos años, la desmantelaron y se llevaron sus capitales a otros horizontes; ahora un modesto plan urbanístico ha adecentado la zona con edificios exentos, pero lo más notable son los paseos a la vera del Lérez, dejándose acompañar por los piragüistas y los amigos del eje pedalier.

Con casi treinta grados, a las 21,30 de la tarde, regresé de aquellas vistas y pensamientos a casa. ¿Habrá quien comprenda que si una ciudad apuesta solo por el sector servicios, o este es avanzado o está condenada al furgón de cola?

L. de Guereñu Polán.