sábado, 8 de septiembre de 2012

Bomberos, médicos y mineros

Hoy quiero rendir homenaje a tres colectivos que han dado un ejemplo extraordinario, durante el verano y antes de él. Los bomberos y todos cuantos con ellos han colaborado, sin ser profesionales, han arriesgado su vida (algunos la han perdido), han empleado muchas horas en medio de unas condiciones verdadereamente difíciles, incómodas, de gran sacrificio y abnegación, apagando incendios en Cataluña, en León y Galicia, en Canarias y en otras partes de España. No han sido pocos los incendios de este año, ni pocas las hectáreas calcinadas. Esos que abnegadamente lo han dado todo por extinguir los incendios, mientras buena parte del país estaba de vacaciones o disfrutando el ocio, merecen hoy nuestro reconocimiento, nuestro agradecimiento.

Aquellos médicos -y con ellos el personal sanitario que colabora- que han dicho "atenderemos a los inmigrantes enfermos aunque no estén legalmente en España", han dado una muestra de humanidad, de que la solidaridad no debe tener fronteras, de que ante situaciones de desventaja todo empeño es poco. Se la juegan; el Gobierno está expectate, junto con sus corifeos en cada comunidad autónoma, para cazar a este o aquel médico, a esta o aquella enfermera, auxiliar de clínica, dando asistencia sanitaria o médica a un inmigrante enfermo. Se la juegan pero lo prefieren antes de faltar a un deber de conciencia, antes incluso que a un deber profesional. Hipócrita me ha parecido el que ha publicado en un periódico que no estamos para juramentos hipocráticos ni objeciones de conciencia. Hay que cazar al objetor por no cumplir una ley injusta, pero no hay que cazar al que se ha llevado los ahorros de miles de contribuyentes a las islas Lípari.

Y honor también a los mineros que luchan por sus puestos de trabajo, exigiendo que se busquen soluciones a las familias que viven del carbón. No vale decir "no hay viavilidad ante la competencia de otras energías o mercados"; lo que un Gobierno tiene que hacer es intentar salvar el sector, poner toda la carne en el asador para encontrar solución a los mineros y sus familias, reciclando su actividad dignamente o contribuyendo a su sustento en tanto no haya otra solución. No hay dinero público para el carbón y sí lo hay para las corridas de toros, a las que se les han aumentado las subvenciones... Pero ¿que clase de sinvergüenzas nos gobiernan? Verdaderos crápulas que no entienden del sufrimiento ajeno, que creen salvar su alma con unos cuantos rezos y misas, amontonando un montón de estiércol hasta que, subidos a él, alcanzar el cielo.

L. de Guereñu Polán.

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