domingo, 17 de marzo de 2013

"La clase política"

  • Mira que se lleva escuchando esta frase y lo cierto es que no tiene sentido alguno, porque si lo tuviese estaríamos en otro régimen o en el fin de la política. Una clase, según he aprendido hace tiempo, es un grupo más o menos numeroso de personas que participan de la misma cultura, es decir de una forma de vida parecida e intereses y sus miembros se identifican entre sí por unas características más o menos comunes. Existe así la clase aristocrática, la clase obrera o trabajadora, la clase burguesa, la clase media, el lumpemproletariado (tan antirrevolucionario para Karl Marx) y otras clases sociales más o menos identificables.

    En la Unión Soviética, cuando el estalinismo creó una "nomenklatura" y la burocracia del partido único separó a sus miembros del resto de la sociedad, podría hablarse de "clase política": la formada por aquellos que gozan del régimen, de sus prebendas, del poder político y de la influencia, en oposición al resto de la sociedad, la civil, que vive más o menos sometida al régimen y sufre por ello.

    De la misma forma cabe hablar de "clase política" en una dictadura férrea, militar o civil con la colaboración militar, ya sea una u otra la ideología que sustente a dicha dictadura, aunque casi siempre la sostiene el dinero, la corrupción, el ejército y la banca.

    Pero en los sistemas democráticos, con todos los defectos que tengan, pues no se conoce en la práctica la democracia perfecta, hablar de "clase política" es una aberración, pues ello supone que todos los políticos están unidos por unos mismos intereses e ideales parecidos, lo que es la negación de la política, del pluripartidismo y de la oposición entre quien gobierna y quien aspira a hacerlo; o entre quienes están en el sistema y quienes están fuera de él por propia voluntad.

    Si yo fuese político en el sentido orgánico del término, es decir, diputado, alcalde o ministro, no querría formar parte de "clase política" alguna, pues ello me idenficaría con mis opositores ideológicos, y nada más lejos de mis intenciones. Político, en otro sentido, en el platónico, en el genérico, lo soy por propia voluntad, porque no entiendo la vida sin preocuparme de los asuntos públicos, ya que son los asuntos que permiten a los mi clase, la trabajadora, asalariada, aspirar a un mundo justo y no injusto con el presente.

    Incluso políticos de muy altas responsabilidades hablan sin empacho de la "clase política". ¿Pero a donde hemos llegado? ¿Acaso no pertenezco yo a la misma clase que un político que ha salido de una familia de trabajadores y que se supone está para representar mis intereses; que cuando deje de ser político -es decir, el cargo que ahora tiene- volverá a estar con los de su clase, que es la mía? Yo no pertenezco a la misma clase que el señor Botín o que el señor Ortega, por poner dos ejemplos. Sí en cambio me reclamo de la misma clase que los mineros asturianos, que los aslariados de la banca o que los profesores de la enseñanza pública. Que tengamos la misma ideología o no es otra cosa, pero no quiero sentirme distinto que un político de izquierdas, honrado, trabajador y, si es posible, inteligente, como rezaba el programa fundacional del Partido Socialista Obrero Español.
     
    L. de Guereñu Polán.

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