En los años setenta del pasado siglo Don Felipe González tuvo la capacidad suficiente para aglutinar a un grupo de militantes y dirigir al Partido Socialsta con mucho éxito y acierto. Primero se impuso a las tesis de los viejos militantes -como Rodolfo Llopis- que preferían mantener al partido en el exterior, y luego renovando dirección y estrategias, porque por lo que se refiere a las ideas, el primer González no difería mucho de los Besteiro, Saborit, Anguiano, Largo y Prieto.
Supo conducir al Partido Socialista al triunfo electoral de 1982, no sin tensionarlo hasta el límite (en ello no estuvo solo y participaron tambien sus oponentes internos) y luego revalidar dicho triunfo tres veces más, aunque la última solo por mayoría relativa en el Congreso de los Diputados. Su política de nombramientos en los diversos gobiernos fue más bien errática y con numerosos errores, algunos tan clamorosos que han quedado como paradigma de la corrupción de aquella época.
En los años setenta Felipe González publicó un pequeño libro doctrinal, con un carácter más didáctico que de profundidad, en el que explicaba qué era el socialismo. En él -como en la revista de la ilustración- definía los principios básicos del marxismo, tanto en materia económica como en la interpretación de la historia y de la lucha de clases. Ya estaba en tratos (y muy provechosos para España) con la socialdemocracia alemana de Willy Brandt, con los socialistas austríacos de Kreisky, con los suecos de Olof Palme, con los italianos de Betino Craxi (en mala hora en nuestras filas) y con los franceses de las dos corrientes de aquel país que François Miterrand consiguió unificar.
Cuando D. Felipe González llegó al poder político -poque el económico nunca ha salido de las mismas manos- evolucionó ideologicamente (puede que como consecuencia de la debilidad de sus convicciones, puede que por imperativos de la realidad, puede que sinceramente) hacia un socialismo que pretendía, en sus propias palabras, hacer los cambios que la derecha española no había hecho durante un siglo, entre otras cosas porque se comprometió, en la mayor parte de sus integrantes, con la dictatura franquista. Es decir, al socialismo de los años ochenta le correspondía "modernizar" España: en derechos civiles, economicamente (sobre todo con la reconversión industrial), en la disciplina y profesionalización del ejército, en la extensión de la sanidad y la educación a todos, en una política social que pasaba (como pasó) por una reforma fiscal en profundidad que hoy ya no serviría. La idea del "bloque de clases" que aglutinase desde el proletariado (entonces todavía se hablaba así) hasta la burguesía progresista y los medianos empresarios modernos, pasando por la amplia clase media que el "desarrollismo" de los años sesenta formó, fue una gran idea, y de ahí los éxitos electorales. No fue poco lo que sus gobiernos hicieron y así se lo reconocieron los españoles, pues aún cuando el Partido Socialista perdió las elecciones en 1996, quedó como segunda fuerza a muy poca distancia de la primera, liderada por un innombrable si es que se me permite la licencia.
Ahora, con la perspectiva que dan los años, los acontecimientos vividos y la experiencia acumulada, creo que se puede ver a Felipe González disminuido respecto de la grandeza en la que se le colocó (y que en buena medida se ganó por méritos propios). Ha demostrado ser un gran estratega (en lo que recibió ayudas inestimables), un débil ideólogo, un político decidido y valiente, aunque con enormes contradicciones, y que ahora se encuentra en parte retirado, dedicado a ganar mucho dinero (no digo yo que ese sea su principal objetivo) lo que es perfectamente legal y humanamente comprensible, pero tengo para mí que los grandes líderes de masas, cuando tienen su vida solucionada, quizá debieran dedicar más tiempo al servicio intelectual de su país. Es muy poco edificante ver a Schröeder hincharse a ganar dinero como subordinado de Putin o al señor González al servicio de una empresa a la que solo debe ser útil con el apellido.
Yo veo que los grandes líderes sociales -a la espera de que aparezcan otros- se han agotado; los que fueron están entregados a cosas muy distintas de las que les hicieron líderes y, en general, están contribuyendo a la decepción de muchos ciudadanos. No voy a reprochar yo al actual señor González que haya dicho lo que ha dicho en los primeros años de su andadura política, cuando era joven y audaz, pero sí que piense más en sus orígnes que, a la postre, son los de muchos de nosotros. Salvo mejor opinión.
L. de Guereñu Polán.
L. de Guereñu Polán.

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