jueves, 22 de abril de 2021

La estupidez

 

Recibir a un equipo de fútbol aglomeradamente, sin mascarillas en tiempo de pandemia y sin guardar distancia de seguridad, es una estupidez, pero como lo dicho es practicado por muchos, cabe pensar que en el mundo hay muchos estúpidos (o somos, que no me descarto para algunos casos). Dar crédito a las consignas de los partidos políticos xenófobos sobre el peligro que representan los inmigrantes para el empleo de los naturales es una estupidez, y sin embargo hay muchos estúpidos que se agarran a ellas.

Pretender que un banco no le time a uno es una estupidez (en este caso también de una loable intención), toda vez que el banco tiene un poder casi omnímodo y el Estado es el que se hace el estúpido en este caso (véase la definición de estúpido en cualquier diccionario).

Permitir que nos vendan lotes de productos que se pueden vender individualmente es una estupidez, pero el adocenamiento nos ha llevado a admitirlo. Como el admitir productos cocinados envueltos en un plástico, perdiendo por tanto toda propiedad alimenticia, o admitir cláusulas en contratos redactados leoninamente por esbirros al servicio de los más fuertes.

Soportar que el médico no nos atienda presencialmente es una estupidez, además de un acto de sumisión contra el que debiéramos rebelarnos (es una de las pocas medidas que me parecen arbitrarias e innecesarias en la actual situación de pandemia). Se podría atender a muchas personas presencialmente a cambio de que las menos vulnerables no saturasen los centros de salud.

Es una estupidez soportar, sin hacer todo lo humanamente posible, que ante una consulta telefónica, en la empresa privada o en el Estado, se nos ponga una musiquita (también estúpida, si cabe) mientras esperamos que un explotado nos atienda o desatienda, según los casos. E igualmente es una estupidez, por quienes lo soportamos y por quienes lo han impuesto, que tengamos que seleccionar un número según el asunto que queremos consultar o resolver, toda vez que en no pocas ocasiones ninguno de los números corresponde al supuesto en el que está interesado el consumidor.

Es una estupidez decir en España, durante una campaña electoral, que se va a luchar por implantar la libertad, como si no estuviese garantizada, y es una estupidez decir que hay que luchar contra el fascismo, como si este fuese un problema actual y no de otra época. Tengo para mí que los que así se pronuncian son estúpidos, o se portan como estúpidos a tiempo parcial, pero si no tuviese razón, pido disculpas de antemano.

Es una estupidez admitir el pago de una consumición en un bar o cafetería antes de haberla consumido, pues podría darse el caso de que el producto no fuese el solicitado o estuviese en mal estado. El que ha impuesto dicha norma actúa de forma estúpida pero el que la acepta, también.

Es una estupidez que el ministro del ramo, en España, permita a los bancos limitar a las 10 de la mañana la hora tope para operaciones de caja, cargándose toda política de conciliación, castigando a los que disponen de menos tiempo o a las personas mayores, que su derecho tienen a levantarse de la cama más tarde.

Es un estupidez por parte de algunos ministros del Gobierno censurar mediante declaraciones las comisiones, “bonus” y sueldos que se ponen a sí mismos los ejecutivos y directivos de los bancos españoles y, al mismo tiempo, no hacer nada para combatir dichas prácticas, máxime cuando el Estado tiene representación en los consejos de administración de algunos bancos.

Hay muchas estupideces que cometemos a diario y a lo largo de nuestra vida, unas veces por vernos obligados si no queremos complicarnos, otras porque el abusador es muy poderoso y nosotros muy débiles, pero la estupidez mayor es no tener en cuenta todo esto y, mediante cualquier tipo de asociación cívica, no combatir tanto abuso, tanta estulticia, tanta estupidez que se nos impone.

L. de Guereñu Polán.

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