martes, 20 de abril de 2021

La Monarquía Española

 

Desde octubre de 1936 hasta el año 2014 España ha tenido dos Jefes de Estado consecutivamente y puede decirse que los dos han sido unos golfos. Uno, además, criminal de guerra, el otro no, pero incurso en acusaciones muy graves que están pendientes de sustanciarse por fiscales, jueces, políticos y opinión pública.

Es una lástima que así sea, porque pareciera que España tiene un designio poco honorable, por si no fuesen pocos los sinvergüenzas que roban y matan, engañan y hacen trampas continuamente, escapando a veces a la acción de la justicia.

Pero aparte lo anterior, la Monarquía Española tras la muerte del general Franco tiene unas peculiaridades que la separan claramente de las demás monarquías europeas. Empezando por lo menos importante, es la única del sur de Europa, la única a orillas del Mediterráneo. Las demás monarquías se encuentran en el norte de Europa, después de que Francia la primera, Alemania, Italia, Bulgaria, Rumanía, Grecia, Polonia, Portugal y otros países se hayan desprendido de esta forma de Estado.

Después de la caída del último rey portugués y el establecimiento de la República, los creadores del Estado Novo (dictadores) no vieron la necesidad de reinstaurar la monarquía, no significaba en Portugal lo mismo para la población y para la derecha política que en España. Tampoco Oliveira Salazar y Marcelo Caetano vieron necesario cambiar la República por una Monarquía. Para reprimir valen las dos.

En Alemania fue la derrota de 1918 lo que acabó con el káiser, al igual que en Italia fue la derrota en 1943 la que acabó con la monarquía saboyana, pues el heredero Humberto fue reconocido, antes del establecimiento de la República, simplemente como gobernador. Los países que estuvieron bajo la opresión soviética hasta principios de los años noventa pasados, no volvieron a la monarquía porque sus poblaciones respectivas no lo demandaron. Solamente en Bulgaria hubo un intento por parte de un heredero, Simeón, a partir de un buen resultado electoral para sus intereses.

Los reyes europeos, ante la amenaza y la ocupación alemana se mantuvieron junto a sus respectivos pueblos, con algún titubeo en el caso del rey de Dinamarca, por lo que esas monarquías, que han aceptado los cambios hacia la democracia sin ambages, que se han mantenido en los papeles institucionales que las Constituciones les dan, han tenido perdurabilidad. Incluso en el caso de la monarquía británica, tan dada a los escándalos por parte de familiares de la reina Isabel II, la institución no parece haber palidecido. Que la citada reina sea la más rica de todos los británicos no parece importar mucho a la mayoría de ellos.

La monarquía española actual nace de la decisión de aquel criminal de guerra durante los últimos años de su vida. Esto no se da en ningún otro caso de los citados. Pronto el rey Juan Carlos se granjeó el apoyo internacional, primero mediante el Presidente Nixon, luego Giscard D’Estaing, Miterrand, las demás monarquías europeas, pero también repúblicas aquí y en América. Como el historiador Tusell ha demostrado en un libro impagable, los únicos reyes demócratas que España ha tenido, cada uno en su tiempo, fueron Amadeo I y el citado Juan Carlos. Este no sabría muy bien a qué venía a España y si debía continuar la obra de Franco o apoyarse en la oposición democrática y los reformistas del régimen (en realidad renegados de él).

Pero Juan Carlos de Borbón tuvo importantes colaboradores que le marcaron el camino: Torcuato Fernández Miranda, un ingeniero para cambiar de una legalidad ilegítima a otra legítima fue el primero. Una vez rey, el Borbón ha reconocido en más de una ocasión ser heredero de Franco, y a los dueños de la economía en España les dio igual una dictadura que una monarquía camino de democratizarse. Otro de los apoyos del rey fue el presidente Suárez, nombrado no para que mostrase camino alguno ni expusiese esta o aquella ideología, sino para que cumpliese con los deseos de la monarquía, que es más que la sola figura del rey: consolidarla.

Los colaboradores del régimen franquista también ayudaron, bien porque no sabían a dónde dirigirse, por miedo a quedar fuera de juego o porque querían acomodarse como lo habían hecho antes. Los más ultras son los únicos que no se fiaron del rey, aunque no se atrevieron a formar conjura alguna para su defenestración.

Es curioso que tras la coronación de Juan Carlos I fuese el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, durante la misa celebrada en la iglesia de los Jerónimos de Madrid, el que leyese el programa de la monarquía naciente, con casi total seguridad en connivencia con Fernández Miranda, el marqués de Mondéjar y otros colaboradores del rey. La Iglesia jerárquica había dado pasos hacia la nueva situación porque el bajo clero lo venía demandando desde los años sesenta, con motivo del Concilio Vaticano II. Tarancón cumplió esa misión y acalló a ciertos obispos, abades y demás prebendados.

Cabe pensar: si el general Franco muriese años más tarde de cuando lo hizo, ¿se retrasaría la democratización de España y el entonces príncipe seguiría acomodado en el papel de comparsa que se le dio? La respuesta parece fácil y es sí. Si el almirante Carrero no hubiese sido asesinado ¿se habría retrasado la democratización de España? Con Franco muerto, el rey podría haberle removido como Presidente del Gobierno, como hizo con Arias, aunque con más riesgos porque este no era militar.

A partir de la aprobación de la Ley para la Reforma Política, muy corta, en 1976, el recientemente nombrado Suárez creyó que su gran obra había comenzado; atrás quedaban sus años de colaboración segundona con la dictadura. Mientras tanto, no lo olvidemos, ETA mataba y siguió matando, desde 1959 hasta hace unos pocos años. Esto daba alas a los ultras y a un sector del Ejército, ese mismo que intentó el golpe, “en nombre del rey”, en febrero de 1981, pero para entonces Juan Carlos ya había anunciado, ante el legislativo de Estados Unidos, que pretendía una democracia para España. En Vitoria, hacía unos años, habían muerto cinco huelguistas y fueron heridos unos ciento cincuenta.

Después del fracaso del golpe, el rey recibió a los dirigentes políticos: primero entró en la estancia Santiago Carrillo, luego Felipe González y otros, también Fraga, que de haber triunfado el golpe se habría acomodado a él como se acomodó a Franco y luego a la democracia. Entre tanto, la mayor parte de la población había vivido adocenada, entusiasmada por lo que le habían contado del general Franco o simplemente sin ganas de problemas. Solo una minoría de la población estuvo movilizada desde –sobre todo- principios de los años setenta, los sindicalistas, los estudiantes, los obreros, los intelectuales, los que militaban en los partidos políticos prohibidos.

¿Y el conde de Barcelona? Se ofreció a combatir en el ejército franquista durante la guerra y no se le permitió, no fuese que se ganase la condición de héroe o cayese en el campo de batalla. Siempre ambicionó la corona, no solo como legado histórico, sino como ambición personal de poder. Habló con Franco repetidamente, sobre todo en barco, coqueteó con la oposición al franquismo, sobre todo con los socialistas, pero a la postre prestó a su hijo para que abriese el camino por el que ¿quién sabe? podría transitar él hacia el trono. No fue así por la simple negativa de Franco. Años más tarde, en un sencillo acto, renunció a ciertos derechos históricos como heredero del rey Alfonso XIII a favor de su hijo. Otra diferencia con respecto a cualquier monarquía europea.

Tras las elecciones de 1977 que dieron ocasión a las Cortes constituyentes, allí se sentaron personajes con una gran carga histórica: López Raimundo, Carrillo, Pasionaria, Alberti, Rubial, Ajuriaguerra, Redondo, Camacho, Prat, Bustelo, Gómez Llorente, Castellanos y otros que no cito para no hacerme largo. Entre ellos estaban los jóvenes líderes, los luchadores por la libertad, pero también los acomodaticios, los sin nombre como no fuese el que les pusieron sus padres.

Mientras no se demuestre lo contrario, y parece que Antonio Elorza es el que más fino ha hilado sobre el asunto, Juan Carlos de Borbón ha rendido importantes servicios a España, y cualquiera puede consultarlos en fuentes que están al alcance de todos. Lástima que su honor esté en entredicho por unos dineros, unos regalos, unas trampas aquí y allá de un rey del que se desconfió, al que se respetó y aún quiso por muchos, sin que él haya sabido responder a tanta generosidad.

L. de Guereñu Polán.

 

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