viernes, 25 de mayo de 2018

LA HORA DE LA DIGNIDAD.



Se ha alcanzado un punto en el que lo que ya está en juego y en riesgo extremo es la dignidad ciudadana, la integridad moral del país, y la ética. La democracia no puede seguir siendo indecorosamente humillada y degradada. No se puede seguir sometiendo a España al bochorno interno y exterior. Ni seguir deshonrando el sentido de una presidencia democrática. No es momento de toma y daca de intereses de partido, anteponiendo sus estrategias a la necesidad de una respuesta adecuada al momento político.  
No puede estar un día más en La Moncloa quien mintió reiteradamente, convivio imperturbable con la corrupción, agredió sin pudor a las clases más desfavorecidas y al dictado de los poderosos agigantó la brecha social a niveles desconocidos. Un Presidente que mostró despreció absoluto por los derechos civiles y sociales… Que jugó constantemente con la Justicia para favorecer la impunidad, pero ni aun así pudo evitar que aflorase y se pensase la ignominia.  
Treinta y tres años de cárcel al tesorero delincuente al que animaba el Presidente del Gobierno de España por un medio electrónico. Un Presidente, cuyas  palabras cuando pisó los tribunales (la primera vez que un presidente de España en ejercicio se ve obligado a enfrentarse a un juez), no eran verosímiles. Ni en sede judicial concilió con la verdad, según pone en evidencia la sentencia. Un Presidente, que su vez preside un partido, que es el único en democracia condenado por operaciones corruptas. Un Presidente bajo cuya dirección los discos duros de los medios informáticos de su organización son destruidos a martillazos ante la llegada inminente de los investigadores policiales. Un rosario de tropelías que ponen en evidencia a sus autores: ex-ministros, segundos de ministros, alcaldes, diputados, eurodiputados, gobiernos de autonomías, colaboradores y amiguetes diversos… Todos protagonistas en la macabra danza de saqueo y corrupción… Un Presidente que se ahoga en una marea imparable pataleando agónico en el fango, incapaz de hacer pie ante cada nueva ola…al tiempo que ve como varios de sus ministros o altos cargos son reprobados por el Parlamento.
 Un Presidente que del brazo de su partido hizo lo  imposible para enconar el tema de Cataluña… Que fue escasamente leal en la lucha contra ETA…Que formó parte del gobierno  que quiso engañar al país el 11-M mintiendo con el mayor de los cinismos hasta quedar en evidencia… Un Presidente que Intenta exonerarse atribuyendo al Sr. Aznar la corrupción… Pero que bajo la presidencia del que él considera padre de todas las corrupciones, ejerció como  Vicepresidente del Gobierno, Ministro del Interior, Ministro de Cultura, de Administraciones, Portavoz del Gobierno, y coordinó campañas electores a nivel partidario del que era entonces vicesecretario general… Que fue nombrado a dedo por el  Sr. Aznar  como candidato. Si, el mismo Sr. Aznar, del “milagro económico” de la burbuja inmobiliaria y enajenamiento de gran parte del patrimonio púbico entre amiguetes… ese caballero que mintió con todo cinismo en el Parlamento sobre las armas de destrucción masiva y que presidió un gabinete en el que el Sr. Presidente M punto Rajoy  usted estuvo siempre, y del que 14 de sus ministros, doce tuvieron o tienen cuentas muy graves con la Justicia…
Es indispensable, por un mínimo de higiene cívica y salud pública, por decencia y por respeto a la ciudadanía arbitrar desde la Ley y la Constitución las medidas para que este  Presidente y el partido en que se aúpa, -un mecanismo declarado por la Audiencia Nacional  “que como persona jurídica, a título lucrativo ha sido beneficiario de un sistema de corrupción institucional”-,  ocupe un  día más el Palacio de La Moncloa.
En cuanto a las declaraciones de M punto Rajoy…y de su escudero Maillo tras conocer la censura registrada en el Parlamento…son casi tan patéticas, estrafalarias o irreales como la “Operación salvar al soldado Rajoy” por parte de los medios audiovisuales subordinados al gobierno popular.
El recorrido de la moción podrá ser incierto. Lo que ya no es incierto es que la decencia, el decoro, la honorabilidad y la dignidad han abandonado espantadas el Palacio de la Moncloa. 

 Antonio Campos Romay

jueves, 24 de mayo de 2018

La política para forrarse



Desempeñar cargos políticos para enriquecerse es algo que siempre ha existido y en no poca proporción. Desde la antigüedad, donde los cortesanos aspiraban a serlo para hacerse influyentes ante el rey y así cobrar sus favores, pasando por edades oscuras y brillantes, el Renacimiento y otras. Los Médici, en la Florencia de los siglos XV y XVI, propiciaron los amici di amici, y así podríamos seguir hasta la actualidad pasando por el régimen de la Restauración española, donde los Romanones, García Prieto, Montero Ríos, Cánovas, Dato y otros tenían a sus “amigos” en los pueblos que, en contacto con los gobernadores civiles (una suerte de sátrapas que se vendían al mejor postor) propiciaban influencias y enriquecimiento.

Ahora bien, a la altura del siglo XXI, las instituciones, la instrucción, el nivel de información que tienen los ciudadanos, podría haber impedido que los políticos (muchos o pocos) se enriquecieran por el hecho de serlo. Pues no. Y si no, es que algo falla: en primer lugar, la catadura moral de muchos de nuestros políticos, que roban en mayor o menor grado según se trate de concejales de pueblo o ministros. En segundo lugar los sistemas de control, que no son lo eficaces que debieran, por lo que aquí hay una falla institucional. En tercer lugar la lentitud de la justicia, que bastante hace no obstante gracias a la profesionalidad de la Guardia Civil y de la Policía Nacional en el caso de España.

Hoy mismo se ha conocido la sentencia judicial sobre el mayor caso de corrupción en España (Gürtel) que ha condenado al Partido Popular, el que gobierna, así como a un extenso racimo de sus miembros, incluidos exministros, por lucrarse ilícitamente, por delitos graves, pero sobre todo por enriquecerse a cuenta del poder político, es decir, mientras ocupaban cargos públicos o estar en los aledaños de los mismos.

Hay dos aspectos en el ordenamiento jurídico español (como en otros) que no comprendo –ni muchas otras personas- y que convendría revisar: uno es el de las prescripciones de ciertos delitos, porque de no ser así el Presidente Rajoy tendría que responder de haber cobrado dinero, en no poca cantidad, a cambio de que su partido, en el ejercicio de gobierno, hubiese concedido contratas a no pocas empresas. Ahí están también los casos de los exministros Arenas, Zaplana, Rato, Cañete, Castillo, Trillo (con decenas de muertes de por medio), Acebes, Matas (en este caso complicado con un cuñado del rey de España), Cascos y Montoro (este último con intereses en un despacho incompatible con sus funciones públicas). Agazapado se encuentra el señor Aznar, a quien probablemente nunca veremos ante un tribunal por crímenes de guerra (Irak).

Pero si nos vamos a Valencia nos encontramos con los Ruz, Castedo, Barberá, Camps, Costa, Fabra… y en Galicia Naseiro, Crespo, entroncados con lo más granado de la delincuencia gallega; en Canarias, Soria; senadores, alcaldes como Granados, (uno que lo fue de Granada), concejales que pueblan toda la geografía nacional.

Otro de los asuntos que convendría revisar es de la fianza para librarse de la prisión preventiva, porque solo la pueden pagar los ricos, es decir, los que por “as” o por “nefas” han robado. Tengo que confesar que soy uno de los que cree que toda riqueza ha sido obtenida a base trampas, ventajismo y otras fórmulas más o menos inmorales. Trabajando honradamente nadie se enriquece.

Yo creo que el Partido Popular, cuando se creó con el nombre de Alianza Popular, lo hizo para valerse del delito, o de las faltas administrativas, o de personajes sin escrúpulos, para medrar y hacerse con el poder: primero con el municipal en Galicia y Castilla y León, luego en otras partes. Hacerse con los despojos de la UCD fue esencial para el ahora PP, porque aquel partido (en realidad amalgama de franquistas que querían acomodarse al nuevo régimen democrático) se nutrió de alcaldes de la dictadura, de las Cámaras Agrarias que vivían a costa del trabajo ajeno, de las Diputaciones Provinciales, verdaderos emporios de irregularidad y miseria moral.

En términos teóricos, sin otros condicionantes, la situación que vive España es propicia para que una moción de censura de todos los partidos políticos que verdaderamente quieran regenerar el país, desalojasen al PP y a su jefe del Gobierno, corrompidos hasta la médula; pero digo en términos teóricos porque hay quienes están a otra cosa (independentistas catalanes), nacionalistas vascos (4.000 millones de euros en los presupuestos del Estado recientemente aprobados), disidentes del PP que mendigan un puesto en los próximos años donde poder seguir usufructuando algo, los señores Rivera y Turrión, que han perdido ya, junto con la Presidenta de Andalucía (por una ambición bien mezquina y personal) la posibilidad de dignificar la política española desde marzo de 2016…

L. de Guereñu Polán.

martes, 22 de mayo de 2018

Los republicanos y el rey


G. de Azcárate

En un libro de Javier Tusell que leí recientemente (“Alfonso XIII, el rey polémico”), se habla de las relaciones, deliberadas, del rey con personalidades republicanas del mundo de la cultura y de la ciencia en la segunda década del siglo XX. En todo el libro se nota la evolución del rey desde los primeros años del reinado hasta que se fue convirtiendo en el legitimador del golpe de Estado de Primo de Rivera.

El primer personaje que, habiendo sido republicano blasquista en su juventud, aceptó entrevistarse con el rey, es el pintor Sorolla, el cual incluso habría intercedido para que aquel propiciase cierto nombramiento eclesiástico. El rey trató a Sorolla con mucho tacto, sabiendo que ya había triunfado en Estados Unidos con su obra y se estaba construyendo un palacete (que hoy es la sede del Museo Sorolla) en Madrid.

En 1913 hacía poco que se había fundado el Partido Reformista de Melquíades Álvarez; en ese mismo año se fundó la Liga de Acción Política de Ortega y Gasset y Sorolla había sido nombrado vocal del patronato del Museo del Greco, cuyo creador había sido Benigno Varela, donando al Estado dicha institución en 1910 (no obstante, Varela era monárquico). Al mismo tiempo se había apartado al conservador Maura del poder tras los graves sucesos de la “semana trágica” de Barcelona en 1909. El Partido Socialista ya contaba con representación en el Congreso de los Diputados (un solo escaño) y, en general, se estaba produciendo la eclosión de lo que luego se ha llamado la “edad de plata” de la cultura española, con la generación de 1914.

Otras personalidades que tuvieron cierto acercamiento a la persona del rey (no a la monarquía) fueron Bartolomé Cossío y Giner de los Ríos, ambos de la Institución Libre de Enseñanza. Reconocimiento al rey también tuvo Melquíades Álvarez, que en un mitin en Murcia alabó la postura del monarca al haber apartado a Maura del poder.

En esta época Alfonso XIII recibió, a invitación suya, a Bartolomé Cossío, Director del Museo Pedagógico a la sazón, Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina y a Gumersindo de Azcárate, presidente del Instituto de Reformas Sociales. Todas las entrevistas fueron fructíferas para el rey, que se mostró receptivo a las diversas visiones liberales de estas personalidades, incluso republicanas en la mayor parte de los casos. Azcárate, quizá el más prudente de todos los citados, pidió que la visita que haría al monarca fuese conocida y refrendada por el Gobierno, presidido entonces por Romanones, lo que este hizo con mucho gusto.

En estas entrevistas se habló de la democratización del país, de la necesidad de contar con los partidos republicanos en caso de problemas graves, de educación popular y de otras cuestiones sociales. Las declaraciones que hicieron la mayoría de estas personalidades tras su entrevista con el rey fueron laudatorias y la prensa reaccionó de diversa manera ante el acercamiento de la monarquía al liberalismo cultural, científico y republicano. La conservadora criticó este “maridaje” o se mostró renuente a que se prolongasen los contactos. La liberal y republicana mostró su aprobación, pues permitía avistar una evolución de la monarquía hacia lo que ya se sabía de la británica y la italiana, verdaderas referencias para las izquierdas dinásticas.

La primera guerra mundial demostró que los sucesivos gobiernos (el primero el de Dato) no consiguieron aquella democratización que solo se esbozó en las entrevistas con el rey. La neutralidad española permitió negocios extraordinarios a banqueros, terratenientes e industriales, que se convirtieron en suministradores de productos y receptores de capitales foráneos sin que ello repercutiese en la gran masa de la población, y respuesta a ello fue la gran huelga general de 1917. Precisamente después de esto, y más aún a partir de Annual (1921) la deriva del rey hacia una “solución” militar acabó con toda esperanza por parte de demócratas y republicanos. Fue la tumba política del monarca (y de la monarquía por mucho tiempo).

Cuando algunos aprendices poco afanosos en formarse, ponen el grito en el cielo por la lealtad constitucional de la verdadera izquierda española actual con la institución monárquica (resultado del pacto constitucional) antes de lanzar sus soflamas debieran conocer los intentos de las personalidades citadas aquí, que no fueron las únicas, y distinguir entre los principios y el día a día de la política.

L. de Guereñu Polán.




lunes, 21 de mayo de 2018

El nacionalismo naranja



El nacionalismo del señor Rivera puede llegar a ser peligroso si, como está ocurriendo, se enfrenta a otros nacionalismos; el catalán por ejemplo. Es tan pernicioso uno como el otro. Es tan egoísta este o aquel. Por eso desde una perspectiva socialista el sustantivo que más conviene es el de internacionalismo. ¿He de estar yo más próximo a un asalariado chino que a un capitalista español o gallego? Creo que sí: la lucha más que centenaria de los que viven de su trabajo por repartir la riqueza de manera que exista verdadera democracia en el mundo no ha terminado, ni mucho menos. Incluso ahora se hace más necesaria que en otros momentos, porque el capitalismo ha generado nuevas formas de explotación verdaderamente lacerantes.  

El señor Rivera, al que no ha importado dar sus votos para investir Presidente a un socialista y, a las pocas semanas, dar sus votos para investir Presidente al actual en España, dice mucho de la total falta de coherencia de aquel político. Él nació para combatir al nacionalismo catalán, no para otra cosa. Como la política española estaba enfangada en casos de corrupción muy graves, al señor Rivera le sirvió de banderín de enganche la lucha contra ella, pero solo retóricamente, porque en la realidad permite que siga ocupando un escaño en el Senado una señora incursa en un caso de corrupción, permite que el máximo aplaudidor de doña Cifuentes sea Presidente de la Comunidad de Madrid y otro tanto parecido en Murcia… Podríamos seguir poniendo ejemplos.

El señor Rivera tiene dos patas sobre las que se sostiene su “ideología”: el nacionalismo español y el liberalismo económico manchesteriano, el más extremo, el que adelgaza más al Estado para dejar a los individuos al socaire de las fuerzas del mercado. Todo lo demás le importa un rábano al señor Ribera, que no tiene una política exterior, ni de defensa, ni de sanidad, ni de educación (como no sea para hacerla “nacional” en el peor sentido de la palabra), no tiene una política de migración y así sucesivamente.

Aunque el señor Rivera suele acusar al populismo él cae con frecuencia en dicho vicio, pues trata de responder con “soluciones” fáciles a problemas complejos; de ahí ese hablar suyo tan tajante y resuelto. No es un hombre formado en los grandes debates políticos que sí han tenido que ensayar otros. Por eso se le ocurre proponer para la alcaldía de Barcelona a un perdedor en Francia (después de haber sido primer ministro) y para no sé que cargo a un excelente escritor peruano que está más para filosofar que para otra cosa. Podría el señor Rivera leer más asiduamente al señor Vargas Llosa, que es un buen teórico del liberalismo, de la democracia y de los problemas que el populismo ha generado en América Latina.

El señor Rivera es uno de esos políticos surgidos espontáneamente aprovechando una coyuntura desfavorable para un país, en este caso España. Su discurso es vacío, no hay en él reflexión alguna que sugiera pensar, todo es llano y fácil. Propone antes de tiempo (antes había hecho lo contrario) la continuidad de la aplicación del artículo 155 para Cataluña pretendiendo ignorar que la decisión la ha de tomar el Senado cuando se den ciertas condiciones… Pero el señor Rivera tiene prisa en querer ser el primero en decir esto o aquello, y cuenta con el inestimable apoyo de un xenófobo y racista llamado Torra, que le pone las truchas en el anzuelo.

Torra y Rivera se complementan: el uno es más bruto, el otro más osado; el uno es un lacayo, el otro se cree elegido por los dioses. Liberémonos de políticos como el señor Rivera, porque lejos de renovar la derecha española la va a prolongar en aspectos muy negativos de su tradición, que defendieron con denuedo los Calvo Sotelo, los Gil Robles o los Antonio Goicoechea. Estos, como el señor Rivera, dijeron no ver clases sociales, no vieron, como el señor Rivera, más que españoles unidos en un afán común, los cuales necesitan un guía clarividente que reparta bendiciones a todos.

Lo malo es que sí hay clases sociales, hay miseria que sufren varios millones de españoles, hay lacras y vicios no desterrados en nuestra sociedad, hay riqueza acumulada espuriamente, hay todo un campo infecundo que cultivar, del que el señor Rivera no tiene ni idea, o no le interesa porque está a otra cosa. 

L. de Guereñu Polán.

viernes, 18 de mayo de 2018

LA ESPIRAL CATALANA.



  La relación entre Cataluña y España  es una historia compleja, marcada por los recelos de ambas partes. Es una relación en la que la comunicación ha sido de siempre más que deficiente, en una coexistencia salpicada  de severos desencuentros no ajenos a una visceralidad fuera de lugar. Y que hoy, apunta cada vez más hacia una polarización en  dos bloques impulsados por dos formas de populismo, ambos muy nocivos para la convivencia armónica.
España, esa España que se apropian los que la hacen minúscula de ideas y de visión raquítica tuvo de siempre  un gran problema para incorporar todas sus culturas e identidades. Su sustrato de nacionalismo español, tridentino en lo confesional, centralista en lo administrativo y receloso siempre ante la modernidad y el progreso, apenas en su miopía, mira más allá de su ombligo considerando lo demás, provinciano y pueblerino.
Cataluña, territorio en principio económicamente saneado, con un alto grado de desarrollo, capacidad e iniciativa, sumamente  celoso de su cultura y su identidad,  vivió una etapa en la que un catalanismo dialogante, entendía posible la convivencia en el solar hispano desde la conciliación de intereses comunes. Algo que en la última década eclosionará en un separatismo sin careta, acrecido por el dislate permanente de un Partido Popular, que confundió en todo momento unidad con uniformidad y patriotismo con finca para lucro de amiguetes y asociados.
El rosario de despropósitos de una de las orillas, eran perfectamente utilizados y magnificados desde la otra.  El episodio gris y sombrío que es la presidencia de Mariano punto Rajoy disparó el independentismo de forma espectacular, distinguiéndose por la nula capacidad de aplicar aunque fuese en mínimos, actitudes de empatía o capacidad de gestión de la crisis. Se fomentó una distancia y un desafecto,  que hoy desafía la aguja más experta para su cosido. En el medio quedan en tierra de nadie ciertos sectores de la sociedad catalana, que abrazando un catalanismo integrador fueron barridos por el vendaval separatista embravecido por fervores e ilusiones, y a lo que nos ajenas circunstancias sobrevenidas con la crisis económica, sembrando expectativas que hacen muy azarosa una posible una reconciliación. 
Los elementos puente que podrían propiciar el dialogo han quedado desplazados entre sentimientos y resentimientos, alcanzándose niveles que amenazan agrietar la sociedad en patriotas y antipatriotas, buenos y malos, lo que incluso llega a colarse, de forma muy nociva, en el discurso institucional.
Algo que compromete severamente al nuevo President de la Genaralitat, con una copiosa bibliografía, en la que encadena expresiones y calificativos impropios de alguien llamado a conciliar y gobernar para todos. Conceptos que requieren remontarse a los emitidos por Sabino Arana hace más de un siglo, y que no refieren a priori intenciones o capacidad de dialogo que desbroce la situación.
Dejando de lado el siglo XVII y el XVIII con la Guerra de Secesión, desde que en el siglo XIX el Sr. Roca i Farreras, desde el diario “La Renaixença” en 1886, lanza por primera vez la propuesta de una Cataluña con Estado propio en un artículo cuyo título es toda una declaración: “Ni espanyols ni francesos”, el tema nunca dejó de estar enraizado en amplios sectores de la sociedad catalana. Solo una supina ceguera puede ignorar que su crecimiento fue progresivo bajo diversos regímenes políticos, superviviendo con solvencia los años duros de la dictadura franquista.
El detonante definitivo es la sentencia en junio de 2010, tras la el recurso del Partido Popular y cuatro años de deliberaciones de un Tribunal Constitucional muy cuestionable por su situación interna,  que frustraba la esperanza del Estatuto de 2006, imponiendo la visión uniformadora de España del Partido Popular… Pírrica victoria del “nacionalismo” popular, -pagado con las treinta monedas de un puñado de votos-, que definitivamente abriría la Caja de Pandora.  Y con ello una espiral de incógnitas.
Si alguien en rigor puede precisar a un plazo de cinco o seis años cuál será el desenlace de la misma, algo que hoy semeja ser tela de Penélope,…francamente se haría merecedor de un escaño destacado en el Santuario de Delfos como Oráculo de Honor.     

Antonio Campos Romay ha sido Diputado en el Parlamento de Galicia

jueves, 17 de mayo de 2018

¿No lo va a decir nadie?



Me llama la atención, desde hace bastante tiempo, que nadie en el Partido Socialista recuerde, de vez en cuando, que dicho partido es el más antiguo de España, que hunde sus raíces en la defensa de los derechos y libertades de todos, que estuvo siempre al lado de los necesitados y de los grupos sociales marginados, obreros y asalariados, que fue la columna vertebral de la II República, un régimen muy inestable y donde se cometieron muchos errores y desafueros, pero a la postre el primero democrático de la historia de España.
                                       
Me llama la atención que nadie diga que el Partido Socialista no es un partido como los demás, que ha sido el partido de las conquistas sociales desde el mismo momento de su fundación: participó en el Instituto de Reformas Sociales, incluso algunos de sus miembros en el régimen del general Primo de Rivera para garantizar la sobrevivencia de la UGT, aunque esto no fuese compartido por todos, que ningún otro partido puede presentar una legislación más avanzada que la que los ministros socialistas consiguieron en los primeros dos años de la II República española, que dicho partido estuvo en la lucha contra el alzamiento militar de 1936 y que se cuentan por miles las víctimas de sus militantes y afiliados. Que luchó en la guerra civil subsiguiente para preservar la libertad en España y que sufrió como pocos la represión que siguió tras 1939.
                                                          
No dicen nada los líderes socialistas –cuando hablan en sus mítines, en la tv., en cualquier ocasión- de que el Partido Socialista fue elemento fundamental en la transición a la democracia en España, hasta el punto de que esta no hubiese sido tal sin su concurso, que cuando alcanzó el poder político en 1982 realizó el programa de reformas que configuran lo más progresivo de la sociedad y de la legislación española hasta el momento: modernización y profesionalización del ejército, entrada de España en la Unión Europea, generalización de la enseñanza pública hasta los 16 años, generalización de la sanidad pública sin distinción alguna, revalorización automática de las pensiones cada año según el IPC, establecimiento de pensiones no contributivas para los que no podían acreditar cotizaciones o habían trabajado irregularmente a su pesar, retirada del ejército español de la guerra de Irak solo tomar posesión el presidente Zapatero, extensión de los derechos civiles a homosexuales, ley de memoria histórica que dignificase a las víctimas de la guerra civil y del franquismo…

Dígaseme que ley progresista, que derecho ahora disfrutado ha sido aprobado en momento diferente a los dos mandatos del PSOE. ¿Por qué no se repite esto hasta la saciedad en las redes sociales, en los medios de comunicación, en las comparecencias electorales…? ¿Es que algún partido actual –aparte el socialista- puede decir lo mismo? ¿Podría la Constitución española actual ser la misma sin el concurso del PSOE? ¿Por qué no se va a la página del Congreso de los Diputados y se ve la actuación del socialismo español en relación a la forma de Estado?

En materia de educación ¿cuando se ha hablado en España de programaciones didácticas, adaptaciones curriculares, grupos de apoyo, profesores de pedagogía terapéutica, atención a la diversidad, proyecto educativo de centro, antes de las leyes socialistas LOGSE Y LOE? ¿Por qué no se dice una y otra vez que la actual ley de educación es un retroceso con respecto a las citadas y se ponen ejemplos fáciles de colegir?

¿No es posible lanzar a dos o tres decenas de destacados militantes a explicar por toda España, un día y otro, que los recursos del Estado han aumentado con las leyes hacendísticas del PSOE? ¿Qué era el impuesto sobre la renta antes del PSOE? ¿Cuál ha sido la política de infraestructuras en época del PSOE, que por citar solo un caso articuló toda España con las autovías? ¿Cuándo se produjo el mayor aumento de construcciones escolares sino en las décadas ochenta y noventa pasadas?

¿Ha habido alguna vez una mayor descentralización de recursos a favor de los Ayuntamientos que cuando gobernó el PSOE? La respuesta es no; por eso han podido transformarse los pueblos, villas y ciudades con equipamientos de todo tipo. El plan E de la época del señor Zapatero permitió realizar una gran cantidad de obras por los municipios que no tienen parangón. Lástima que se gestionase fatalmente la crisis económica que –no se oye decirlo- tuvo su origen fuera de España, fue causada por los especuladores internacionales y –dígase una y mil veces- el paro aumenta cuando se retrae el mercado laboral y en una economía libre es la empresa privada la que lo crea, no el Estado. Pero dígase.

Es fácil echar mano de la historia reciente y ver que no hay legislación en España, no hay mejora que no haya venido de los gobiernos socialistas. No las hay, y los errores cometidos, que existen y han sido muy gordos, deben reconocerse, como deben reconocerse las omisiones y la falta de escrúpulos ante la lacra de la corrupción que hoy nos aplasta.

L. de Guereñu Polán.

martes, 15 de mayo de 2018

La Generalitat de Cataluña


En la Edad Media, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XIV, los presidentes de la Generalitat solían ser clérigos, algunos de ellos canónigos o abades (en algunos casos del emblemático monasterio de Montserrat). Eran miembros de la nobleza o de los grupos pudientes de la ciudad; nunca quisieron ni concibieron defender los intereses de Cataluña en su pluralidad, y menos a los menestrales y gentes humildes, que eran la inmensa mayoría, sino a los de la biga y a los grandes exportadores que tenían al Mediterráneo como centro de operaciones.
Luego vinieron los que se ocuparon en fortalecer los intereses del imperio mediterráneo que se formó con centro en Barcelona. En principio durante el siglo XIV pero más aún durante las dos siguientes centurias. En Atenas, en Neopatria, en Sicilia, en el norte de África, en Nápoles y en no pocas islas donde se habían establecido los consulados catalanes.
Con el primer Borbón se acabaron los presidentes de la Generalitat, que volvieron con la II República española, a la que fueron bastante desleales: primero el señor Maciá con sus ensoñaciones golpistas, luego el señor Companys, que creyó podía desafiar a un gobierno conservador español pero que había ganado las elecciones en buena lid. Ya en los tiempos recientes nos encontramos con el poquísimo honorable (en realidad un delincuente de altura) de apellido Pujol, que incluso actuó durante más de veinte años al unísono con su mafiosa familia. Luego vino el corrupto señor Mas, que aprovechaba mordidas de contratas para ganar elecciones y, de paso, provocar el incendio que hoy padecemos. Por último dos personajes realmente alocados, los señores Puigdemont y Torras, que pretenden cambiar el régimen de Cataluña sin contar con la autorización de la mayoría de los catalanes.
Este último, además, ha revelado a lo largo de más de veinte años una vocación racista y xenófoba que destila odio al diferente tildándole de africano, como si entre los millones de africanos no hubiese muchísima más dignidad que veneno en los de su estilo. El señor Torras sería un personaje en el antiguo Egipto, donde nubios y libios eran esclavos por decisión de los que pensaban como él, o en cualquier otra civilización donde una casta elegida por los dioses sojuzgaba a la muy numerosa mayoría de la población. También iría bien el señor Torras en el régimen del general Franco y creo que tendría futuro en él, de igual manera que en el III Reich.
Cuidémonos de los que como el presidente actual de la Generalitat de Cataluña se creen de una estirpe superior, como así mismo el presidente del Gobierno español, que en 1983 dejó escrito en un periódico que las diferencias sociales son cuestión de estirpe. Estos son los dos que tendrán que negociar no sé que, pero son dos de temer, verdaderamente.
L. de Guereñu Polán.

martes, 8 de mayo de 2018

De autonomías y federalismos



Pasados los años, y después del sarampión que todos sufrimos durante la transición democrática, cada vez me he ido convenciendo más de que una descentralización política como la que se ha llevado a cabo en España no ha servido de mucho. Se puede entender (no justificar) tras un régimen dictatorial y centralista que lo aplastaba todo, pero la experiencia vivida desde los años ochenta pasados hasta ahora presenta no pocas sombras.

¿Para que quiero yo autonomías o federalismo si hay más pobres en España hoy que hace diez años? ¿Para que quiero yo autonomías o federalismo si las diferencias en renta y riqueza entre las diversas comunidades españolas se ha agrandado? ¿Qué sentido tiene que un transportista, al pasar por Despeñaperros hacia el sur, deba cumplir una normativa distinta de la que se le ha pedido en Galicia? ¿Qué sentido tiene que en los hospitales públicos (cuando gobernaba UPN-Partido Popular) de Navarra no se pudiesen practicar abortos según la legislación en vigor? ¿Es justo que un policía cobre 300 euros más al mes en unas comunidades autónomas que en otras? Con los funcionarios públicos pasa otro tanto de lo mismo en contra de los que dependen directamente de la Administración central. Son solo algunos ejemplos.

Francia, que es un gran estado, no ha caído nunca en descentralización política que valga sencillamente porque se agrandarían las diferencias entre las ricas y las pobres. Italia nunca ha descentralizado como España su administración pública y ha hecho bien: eso es lo que quieren los xenófobos de la Liga Norte. Otro tanto ocurre con estados constituidos hace siglos como el Reino Unido, Holanda, Suecia, etc.

El caso de Alemania es distinto: conseguida su unidad política en la segunda mitad del siglo XIX, no le quedó más remedio –incluso se vio como necesario- respetar la organización propia de Baviera, Wüttemberg, Prusia y los demás länder que forman el país. Pero España hizo una unión dinástica a finales del siglo XV y centralizó su administración –contra las ambiciones nobiliarias- a principios del XVIII. Las aspiraciones federalizantes durante el siglo XIX nunca dejaron de ser cosa de minorías que, cuando tuvieron ocasión de consultar al electorado, se quedaron como tales minorías.

No se puede inventar un federalismo para un estado que nunca lo ha tenido. Ello tendrá que ser consecuencia de una maduración, con la posibilidad de desecharlo, a lo largo de un tiempo largo. Durante la transición a la democracia, en los años setenta y ochenta pasados, se hicieron las autonomías aprisa y el galimatías que tenemos nos lo merecemos.

Hay dos comunidades que tienen características políticas diferenciadas con claridad: Cataluña y Euskadi; los demás casos son inventos de aquella transición tan alabada por unos y denostada por otros. Hay una comunidad, Navarra, que tuvo siempre un régimen foral propio y nada obsta para que lo siga teniendo, lo que no implicaría, ni mucho menos, un parlamento y un gobierno propios tal y como ahora está configurada. Hay una comunidad, Canarias, que por su insularidad y apartamiento geográfico, debe de tener tratamientos fiscales distintos a los del resto del país y ya los tiene, pero de eso a una comunidad autónoma va un trecho.

Que haya en España comunidades autónomas como La Rioja, Murcia, Cantabria, Madrid, etc. es una risa, un gasto innecesario y una muestra de que las cosas se hicieron sin altura de miras. Galicia, por ejemplo, votó dos veces sendos estatutos de autonomía, en 1936 y en 1981, y fueron a las urnas la menor parte de su población, en torno al 20% de los electores en el segundo caso y no disponemos de datos fiables en el primero. Dígaseme si no fue la ensoñación y el ruido de unos pocos los que llevaron a Galicia a lo que ahora tenemos… total para que gobierne la derecha una y otra vez, aunque esto sea ya harina de otro costal.

Si a un extremeño, a un castellano-manchego, a un leonés o a un balear, se les dice a mediados de los años setenta pasados, que tendrán parlamentos y gobiernos autónomos se les parte la risa. Y lo cierto es que hemos llegado a una organización del Estado que nada tiene que ver con la racionalidad ni con las aspiraciones de muchos españoles, sobre todo los que no tienen mucho tiempo para bobadas porque trabajan duro y lo que quieren es que se dé solución a muchos de sus problemas, hoy aún irresueltos.

Siempre he valorado aquella máxima jacobina que preconiza un estado fuerte para combatir a los poderosos y salir en defensa de los débiles. Un estado que puede ser amenazado por una minoría de independentistas, xenófobos o egoístas, no es fuerte; está sujeto a peligros que a toda costa debe de intentar evitar.

Lo anterior no empece algunos aspectos positivos de la descentralización, pero aún queda por demostrar que el saldo haya sido rentable, y para demostrarlo tendríamos que disponer de la experiencia de un país en democracia sin el modelo territorial que existe hoy. Creo también que todo intento de reforma constitucional debe de hacerse con un cuidado exquisito (y sé que algunos no están por ello, ni por la reforma ni por la exquisitez) pues en 1978 aprobamos un texto que, en su título VIII, fue una precipitación.

L. de Guereñu Polán.

jueves, 3 de mayo de 2018

Jolgorio y regocijo


Una vez que el delito de desacato no existe, cabe pensar que la sociedad va, cada vez más, a participar en la crítica o valoración de las sentencias que considere poco razonables, injustas o con valoraciones inapropiadas.
En otros tiempos la administración de justicia era ejercida por señores con poder reconocido por los reyes para ello; luego vino una justicia mediatizada por la influencia de las oligarquías, el oscurantismo o unos legisladores no dispuestos a cuestionar el orden de los poderosos. Con el establecimiento de los estados de derecho, con la división de poderes, los jueces han tenido que medirse más, se han profesionalizado, han surgido normas deontológicas y una panoplia de cursos para intercambiar estudios y experiencias.
Pero lo que no ha desaparecido es la covicción, por parte de muchos jueces, de que cuando dictan sentencia hablan “ex catedra”. No. Por muy preparados y ajustados a derecho que estén los jueces y magistrados, sus autos y sentencias, sus condideraciones y sus apreciaciones sobre los hechos, pueden y deben de ser objeto de crítica y controversia. De lo contrario sería como considearlos dioses y no lo son.
La independencia del poder judicial no puede identificarse con la inmunidad. Para casos de indisciplina, negligencia y otros vicios, en España existe un Consejo General del Poder Judicial. En mi opinión es un órgano prescindible, pero es la de un simple ciudadano sin mayor mérito. Para los errores que puedan cometer los jueces en sus sentencias y consideraciones, existen los recursos a instancias superiores, pero también la opinión pública, que es muy sensible a ciertos delitos.
Eso de decir que mientras cinco hombres violaban o agredían sexualmente a una mujer (joven en este caso) había en la escena jolgorio y regocijo se puede creer respecto de los violadores, pero no de la agredida, que puede reaccionar de forma heroica, luchadora, o bien resignada, acobardada por la situación psicológica a que se ve sometida. El juez que ve lo que otros dos no ven debiera tener, al menos, la prudencia de no emplear expresiones ofensivas.
Otra cosa es la labor e los legisladores, que nos tienen acostumbrados a dormir el sueño de los justos mientras el delito campa por sus respetos. Un código penal no será más justo por endurecer las penas, sino por hacer cumplir aquellas que se hayan decidido. Un código penal puede compatibilizar la intención regeneradora del reo, que la Constitución española establece, con la eliminación o reducción al mínimo de los beneficios penitenciarios que hoy existen.
Asesinos en serie están en libertad sin haberse reintegrado saludablemente en la sociedad (ETA y otros casos), depredadores sexuales están en libertad después de un paseo por la cárcel dispuestos a volver a delinquir. De esto son culpables los legisladores, de dictar sentencias a la ligera o irrespetuosamente, los jueces.
Y muy grave es también la salida en tromba, corporativa, de todas las asociaciones de jueces (no sé si de fiscales) en defensa de los objeto de crítica –en buena lid- por parte de la sociedad. Hay jueces que, individualmente, discrepan de las sentencias que dictan sus colegas; hay psicólogos y otros profesionales que ven muy mal ciertas sentencias; hay madres y mujeres solteras que se ven indefensas ante la ligereza de algunos jueces (no de la mayoría).
Váyanse preparando los jueces y fiscales porque, al igual que en otros países de gran tradición democrática, a partir de ahora se les verá con lupa en sus funciones y autos. Y ello no es un problema, sino un ejerció más de los controles a que todo el mundo debe de estar sometido. ¿Quiere ello decir que jueces y magistrados deben de estar atentos a la posible reacción de la calle ante sus sentencias? No. Quiere decir que deber ser sensibles respecto del mundo en que vivimos, de la sociedad despierta que existe y del nivel moral que nos es exigible a todos, a los jueces y magistrados también.
L. de Guereñu Polán.