viernes, 8 de diciembre de 2017

Cuatro gigantes socialistas


Bonares (Huelva) en 1932

De los cuatro gigantes del socialismo que la historia ha reconocido y que aquí se tratan, solo uno no ocupó ministerio alguno durante la II República española (ni en otra ocasión), Julián Besteiro, pues fue conocida su posición contraria a que el Partido Socialista llegase a acuerdos de gobierno o colaboración con organizaciones burguesas (era el lenguaje de la época). Podemos juzgar a toro pasado si estuvo o no acertado, pero mantuvo su coherencia siempre y defendió sus razones serena e intelectualmente, sin concesiones a la demagogia. Incluso cuando surgió a comienzos del verano de 1933 la crisis del gobierno republicano-socialista, uno de los llamados por el Presidente Alcalá Zamora para que se ocupasen de formar gobierno fue Besteiro, negándose este al tener que contar con republicanos no socialistas.

Desde dicha crisis la UGT y el PSOE se reunieron varias veces para discutir si habría de exigirse un gobierno exclusivamente de socialistas (lo que no hubiese sido aceptado ni por Alcalá Zamora ni por el Congreso de los Diputados), si volver a una fórmula de socialistas y republicanos para evitar la convocatoria de elecciones (que tendrían lugar en noviembre y diciembre de 1933) o apoyar a un gobierno de republicanos de izquierda sin formar parte de él. No se gastó poco tiempo en estas cuestiones, mientras la CEDA, recién formada, asustaba al movimiento obrero español y no solo a la UGT con sus demostraciones antirrepublicanas, ultracatólicas y –a la vista de los socialistas- fascistoides (en enero había accedido al gobierno alemán Adolfo Hitler).

Los temores a que la derecha deshiciese la obra legislativa del primer bienio republicano, que no había dado satisfacción plena a la clase trabajadora, la derechización del Partido Radical de Lerroux y la aparición en escena de la citada CEDA (a finales de octubre nació Falange Española), explican muchas cosas. Todo el año 1933, pues, fue de gran agitación en el seno del socialismo español, pues la oposición frontal de la derecha (política, económica y social) a las leyes impulsadas sobre todo por Largo Caballero, provocó la “radicalización”, se ha dicho, de la clase obrera en su conjunto. Recuérdese que se pretendió por el citado ministro de Trabajo una ley de Control Obrero de la industria que, a la postre, no entraría en vigor; pero sí la ley del Seguro contra el paro (bolsas de trabajo); la de Jurados Mixtos en la agricultura; la de Contratos de Trabajo que recogió todo lo hecho por el Instituto de Reformas Sociales anterior; la ley de Colocación obrera que conllevó la formación de un Sistema Estadístico para conocer el paro en España; la de jornada de ocho horas; la del Régimen de Cooperativas y otros Decretos Leyes sociales. No era poco si tenemos en cuenta que también se aprobó la luego rectificada Ley de Términos municipales; la de Accidentes de Trabajo; la de Arrendamientos colectivos; el Seguro Obligatorio de maternidad…

No estaba la patronal de la época para estas reformas, como ha demostrado Mercedes Cabrera. No fue la respuesta a esta patronal cosa exclusiva de Largo Caballero, que con su personalidad influyente en la UGT y el Partido Socialista arrastraran a estos a planteamientos revolucionarios, violentos incluso, que llevarían a la insurrección de octubre de 1934. Se temía por la supervivencia de la propia República, como explicó Indalecio Prieto brillantemente en varias ocasiones, y una prueba de que la “radicalización” no fue exclusiva de Largo es que el propio Prieto estuvo en contacto con militares para que la posible insurrección que se produjese (como se produjo) tuviese éxito. Al fin y al cabo las milicias católicas ya habían desfilado en El Escorial, ¿por que no habría de tener el Partido Socialista las suyas? Eran otros tiempos y otras formas de pensar, y a la insurrección de octubre de 1934 contribuyó desde la primera línea el “centrista”, según han dicho algunos, Indalecio Prieto, que había demostrado una extraordinaria capacidad para dirigir la cartera de Hacienda en el primer bienio republicano.  

El más moderado de todos los dirigentes socialistas aquí tratados fue Fernando de los Ríos, estudiado magistralmente por Virgilio Zapatero. Junto con Besteiro tenía una preparación intelectual muy superior a la de Largo y Prieto, que eran autodidactas, muy particularmente el primero. También de los Ríos estuvo en las discusiones sobre si gobierno con los republicanos (reedición), salida del gobierno por parte de los socialistas o participación en la insurrección de 1934 que luego se vería no estuvo bien preparada. Fue una manifestación antidemocrática propia de la época, cuando las posiciones estaban tan extremadas, y los historiadores se debaten entre si fue una huelga o una “revolución” (Julio Aróstegui incluso señala que ni los organizadores lo supieron).

Aquella insurrección tuvo la mayor virulencia, como se sabe, en Asturias; menos en Cataluña y resultó un rotundo fracaso en Madrid, por citar tres focos importantes del evento. No es correcta la interpretación que se ha hecho por algunos de que fue la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno de Lerroux (principios de octubre de 1934) lo que desencadenó la insurrección; esta venía preparándose desde hacía meses aunque sin saberse su alcance. Los dirigentes socialistas que la organizaron (Prieto se arrepintió más tarde amargamente) no midieron bien sus fuerzas; tuvieron la convicción de que la República estaba en peligro y había que salvarla, cuando el PSOE, como tal, no había participado en el Pacto de San Sebastián (1930) para traerla; solo se sumó más tarde.

Largo fue el político posibilista (colaboró en órganos consultivos con la dictadura de Primo, como se sabe) que tuvo por principal objetivo salvaguardar la organización de la UGT y el PSOE; Prieto fue el clarividente que formó su facción dentro del socialismo español precisamente a partir del fracaso de la insurrección de 1934; Besteiro siempre representó la facción minoritaria dentro del socialismo, por lo menos desde la muerte de Iglesias. Minoritaria pero nada oscilante, como sí fue la de Largo. Fernando de los Ríos sí fue el socialista moderado que estuvo casi siempre al lado de Largo y de Prieto, la facción mayoritaria hasta que estos dos se distancien irremediablemente. 

Pero asombra, leyendo “El Socialista” de la época, las actas de las reuniones del sindicato y del partido, a los historiadores que más se han ocupado de ellos, la disciplina que mantuvieron aunque dejando traslucir, de vez en cuando, la vena encendida de sus respectivas personalidades. 

(La fotografía ha sido tomada de  https://pizarra-sociales.blogspot.com.es/2017/04/ii-republica-espanola-el-bienio.html)

L. de Guereñu Polán.

Tras el 21-D


Bella imagen de la Cataluña independentista

Si las elecciones del 21 de diciembre en Cataluña dan un resultado favorable a las candidaturas independentistas, el gobierno que se forme –si se ponen de acuerdo todos los de dicha familia, lo que está por ver- tendrá que cumplir la ley, porque de lo contrario se volverá a la situación que, lamentablemente, hemos vivido. Estos independentistas no tienen la mayoría suficiente para una insurrección que les lleve a un estado nuevo. Si la mayoría es para los no independentistas (incluyo aquí, porque creo que debe hacerse, a los seguidores de la alcaldesa de Barcelona y del señor Domènech) creo que no sería imposible la fórmula ya ensayada para España por el señor Sánchez de una coalición entre socialistas, “comunes” y Ciudadanos (se necesitaría el apoyo parlamentario del Partido Popular, que en ocasiones podría ser de Esquerra). Difícil en todo caso porque no se ve que, salvo el señor Iceta, se razone en Cataluña. Este último sería, para los otros dos “socios”, el único asumible como Presitent.

El acuerdo de gobierno tendría que ser de mínimos, renunciando cada parte a maximalismos que solo se pueden imponer cuando se goza de mayoría o el gobierno es homogéneo. A la espera estarán siete millones de catalanes que, en su mayoría, quieren ser gobernados como un país europeo que forman, con racionalidad, cerebro y tacto. El programa de gobierno debiera contemplar lo obvio, el cumplimiento de la ley, además de unos Presupuestos que diesen confianza al capital (¡o tempora, o mores!), que propiciasen el empleo, ahora que la coyuntura internacional es favorable, en políticas sociales que han estado ausentes desde la caída del “tripartito” y poco más. Antes estaría el reparto de carteras, otro problema, porque todos querrán Hacienda, Educación, Cultura…

Todo lo anterior puede ser de una ingenuidad impagable si no tenemos en cuenta que el señor Domènech no es el señor Turrión, campeón este último del estrellato y de la comedia, y que la señora Arrimadas puede haber comprendido que la fuerza del independentismo es importante y no todo se puede traducir en recentralización; la moralización de la vida pública, emponzoñada por los sucesores del señor Mas, es otro imperativo irrenunciable y que podría servir de sutura. En todo caso se necesitaría, por los partidos que aquí se llaman al acuerdo, una altura de miras que está por ver la tengan. Ese hipotético gobierno tendría que ponerse a hacer políticas pegadas al terreno, que se notasen a corto y medio plazo, y posiblemente no llegase a agotar una legislatura completa. Pero desde el Gobierno se pueden allegar apoyos en forma de votos para futuras elecciones, y el Estado debiera dar cobertura –sin privilegios, pero escuchando demandas justas- a dicho Gobierno.

Ha comenzado la campaña electoral y veo que solo los partidos no independentistas, salvo el PP, están intentando romper la dialéctica actual cambiándola por propuestas sociales que son las que pueden mejorar las condiciones materiales de la gente, aunque con diferencias según se trate de unos (la izquierda nacional) y otros. Por ahí deben ir los tiros. Lo malo es que España se encuentra gobernada por unos indeseables que gobiernan porque todos los demás lo han permitido: no olvidemos que los de Ciudadanos cambiaron su voto después de haberlo dado al PSOE, los otros no votaron al candidato Sánchez y los seguidores de este permitieron con una abstención que el jefe de los forajidos siga gobernando. Y lo paradójico (y la política nos lleva a estos casos) es que el PSOE haya tenido que apoyar la legalidad (art. 155 de la Constitución) en ayuntamiento, matizadamente, con el forajido mayor. Con tales mimbres es difícil moralizar la vida pública del país y Cataluña podría ser la primera en iniciar esa política tan necesaria para todo lo demás.

No veo otra solución razonable para los intereses comunes que la expuesta, pues la señora Arrimadas no puede pretender el apoyo del señor Iceta si aquella hace piña con el PP. El señor Domènech podría plantearse ver los toros desde la barrera apoyando al PSC en unas cosas y a Esquerra en otras, pero ¿en que gobierno supuesto? Porque esto es lo primero que hay que dilucidar.

Si se rompiese el bloque independentista en sus objetivos (ya lo está en los métodos) aún cabría un apoyo a Esquerra por parte de los socialistas si aquella cumple la ley y se deja de milongas… por ahora. Difícil: no veo a los dirigentes catalanes, con alguna excepción, dispuestos a hacer país, más allá de las diferencias de clase existentes, y esto es un factor que también distorsiona, porque Cataluña está formada una amplísima clase media que tiene sus necesidades bien cubiertas, por lo tanto con tiempo para perderlo en tonterías imposibles… por ahora. Pero hay un millón de catalanes que viven muy mal, por lo menos, y la solidaridad con ellos debiera primar sobre cualquier otra consideración.

Los malos resultados del PP en Cataluña debieran animar a exigir elecciones en España, pero para esto hace falta saber primero si se aprueban o no los Presupuestos, una vez se ha visto que de reformar la Constitución y otros compromisos imperiosos, por parte del forajido mayor, nada.

L. de Guereñu Polán.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Trabajo y miseria

Muchos hablan de que la técica, que se ha venido generalizando en los últimos veinte o treinta años, tiene efectos sobre las condiciones de trabajo, por lo que la readaptación de los trabajadores a trabajos distintos, aunque más o menos relacionados, es una necesidad imperiosa, así como tener una formación más versátil para poder encontrar empleo de mayor calidad. Pero ¿que hacen los estados para facilitar esto? Se encuentran muy por detrás de las necesidades actuales.

Por ejemplo, el mercado laboral español, según los especialistas, no está preparado para combatir el desempleo estructural, es decir, aquel que no depende de una coyuntura determinada. La segmentación es otro de los problemas, que está en relación con lo dicho en el primer párrafo, lo que impide el aumento de los salarios reales: es bien sabido que en una economía de mercado (que no tiene por que ser considerada la mejor) la abundancia de mano de obra en un determinado sector abarata los salarios, mientras que los estados no están actuando para proteger el empleo, para incentivar la contratación indefinida. Por si ello fuese poco la negociación colectiva en España, por ejemplo, ha sido herida de muerte tras las reformas hechas durante la época de mayoría absoluta del Partido Popular, y ahora que está en minoría, la izquierda se encuentra entretenida en otras cosas.

Otro asunto es la indecencia de muchos trabajos que se realizan hoy en el mundo –más aún en el desarrollado- habiendo sido abandonado el concepto tradicional de trabajo, al tiempo que todavía no hay estudios suficientes sobre los efectos de la creciente robotización del trabajo. Particular sufrimiento espera –cuando no se da ya- a las mujeres, más aún las discapacitadas, que tienen derecho a participar en el mercado laboral (aunque hay partidos y colectivos que lo nieguen de “facto”). Estas mujeres tienen mayores dificultades para conservar sus trabajos y son objeto de una doble discriminación, pues en casos concretos realizan trabajos que, inicialmente, no estaban destinados a ellas.

En España, recurrentemente, se insiste en la necesidad de una mayor inversión en I más D en relación con el impacto de la digitalización de la producción sobre las instituciones del Derecho del Trabajo (Carolina San Martín), pero ya hay estudios sobre la transición a un economía digital, siendo necesaria la formación de los trabajadores para evitar la segregación que ahora sufren muchos colectivos. Se habla de los “crowdworking” donde los trabajadores, por cuenta ajena o autónomos, puedan compartir sus experiencias digitales para ayudarse mutuamente, pero las instituciones públicas en España, particularmente en Galicia, ni idea tienen de esto.

La digitalización en España se encuentra menos desarrollada que en otros países (a no ser para perder el tiempo con estupideces) lo que constituye una barrera para la creación de empleo (a partir de los beneficios que aporta), pero esa digitalización no será posible en el mercado laboral mientras la precarización del empleo sea tan abusiva como en España. Es mentira que en nuestro país se crea empleo, lo que se crean son puestos de trabajo para unas semanas, de escasa o nula cualificación para un mercado laboral no cualificado… salvo el que sale fuera del país o reducidos colectivos que escapan a la norma general. Un ministerio de Trabajo nulo en el estudio y conocimiento de estas cuestiones agrava la situación (no hay más que entrar en la página en Internet del ministerio citado).

Puede parecer que me ensaño (inútilmente) con un Gobierno conservador y egoísta, atento solo a resultados engañosos elaborados por sus agentes estadísticos, pero el empoderamiento de los trabajadores, en España está, también, muy por detrás que en otros países europeos. Una vez más son las mujeres las más perjudicadas porque no se ha hecho el esfuerzo suficiente para conciliar la vida familiar y laboral (no pensemos en las funcionarias o ejecutivas, sino en las empleadas de supermercados, las limpiadoras de hotel y otros colectivos por el estilo). Hay una brecha salarial entre mujeres y hombres que está fuera de toda lógica, de toda justicia y de toda legalidad, mientras que el Gobierno mantiene a un cuerpo de Inspectores de Trabajo bajo mínimos de sus potencialidades.

Hay especialistas que, para entender el momento actual del trabajo, parten del contexto histórico y del de las relaciones de género. Si el trabajo no es regulado, si es dejado al libre albedrío del empresariado, si el trabajo no es protegido por el Estado, y no lo es en muchos países, la debilidad actual del movimiento sindical no será capaz de sacar a los trabajadores del círculo vicioso en que se encuentran. No lo han pedido ellos, se le ha impuesto, tanto por razones objetivas (tecnología) como subjetivas: egoísmo y avidez de unos pocos controladores de los grandes centros de la economía.

Esto del libre comercio, digámoslo claro, sin regular por parte de poderosas instituciones estatales, es un factor de emprobrecimiento para la inmensa mayoría y para la acumulación incesante de la riqueza en unas pocas familias, que a su vez tienen a otras subsidiarias de ellas. Y ¿que hace la OIT? Pues se ve superada por el poder de las grandes corporaciones, por las decisiones de mandatarios como Trump y por la inercia del mercado globalizado. O los partidos socialistas trabajan en el plano internacional para reformar la OIT en el sentido de sus orígenes, adaptada a las necesidades actuales, o este organismo quedará obsoleto.

La necesidad de producir contaminando menos –empleo verde- hace necesario que los estados intervengan, no pueden dejar este asunto a la iniciativa privada, que tiene un objetivo primordial, su cuenta de resultados. Los nuevos procesos productivos que son necesarios para ese empleo verde, exigen también una preparación diferente y más cualificada de los trabajadores… otra vez el Estado como protagonista o como aliado de la inercia del mercado.

No quiero extenderme más, pero han ido apareciendo nuevas formas de trabajo que significan neoexplotaciones inmisericordes: sin contratos, sin cotizaciones, sin seguros de desempleo por tanto, “trabajo colaborativo” se le llama eufemísticamente, pero es una miseria más de la humanidad por parte de los explotadores de siempre. Salarios bajos, inseguros, sin garantías para el futuro. Si no se cotiza a los veinte o treinta años –al Estado o a un fondo de pensiones- ¿que jubilación cabe esperar? ¿que futuro se está construyendo desde despachos lejanos pero bien conocidos?


L. de Guereñu Polán. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La Monarquía española



La monarquía española, se quiera o no, tiene un vicio de origen que muchos españoles (seguramente una minoría) no olvidan, y ese vicio es la ilegitimidad con la que nació, de manos y por decisión del general Franco y de unas Cortes no representativas. Esto llevó a que una parte de la población española nunca se sintiera identificada con dicha institución, evocando recurrentemente el régimen republicano, el único antes del actual que estableció sistemas democráticos en España (junto con el breve reinado de Amadeo de Saboya).

Juan de Borbón, una vez que se produjo el alzamiento militar en julio de 1936, se puso al servicio del ejército sublevado y actuó diplomáticamente en su favor. Una vez que el general Franco se instaló en el poder y se pudo comprobar que no lo abandonaría, Juan de Borbón (hijo de Alfonso XIII) jugó todas las cartas posibles: estuvo en contacto con la oposición democrática (particularmente con Prieto hasta principios de los años sesenta) y se entrevistó varias veces con el general Franco para conseguir lo que nunca lograría, que este le cediese el poder.

Tiene razón Javier Tusell cuando dice que ningún monarca español, salvo Juan Carlos I, aceptó la democracia como forma de gobierno (ya hemos hecho referencia al breve reinado de Amadeo de Saboya entre 1870 y 1873). Juan de Borbón siempre aspiró a una monarquía como la que había encarnado su padre: oligárquica, con amplios poderes para el rey que sería el jefe del ejército. El hecho de que Alfonso XIII se exiliase en Roma (capital de un estado fascista) le retrata más allá de que hubiese permitido y facilitado el establecimiento de una dictadura en España. Juan de Borbón se estableció en otro estado bajo una dictadura, Portugal, gozando de todos los beneficios de las clases pudientes del entorno de Lisboa. Desde allí organizó su actividad política conducente a salvar la institución monárquica, que por otro lado se sabía era la opción del general Franco tras su muerte, pero también conspiró lo que pudo dentro del régimen español, donde había monárquicos más o menos afectos a su causa.

Juan de Borbón pudo exiliarse en Lausana, ciudad suiza donde vivió algún tiempo, o en el sur de de Francia (una república como Portugal), pero prefirió un régimen donde, habiendo elecciones periódicas, estas servían para que saliesen a la luz los opositores del régimen y luego encarcelarles o reprimirles. El escrutinio de los resultados era cosa del régimen y se falseaba siempre en su favor.

Juan de Borbón aceptó que su hijo Juan Carlos –como es sabido- se educase en España bajo la atenta mirada del general Franco, que tuvo el objetivo de que siguiese su obra (vana ilusión, porque una vez muerto los designios suelen ser libres). Quizá –y esto nunca ha sido aclarado del todo- tuvo la esperanza el eterno pretendiente de que su hijo, una vez rey, abdicase a favor del padre, pero esto resultaría demasiado rocambolesco: estaban los militares afectos a Franco, la inercia de una transición política con la que ya se había comprometido el rey nombrado y, por último, una oposición democrática que, si terminó aceptando la monarquía ante la fuerza de los hechos, no lo habría hecho en la persona de Juan de Borbón, no afecto a la democracia.

Juan Carlos de Borbón tiene una biografía repleta de elogios al general Franco, deferencias para con su persona y familia y, como hemos dicho, esa ilegitimidad de origen que nace de un régimen criminal que se levantó en armas contra la II República española, esta sí –con todos los defectos- democrática. Si los comienzos de su reinado fueron discretos e incluso tuvo una actitud contraria al golpe de estado de 1981, bueno es recordar las palabras de Antonio Elorza, bien documentadas a partir de protagonistas de primera fila: 
 
Según Santiago Carrillo, había una trama política, impulsada por el Rey, para un gobierno de concentración. (…) El informe de 26 de marzo de 1981 a Helmuth Schmidt del embajador alemán… señalado por “El País”, según el cual el Rey, sobre el golpe: 1) no se mostró contrario a sus protagonistas: “es más, mostró comprensión, cuando no simpatía”; 2) “Los cabecillas –dijo- solo pretendían lo que todos deseábamos”: orden; 3) Había aconsejado reiteradamente a Suárez “que atendiera a los planteamientos de los militares; hasta que estos decidieron actuar por su cuenta”. El relato de Carrillo a García Montero y Lagunero cierra el círculo: había existido una trama política, impulsada por el Rey, para un gobierno de concentración presidido por Armada (presión regia para traerlo a Madrid), y aún cuando el Rey prefiriese la solución Calvo Sotelo al dimitir Suárez, Armada ensayó el golpe, que fracasó por Tejero. El constitucionalismo del Rey ante TVE y los capitanes generales fue claro; su actuación precedente, cuestionable, como Rey que quiso indebidamente reinar, en medio del “ruido de sables”. (Antonio Elorza, 14 de abril de 2014).
 
Pero luego vinieron los años de la frivolidad, los del abandono de sus obligaciones, el encubrimiento a una de sus hijas y yerno una vez sabía que habían cometido delitos de gran envergadura (les envió a Estados Unidos). Era la versión de un rey antiguo, alejado de sus primeros tiempos que, como decimos, nacen de una dictadura. Así, el actual rey es heredero de ese baldón, y con él tendrá que convivir si no comete otros errores. Mientras tanto siempre habrá en España un espíritu republicano que va más allá de que se establezca algún día una república, mientras que la monarquía tendrá que convivir con su ilegitimidad de origen (solo atemperada por la Constitución de 1978): es el precio por salvar una institución antigua en tiempos muy modernos.

L. de Guereñu Polán.              


sábado, 2 de diciembre de 2017

Socialistas catalanes



Imagen modernista de Reus

Entre principios del siglo XX y el primer franquismo, encontramos una serie de figuras del socialismo catalán que hoy podrían ser referencia para el diario hacer de esta familia ideológica y política no solo en Cataluña sino en toda España. Salvando, claro está, las diferencias en los muy distantes contextos históricos, pero prevaleciendo los valores que animaron a aquellos socialistas como Antoni Fabra Ribas, Rafael Campalans, Josep Recasens y otros que ha estudiado Maximiliano Fuentes[1].

Fabra Ribas fue un socialista intelectual con gran proyección internacional, pues parte de su obra la llevó a cabo en París a la sombra de Jean Jaurès. Se inscribió, en España, dentro de un tipo de republicanismo federal que hoy está en boca de muchos dirigentes del PSOE y llevó a cabo una intensa labor periodística en semanarios diversos, tanto catalanes como franceses, para llegar a ser director de “El Socialista”. Participó en varios congresos internacionales donde los socialistas de la época analizaron las causas y consecuencias de la “gran guerra” de 1914, mostrándose Fabra decididamente aliadófilo, pero dejándose influir también por el neutralismo que, a la postre, había decidido el gobierno de Eduardo Dato. El propio Azaña, mucho antes de que llegase a ser una figura conocida, explicó que la causa fundamental de que España no participase en la primera guerra mundial fue la impreparación de su ejército, anticuado y politizado por la monarquía, más allá de que el país estuviese dividido entre aliadófilos y germanófilos.

Fue partidario de “Solidaridad Obrera”, organización que se inspiró en la CGT francesa y, por lo tanto, no contó con el apoyo del PSOE en ello. Estuvo en contacto con Rafael Campalans, cuya formación era menos humanística y más técnica que la de Fabra, no obstante haber destacado, el primero, en el campo de la educación y la cuestión social del momento cuando ya estaban en marcha los proyectos en esta materia de los gobiernos dinásticos, sobre todo de los conservadores, verdadero punto de arranque de la legislación social de la dictadura primorriverista (y esto es lo que llevó a Caballero a colaborar con ella) y de la amplísima llevada a cabo a propuesta del propio Largo Caballero durante los dos años y medio primeros de la II República. A tal punto fue importante que, en algunos aspectos, ni el propio franquismo arrumbó toda aquella legislación, llegando a nuestros días hasta la regresión que sufre en la actualidad.

Fabra concibió el socialismo como acción, por lo que participó en el comité organizador de la huelga de 1909 que daría lugar a la “semana trágica” de Barcelona, lo que le llevó a exiliarse. Luego haría una interpretación de dicha huelga como un gran servicio a España, pues pretendió denunciar el colonialismo, defender los intereses de las familias menesterosas y la paz; hoy no podemos considerar que aquel hito contribuyese a convertir a Barcelona y a España en un país moderno, y dos dictaduras posteriores vendrían a confirmarlo.

Fabra estuvo relacionado con el krausismo, lo que para la época en la que vivió  (1879-1958) es casi obligado en un intelectual socialista, como es el caso de Julián Besteiro, Fernando de los Ríos y otros. Ese krausismo estaba acorde con los aires de regeneración que luchaban por imponerse en la época, donde encontramos socialistas y no socialistas: Picabea, Costa, Maura, Canalejas, el propio Primo de Rivera… En su Reus natal, Fabra colaboró en el periódico “La Justicia Social”, dirigido por Recasens, por entonces secretario de la Federación Catalana del PSOE, muy en contacto con el socialismo europeo gracias a Fabra, teniendo como colaboradores a Gómez de Fabián, Andreu Nin, Núñez de Arenas (el de la “Escuela Nueva”) y Luis Araquistáin, que con el tiempo se convertiría en mentor (aunque no siempre) de Largo Caballero.

Campalans, por su parte, fue secretario del “Consell de Pedagogia” y director de la “Escola Elemental del Treball”: asombra la enorme actividad –en un medio hostil- que desarrollaron los socialistas de entonces, máxime si tenemos en cuenta que esto mismo lo vemos en Madrid, Valencia, Andalucía y otras regiones españolas. Con Núñez de Arenas, García Cortés, Nin y Recasens, lideró una corriente internacionalista disidente dentro del PSOE en la medida en que fueron partidarios de la entrada de España en la guerra de 1914 al lado de los aliados antialemanes. Pero con el tiempo no dudaron en firmar un manifiesto neutralista y europeísta, defendiendo después de la guerra una necesaria (a su juicio) radicalización política a favor de la educación política y cívica, lo que implicaba formar a las masas en la lectura y la escritura, en la política y en el societarismo, sobre todo en el campo, teniendo en cuenta que España era un país atrasado económicamente y desarticulado socialmente en amplios espacios geográficos.

La revolución soviética despertó el interés de Fabra y Campalans, pero solo en lo relativo al derrumbamiento del zarismo, no en el modelo que se instauró luego con las checas y la dictadura leninista, pero el auge e influencia de dicha revolución llevó a Fabra a colaborar con la “Escuela Nueva” madrileña exponiendo sus ideas sobre la necesidad de una reforma agraria, la nacionalización de los medios de transporte, las minas y los embalses hidroeléctricos. También se preocupó del “problema catalán”, que como hoy en día latía en la política española, siendo partidario –y esto se sentía también en sectores intelectuales portugueses- de una confederación liberal “de todos los pueblos de Iberia”.

En tiempos de mudanza, o como poco de turbulencia, como los que hoy vivimos, bueno sería que viéramos no es la primera vez que los problemas que nos aquejan estuvieron ya presentes en las inquietudes de socialistas de otras épocas, catalanes en este caso.

L. de Guereñu Polán.


[1] “Socialistas a fuer de liberales, revolucionarios por necesidad…”.

domingo, 26 de noviembre de 2017

El caso de Teba


Teba (Málaga)

Teba es una pequeña población al norte de la provincia de Málaga que, aún hoy, presenta una morfología apretada con estrechas calles que se acuestan, junto con el caserío, sobre una pendiente serrana. Contra lo que pudiese parecer, la nieve la cubre en el invierno con relativa frecuencia, mientras que el calor es sofocante en verano. En esta población se han dado tan importantes manifestaciones de la lucha obrera por la mejora de sus condiciones, que podemos decir es un caso singular aunque parecido a otros.

Con motivo de ciertos sucesos en Teba, durante el año 1920, Largo Caballero, entonces máximo responsable de la UGT, estuvo allí, pero durante la segunda mitad del siglo XIX ya contó el municipio con una tradición reivindicativa e incluso revolucionaria de las más vivas de España.

Sabido es que la estructura de la propiedad agraria en la mitad sur de España (grosso modo) ha sido latifundista, particularmente Andalucía occidental, La Mancha y Extremadura, lo que ha provocado una enorme abundancia de braceros que eran contratados a tiempo parcial permaneciendo en paro estacional parte del año. El atraso secular de España, sobre todo en las zonas rurales, fue el abono para el surgimiento de una movilización obrera y campesina muy fuerte y activa, siendo los sucesos del año citado solo un ejemplo aislado.

La tradición ugetista y socialista en Teba fue relativamente temprana, pero se manifestó acusadamente durante los últimos años del Régimen de la Restauración, particularmente durante el llamado “trienio bolchevique” (1918-1921), durante la dictadura primorriverista, durante la II República y la guerra civil de 1936.

Particularmente fueron violentos los acontecimientos de la mal llamada “revolución de 1934”, que tuvieron en Asturias, Vizcaya y algunas localidades catalanas su máxima expresión, pero también en Teba, con el asalto en esta localidad del cuartel de la Guardia Civil y la detención de unas cien personas. Es sabido que aquella “revolución” no fue sino el resultado objetivo de las pésimas condiciones de vida de la población obrera y campesina, acompañadas por el acceso al Gobierno de varios ministros de la CEDA en octubre de 1934, recurso del Presidente Lerroux para dar estabilidad a su gobierno. Lo cierto es que el partido católico había ganado las elecciones y tenía derecho al poder, pero esto no fue admitido por amplios sectores de la izquierda tradicional y del movimiento obrero.

La guerra civil fue para la provincia de Málaga una verdadera carnicería, pues la población civil, en general, se opuso al levantamiento militar, y sin con ello contamos la tradición reivindicativa de pueblos como Teba, fuertemente adoctrinados por el socialismo ugetista, se ha calculado que durante la contienda se produjeron entre seis mil y siete mil fusilamientos en la retaguardia una vez los militares sublevados se hicieron dueños de la población.

Basta consultar el caso de Teba en el “Sistema de Información Multiterritorial de Anadalucía” para obtener importantes datos sobre las movilizaciones obreras y campesinas en Teba durante la primera mitad del siglo XX, época de la que se dispone de mucha más información que sobre el siglo XIX. Las “elites” y familias pudientes, verdaderas rectoras de la vida malagueña (y en general andaluza) a finales de la segunda década del siglo XX, vieron peligrar su hegemonía y decidieron crear somatenes o milicias armadas para contribuir al esfuerzo de “orden” encargado a los Institutos armados en España (1919).

El marqués de Sotomayor, encargado en el año citado de organizar el somatén en la provincia de Málaga, se expresó diciendo que “aunque viejo”, se encontraba con fuerzas para defender al rey y al orden constituido, proponiéndose que el somatén de Málaga no tuviese, en cuanto a eficacia y organización, nada que envidiar a los demás de España. Los sucesos de Teba, entre otras poblaciones, explican (no diré que justifican) aquella preocupación de marqueses, terratenientes y señoritos.

L. de Guereñu Polán.   

sábado, 25 de noviembre de 2017

Vindicación de Rodolfo Llopis



De la misma forma que Largo Caballero estuvo a la sombra de Pablo Iglesias Posse hasta la muerte de este en 1925, influido por su pensamiento y acción, así Rodolfo Llopis fue un seguidor y colaborador estrecho de Largo hasta que este murió en el exilio en 1946, encontrándose también el alicantino en Francia.

Llopis pertenece a la tercera generación de socialistas que participaron en las sociedades obreras desde 1870, aproximadamente, y fundaron unos años más tarde el Partido Socialista Obrero Español y la Unión General de Trabajadores. Nacido cuando el siglo XIX acababa en Callosa de Ensarriá, provincia de Alicante, conoció a Largo Caballero en Madrid y a él se adhirió muy pronto, reconociendo su intuición, capacidad de trabajo y entrega a la causa del movimiento obrero de la época.

Cuando Llopis conoció a Largo este llevaba ya un cuarto de siglo participando en el movimiento societario madrileño, pues Madrid no era, en la segunda mitad del siglo XIX, una ciudad industrial como Barcelona o Bilbao, por poner dos ejemplos. Más bien abundaban mucho los oficios de artesanos y obreros de pequeños negocios y talleres, pero había pocas fábricas modernas. Hasta tal punto Llopis admiró a Largo Caballero que quiso escribir una biografía sobre el dirigente madrileño a principios de los años cincuenta del pasado siglo, pero renunció a ello (después de haber hecho acopio de muchísimos datos) por no disponer de medios para consultar archivos (estaba en el exilio y España bajo el franquismo). Esto lo reconoce Julio Aróstegui en una obra relativamente reciente, donde glosa, de forma abultadísima, la vida y obra de Largo.

Francisco Largo Caballero no era un hombre formado académicamente, pues solo había recibido algunos años de escuela antes de que empezase a trabajar a los siete… Iglesias, como los fundadores del socialismo organizado en España, procedían del mundo de la tipografía, del periodismo o de cierta intelectualidad, como José Mesa o Jaime Vera. Contrariamente a Largo, Rodolfo Llopis se había formado académicamente al tener esa posibilidad y dedicó la mayor parte de su vida a la educación, la mayor parte de su obra a la pedagogía y la mayor parte de sus esfuerzos fuera de este campo al socialismo.

Una de las grandes preocupaciones de Llopis, como de Largo Caballero, era la organización, preservarla de peligros que la debilitasen, por eso –y esto es influencia de Iglesias- la Unión General de Trabajadores y el Partido Socialista no fueron partidarios de huelgas a la ligera, sin calcular las consecuencias y los posibles resultados, y de esta preocupación participó también Llopis, cuya veneración por Largo se puso de manifiesto siempre. Y fueron también partidarios, maestro y alumno, de lo que entonces se llamó “intervencionismo”, es decir, aprovechar los resquicios que permitía el Estado en manos de la burguesía para influir incluso dentro de las instituciones públicas.

Fue precisamente la huelga general de 1917, convocada por la UGT, la CNT (de reciente creación) y el PSOE, lo que llevó a Llopis a ingresar en el sindicato y en el partido, aunque ya conocía a Largo Caballero, que venía de ser concejal y diputado provincial en Madrid. La huelga, a juicio de la historiografía, fue un fracaso, con más de un centenar de muertos y muchos más heridos, sin conseguir los objetivos políticos que se propuso (nada menos que acabar con el régimen de la Restauración) y además fue precedida de una huelga de ferroviarios en Valencia que, al parecer, estuvo orientada por la patronal, de lo que no fue consciente uno de sus responsables, Daniel Anguiano. Pero esa huelga, que fue la respuesta del obrerismo organizado a la crisis de subsistencias consecuencia de la primera guerra mundial y de la inacción del Gobierno, es un hito en la historia del movimiento obrero español, más allá de la crítica que merezca a cada uno por sus resultados (debe considerarse que el Gobierno utilizó al ejército para reprimirla).

Subsecretario de Presidencia con Largo en el gobierno que formó este último ya iniciada la guerra civil, llevó a cabo una meritoria labor de organización administrativa, y colaboró en la incorporación de comunistas a dicho gobierno, lo que contribuyó a dar una cierta disciplina al ejército republicano. Pero el mayor mérito de Llopis, si comparamos su trabajo con las circunstancias en que tuvo que realizarlo, fue la organización del Partido Socialista en el exterior desde su exilio francés, al tiempo que fue Presidente del Gobierno en el exilio hasta 1947, cuando fue sustituido por Álvaro de Albornoz; fue Secretario del PSOE, sustituyendo a Ramón Lamoneda, desde 1944 hasta 1972, año este en el que surgió la división en el PSOE, pero un año antes había dejado la Presidencia de la UGT, habiendo sustituido en 1956 a Trifón Gómez, por lo que puede decirse que de él dependió, en buena medida, que la llama del socialismo organizado y del sindicalismo ugetista, pudiese pasar –no sin problemas- a las nuevas generaciones en los años setenta del pasado siglo.

En el Congreso socialista celebrado en Suresnes en 1974 no aceptó la propuesta que se le hizo para que presidiese el partido, pretendiendo seguir siendo secretario general, pero los socialistas del interior, junto con otros del exilio, consideraron que los tiempos eran otros y debía darse una renovación en los cuadros dirigentes y en los objetivos. El apoyo de la Internacional Socialista a los seguidores de Nicolás Redondo y Felipe González fue determinante y Llopis apareció, desde entonces, como un terco dirigente que no se quiso adaptar a los nuevos tiempos.

Pero si tenemos en cuenta el aspecto humano del problema ¿podremos comprender que a un hombre que había cogido el testigo de Largo Caballero (¡casi nada!), participado en una guerra, defendido y mantenido el socialismo español en el exilio, convirtiéndose en un valladar contra dificultades de todo tipo, le costaba comprender –e incluso desconfiaba- las intenciones de los renovadores? Habría que ponerse en la piel de Llopis, que vio recuperarse a la UGT y al PSOE después de sus respectivas crisis de militancia entre 1914 y 1916, que participó en los momentos de mayor influencia de aquellas organizaciones en la sociedad y en la política españolas, para saber lo que cada uno haría en esas circunstancias. ¿Quiénes eran esos que venían pretendiendo arriesgar lo conseguido –con el exilio de por medio- llevando las direcciones al interior de España con Franco vivo y toda su policía y ejército en pie de guerra? No olvidemos que aún fueron ejecutados algunos, meses antes de la muerte del dictador; Llopis no confiaba en salvaguardar lo que con tanto tesón había mantenido a duras penas.

El hecho de que tuviese seguidores que le alentaron a mantener sus posiciones en esos años centrales de la década de los setenta, contribuyó también a la terquedad llopista. Vivió hasta 1983, lo suficiente para ver como el Partido Socialista conseguía llegar al gobierno después de tantos esfuerzos y sufrimientos (de los que él participó) con una mayoría absoluta que jamás se hubiese imaginado. ¿Qué razones podemos aducir para suponer que Llopis no se alegró de ello? Ninguna: además de un hombre antiguo para la altura del siglo XX a la que llegó, además de ser terco e incapaz de comprender la nueva situación, tuvo la enorme humanidad de mantener durante décadas el testigo de unas ideas, de unas organizaciones, que está por ver si son merecedoras, estas últimas, de tanto esfuerzo y sacrificio.

L. de Guereñu Polán.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Manuel Azaña según Santos Juliá



Azaña joven

Para Santos Juliá –y no será el único- releer a Azaña es un placer, pues “decía el castellano maravillosamente”, como nadie, al tiempo que nadie ha tenido tanta contención en sus discursos, y así es más fácil entender la conmoción que experimentó Amadeu Hurtado[1] cuando Azaña cerró su intervención parlamentaria sobre el estatuto de Cataluña: “saludar jubilosos a todas las auroras que quieren desplegar los párpados sobre el suelo español”; también María Zambrano se emocionó recordando a Azaña cuando, en Valencia, avanzada la guerra, este había dicho: “Vendrá la paz y espero que la alegría os colme a todos vosotros. A mi no”.

Azaña –dice Santos Juliá- creó una política a partir de saberes, de lecturas y de voluntad, lo habló todo y en él se resume el ideal reformador de la tradición liberal española (liberal aquí no en el sentido económico, sino en el amor por la libertad para que todos pudiesen disfrutar de ella y conseguir sus legítimos objetivos). Nuestro hombre se empeñó en el envío incesante de mensajes al Comité de Londres y a la Sociedad de Naciones para que se comprendiese que la guerra de España tenía un componente internacional que arrastraría a toda Europa; pero al mismo tiempo en Azaña se han visto sus advertencias de que no se trata de exterminar al enemigo, sino de conseguir vivir juntos aunque con intereses distintos, incluso antagónicos.

Por eso se dice que en muchas ocasiones invocó la paz, y todo ello se le pagó siendo el que más saña sufrió tanto durante su ejercicio político como por parte de los vencedores en la guerra durante décadas. Hasta después de su muerte siguió un proceso abierto y se multó a sus descendientes con cien millones de pesetas impuestas por el Tribunal de Responsabilidades Políticas.

Cuando joven militó en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez y compaginó esto con su paso por la Academia de Jurisprudencia y el Ateneo de Madrid, pero en torno a 1923 sintió la frustración de ver que aquel partido no era lo que él ambicionaba para España. De él se ha dicho que, en esa época, había sido un “señorito benaventino”, pero Santos Juliá desecha esta idea recordando al doctorando a partir de las clases de Giner de los Ríos, y se empapa de autores franceses en un momento en que observa que ha aparecido la masa como sujeto de la historia.

Pero su labor intelectual había comenzado mucho antes, pues en 1903 comenzó su primera y fallida obra “La aventura de Jerónimo Garcés”, en la que se trasluce la herida profunda de la muerte de su madre. Luego vendrían “El jardín de los frailes” y “La velada de Benicarló”. Solicitó y consiguió una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios yéndose a París para pasar unos meses y frecuentar la biblioteca de Sainte Geneviève, enviando artículos a España. Pero en política él mismo se tildó de “reformista indolente”, lo que Santos Juliá desmiente, pues nos ha dejado mucho sobre el problema de España, los orígenes de su decadencia, los caminos para su retorno a la corriente general de la civilización europea. Así, se remontó al Siglo de Oro y llegó a la conclusión de que la nación es una “invención” moderna y que las raíces de la modernidad española no había que buscarlas en aquel “siglo”, sino en la España de Alfonso XI (será porque consideró la importancia del “Ordenamiento de Alcalá” -1348- verdadero compendio legislativo para la Corona de Castilla). En esto no se diferencia de sus predecesores de la generación del 98, que hicieron hincapié en el papel hegemónico de Castilla en la construcción de España.

Propugnó alejarse del “nacionalismo de tizona y herreruelo”; consideró que la España de los Austria fue una distorsión de la historia, y que la revuelta comunera fue la primera revolución moderna, en lo que coincide Tierno Galván.

Azaña, según Santos Juliá, fue un francófilo jacobino que simpatizó con los aliadófilos durante la primera gran guerra, pero no participó del centralismo de los revolucionarios franceses: rechazó el modelo jacobino cuando se discutió el Estatuto de Autonomía de Cataluña, el primero. Nuestro autor, por otra parte, fue capaz de abarcar una enorme variedad de temas objeto de sus inquietudes intelectuales y políticas, por lo que nada que ver con el “gris y rencoroso funcionario” que algunos le han atribuido desde posiciones cercanas al odio o al desprecio.

Los opositores que han acusado a Azaña de “golpista y revolucionario” no han podido aportar ni una sola prueba de lo primero, y dan a lo segundo un significado peyorativo que no tiene objetivamente hablando. Fue Azaña revolucionario en la medida en que pretendió revolucionar instituciones como el ejército atrasado y adoctrinado de España, que pretendió descentralizar el poder, que pretendió ahondar la democracia hasta niveles desconocidos en España entonces. 
 
En cuanto a sus relaciones con el Presidente Negrín, desde que este dirigió el esfuerzo de guerra contra los militares golpistas y sus seguidores, cada uno tuvo su personalidad, más realista la de Azaña, más idealizada la de Negrín, que no obstante quiso buscar la paz de forma honrosa sin conseguirlo. Cuando se recorren los discursos y diarios, además de las entrevistas con embajadores y periodistas, vemos a Azaña –dice Santos Juliá- que no fue “prisionero de Negrín”, pero sí hombre que, conocedor de la situación de la República durante la guerra, quiso ahorrar sufrimiento a su pueblo y pronunció postreramente aquellas palabras que le sitúan entre los justos: “Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, [el subrayado es mío] sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”.


[1] Político de formación jurídica autor de un discurso en 1933 cuyo título es “La intervención del estado en nuestro régimen de autonomía”.

L. de Guereñu Polán. 

martes, 21 de noviembre de 2017

Psicología de un Govern

"Concierto en el huevo" de El Bosco
Los miembros de un colectivo tienen una psicología individual, como es lógico, pero también pueden proyectar una psicología que es común a todos ellos, aunque con matices. En el caso de los que hasta hace unas semanas eran miembros del Govern de Cataluña, su presidente parece tener la personalidad de un hombre débil e inconsciente, que puede dudar permanentemente lo que debe hacer y termina decidiendo lo peor, en una especie de huida hacia adelante. Se propuso convocar elecciones si se daban ciertas condiciones que nadie le podía garantizar y entonces decició culminar la serie de violaciones de la ley que había iniciado. Se propuso declarar la independencia con el país atento a las pantallas de televisión y se desdijo a los pocos segundos. Convocó a los diputados afines en una sala aneja para firmar una declaración de independencia pero luego no reconoció que lo había hecho. Un cúmulo de despropósitos de los que Cataluña entera, cuando se piense reposadamente en ello, se avergonzará.

Ese President parece que no era un “primus inter pares”, sino más bien un hombre de circunstancias en su ciudad, hasta el punto de que no había sospechado ser alcalde y mucho menos máximo responsable (irresponsable) de la Generalitat, una institución secular a cuyo frente casi siempre ha habido jerifaltes de la nueva nobleza, la que consigue ese estatus mediante el dinero, y en el siglo XX los que han resultado elegidos democráticamente. El Presidente huido no tiene relevancia alguna como se ha demostrado en su partido (le nombró a dedo el señor Mas, complicado en casos de corrupción mediante su partido, cambiado de nombre para disimular), como se ha demostrado durante su mandato, de una pobreza legislativa y ejecutiva inéditas, y demostrado por el nulo apoyo cosechado en Europa, como no sea algún que otro diputado neofascista.

Otra cosa es el señor Junqueras, que creo sabía sobradamente que el “procés” no tenía salida, pero no podía decirlo porque en su partido existe un grupo de presión muy cercano al talibanismo, es decir, al integrismo independentista sin razón ni reflexión alguna, como una cuestión religiosa. El mismo Junqueras lo ha defendido así con lágrimas en los ojos ante un micrófono, pero advertido por quienes más saben, supo muy pronto que una cosa era el romanticismo y otra la realidad. De ahí su silencio en el Parlament y en todo el proceso (se reunió un par de veces con la gris vicepresidenta del Gobierno en torno a una mesa secundaria de un despacho). En el escaño parecía dormirse, sentir que aquello no iba con él, transido de una meditación espiritual muy acorde con su confesado catolicismo antiguo. Por lo que respecta a su gestión económica fue tan pobre, que a la vista está el comportamiento de los miembros más conspícuos del capitalismo catalán.

Otros se apartaron del asunto porque vieron peligrar sus patrimonios, que son acrecidos porque pertenecen a familias pudientes, porque viven en uno de los países más ricos de Europa (Cataluña) y porque el Govern, como otros, se ha guardado de recompensar a sus miembros pingüemente (recuérdese, por poner solo un ejemplo, el caso de doña Neus Munté). Estos son los prácticos: están con el independentismo pero solo si sus patrimonios quedan asegurados, nunca de cualquier otra forma.

También está el que quiere aparentar respeto a la legalidad para pescar en río revuelto (Villa) cuando ya había firmado aquel documento en el que se declaraba a Cataluña independiente varias veces, sabiendo que dicho documento no valía para nada que no fuese querer engañar marcando un hito, fuera del salón del Parlament, en acto ridículo donde cada uno se retrataba partidario de la independencia si quería seguir en el puesto. Luego, ante el juez, “yo advertí que no era legal, que no era posible, que la solución era yo”, dijo el señor Villa vergonzantemente.

¿Y el comunista que está dispuesto a renunciar a serlo con tal de sumarse a la quimera, a lo que se supone es la marcha de los tiempos? Hace falta ser el señor Romeva, hace falta ser falso para vender el alma a un “procés” ilegal, minoritario, que se quiere imponer con nocturnidad, con mentiras. ¿Y el Consejero de Interior que utiliza a las fuerzas del orden para sembrar el desorden, cuando como los demás, había jurado o prometido acatamiento y lealtad al Estatuto y a la Constitución, incluido el artículo 155? Hace falta ser falaz. Hay uno que siendo Consejero de Empresas y Conocimiento se le van las empresas del país sin él conocerlo…

El Consejero de Cultura ingnoró que el mundo de la cutura, los cineastas, los cantautores, los escritores, los actores, los poetas, estaban en su contra y contra el “procés” con alguna excepción que prefiere comer aparte para comer mejor (la frase no es mía). Doña Clara Ponsatí, Consejera de Educación, se empeñó en mantener la aberración de que los alumnos de educación primaria y secundaria tuviesen solo dos clases de lengua castellana a la semana, con el fin de primar a la catalana con cuatro. Hace falta ser poco educada, poco ecuánime, hace falta participar de un sectarismo tan pernicioso para querer combatir la razón con la sinrazón.

Algunos son de derechas, otros de izquierda, unos republicanos confesos desde siempre, otros monárquicos hasta hace tres días, pero traicionan a la monarquía a la que elogiaron y defendieron (incluso sus abuelos en el más acrisolado carlismo) con tal de sumarse a un “procés” que les llevaría a la gloria –decían- y les ha sumido en desdecirse ante los jueces. No conozco ningún caso reciente más claro de incoherencia.

L. de Guereñu Polán. 


domingo, 19 de noviembre de 2017

La mujer también emigra


"Mujeres", de Luis Seoane, 1946
Camagüey está casi en el centro de Cuba, donde la explotación de la caña de azúcar ha dado a la provincia su riqueza principal, en medio de un relieve llano y entre las costas norte y sur de la isla. En la ciudad se comercializaban los productos agrarios, y junto con Oriente y las Villas, conformó la más importante producción azucarera a donde fueron, entre finales del siglo XIX y principios del XX, casi cuatro de cada diez españoles que emigraban a América.
 
Ciertos estudios han demostrado (1) que, teniendo en cuenta la procedencia de los "colonos" de la contrata de Goicouría (1845-1846) de un total de 1.208 emigrantes, el 22,7% eran mujeres, pero si tenemos en cuenta la procedencia de algunas regiones en particular, ese porcentaje aumenta, en el caso de Valencia, a 35,7% y en el caso de montañeses (Cantabria) a 28,9%. En cuanto a Galicia, el mismo estudio revela que, entre 1915 y 1925, los porcentajes más altos de emigrantes estaban en las edades de 15 a 24, seguiéndole de 25 a 29, aunque en este caso no se hace distinción entre hombres y mujeres.

Aunque las mujeres tenían restringida la emigración por la Junta del Reino de Galicia en las cuadrillas de segadores que iban a Castilla, en varias ocasiones se saltaron tal prohibición. Las autoras a quienes sigo indican que durante muchos años una tercera parte del éxodo rural a Castilla correspondió a mujeres, tanto para la siega como para faenas vinícolas. Por otra parte, la ausencia del esposo convirtió a algunas mujeres en actoras ante los poderes públicos, antes de que la ley lo estableciese. 

En todo caso, entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, el porcentaje de mujeres emigrantes a América aumentó, mientras que el de hombres disminuyó, lo que no quiere decir que disminuyese la cantidad total de estos últimos. Si en en el período 1882-1889 el porcentaje de emigrantes salidos por puertos gallegos que llegaron a Buenos aires se distribuyó con algo más del 70% de varones y algo menos del 30% de mujeres, en el período 1912-1926, el procentaje de los primeros bajaba de 60 y el de las segundas subía de 40, y esta tendencia se manifestó a lo largo de los años intermedios a los señalados.

La mayor parte de las mujeres emigrantes (salidas de puertos gallegos hacia Buenos Aires) en el período 1882-1926 eran solteras (más del 60%), mientras que las casadas nunca pasaron del 40%; porcentajes muy bajos eran viudas, probablemente porque habían enviudado a edad avanzada o porque por ellas mismas y con la ayuda de algún hijo no les fue necesario emigrar. Es decir, la imagen estereotipada de que el hombre emigró y la mujer se quedó en casa cuidando de la pequeña propiedad familiar (agraria) para trabajarla, pierde peso a medida que nos acercanos a finales del siglo XIX y nos adentramos en el XX.
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(1) "Mulleres e emigración na historia contemporánea de Galicia, 1880-1930", María Xoxé Rodríguez Galdo, María Pilar Freire Esparís y Ánxeles Prada Castro, 1998.

L. de Guereñu Polán.

viernes, 17 de noviembre de 2017

A un siglo de la revolución soviética



Revolución soviética es la denominación más adecuada (a mi parecer) para referirnos a los acontecimientos vividos en el Imperio Ruso durante los años 1917 y siguientes, pues fueron los soviets los verdaderos protagonistas de la organización de obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales y soldados contra la autocracia zarista, contra la brutal policía y contra las condiciones de miseria que sufría la mayor parte de la población. Lenin estaba en Zurich cuando los acontecimientos se iniciaron en Rusia, y con tal despiste que se sorprendió cuando fue avisado de ellos. Incluso cuando se produjo la revolución de 1905, el movimiento socialdemócrata ruso no estuvo preparado para ser vanguardia de los acontecimientos.

El Imperio Ruso, a finales del siglo XIX, estaba en plena expansión industrial, con la explotación minera a pleno rendimiento, con el desarrollo de la red ferroviaria, con industrias que se habían alimentado de capital alemán y francés fundamentalmente, pues la clase adinerada rusa era una finísima lámina en el conjunto de la sociedad y la nobleza vivía amancebada con el alto clero y con la burocracia zarista. El ejército, por su parte, se relamía de las antiguas victorias contra Napoleón y contra el Imperio turco, verdadero “otro yo” del zarismo.

Había una tradición revolucionaria en el Imperio Ruso, por lo menos desde el decembrismo de 1825, revuelta importantísima de una parte del ejército al que se sumaron intelectuales hartos de un zarismo que se sucedía a sí mismo caprichosamente. Dicho movimiento fue un hito en la historia rusa del siglo XIX y en el futuro no dejaron de hacerse continuas apelaciones a la oficialidad más joven para que no consintiese derivas autoritarias del régimen. La ya citada revolución de 1905 fue una respuesta de los intelectuales, de las clases medias urbanas y de los obreros y mujeres contra una situación insostenible de falta de libertad, de explotación inmisericorde y de alejamiento del Imperio respecto del liberalismo europeo. Fracasó porque no se dieron las condiciones objetivas para que triunfase, y también porque no se cuestionó al zarismo; solo se exigió que su titular actuase paternalmente a favor de los obreros explotados y aceptase un Parlamento en el que se depositase el poder legislativo: no fue así y la experiencia fracasó porque la mayor parte de la nobleza, el clero, la masa campesina –la mayor parte de la población- el ejército, impidieron el triunfo.

Pero desde entonces nada fue igual y la policía se tuvo que emplear a fondo para combatir a una prensa cada vez más contestataria, un movimiento soviético cada vez mejor organizado, las diversas familias socialistas en plena campaña propagandística, el nihilismo y el populismo extendiéndose por las ciudades, sobre todo en la parte occidental del Imperio y unos intelectuales que tenían en Tólstoi (muerto en 1911) un referente de honestidad y clarividencia.

La participación del Imperio Ruso en la guerra de 1914 prefiguró las condiciones para que la revolución de 1917 triunfase contra el zarismo, aunque no triunfó para la inmensa mayoría de la población. Un ejército que se había hecho antiguo ante el avance del británico, alemán, estadounidense o japonés (este había vencido al Imperio Ruso entre 1904 y 1905), hizo comprender a muchos que la participación en una guerra que tuvo su origen en los Balcanes, en Marruecos y en las ambiciones imperialistas de las potencias occidentales, era un error que llevaba a la muerte a esposos e hijos de campesinas y trabajadores. Los bolcheviques, rama del movimiento socialista de profundas convicciones revolucionarias (pero como se verá no democráticas) hicieron gala de su consigna favorita: no a la guerra, es algo que interesa solo a los imperialistas. Y esto hizo mella en amplias capas de la población rusa.

De forma que fue una parte importante del ejército zarista, que sufría las consecuencias de la movilización y de las penurias, el factor determinante para el derrocamiento del zarismo: ni los soviets organizados disciplinadamente, sin los campesinos adoctrinados por el anarquismo y por los Socialistas Revolucionarios, ni los intelectuales ni las clases medias, por sí mismas, hubieran conseguido lo que sí consiguió un ejército que se alzó contra el zar y contra la guerra. Es cierto que las grandes movilizaciones en las ciudades y regiones industrializadas jugaron un papel importante de concienciación, es cierto que bolcheviques, mencheviques, populistas, burguesía liberal y otros grupos animaron extraordinariamente el ambiente revolucionario, pero si el Imperio no estuviese en una guerra ruinosa (de materiales y hombres) ¿habría triunfado la revolución? Hoy se sabe que muy probablemente no. Ni la pericia cambiante de Lenin, que se incorporó tarde a los acontecimientos, ni la honestidad de tantos socialistas de la época, ni el esfuerzo de tantos activistas, hubiesen podido con la gran mole que representaba una poderosa Iglesia, una leal aristocracia al zar y una economía en manos de pocos. Sin guerra, sin defección del ejército a la autoridad del zar, muy probablemente no hubiese triunfado revolución alguna, por muchas manifestaciones que atestasen las calles de las principales ciudades industriales y administrativas.

Cuando el movimiento socialista se dividió de forma definitiva, entonces surgió claramente la capacidad organizativa de los bolcheviques, y esto sí es mérito de Lenin y sus colaboradores. Pero esa capacidad organizativa, que se puso de manifiesto en la guerra civil que siguió a la revolución, contó también con un ejército formado por la decisiva actuación de Trostky y sus colaboradores, no pocos antiguos fieles al zarismo que ahora se acomodan a lo que se adivinaban nuevos tiempos. Es simplista, y por lo tanto falso, que solo existieran dos ejércitos que se enfrentaron en la guerra civil, el rojo y el blanco. También los anarquistas, sobre todo en Ucrania, formaron un ejército que perseguía objetivos distintos a los de los bolcheviques (negro) y los campesinos en varias regiones formaron ejércitos que pretendían salvaguardar las apropiaciones de tierras que se habían arrebatado a la nobleza (verde). La guerra civil fue un caos, como toda guerra, donde al ejército zarista (sin zar) se sumaron muchos oficiales, mencheviques, jóvenes de clase media que no podían soportar los métodos de los bolcheviques, en definitiva una minoría que se había hecho, eso sí, con el control de muchos de los soviets.

Luego vinieron las checas practicadas sin piedad por los bolcheviques, la quiebra de la democracia soviética (al fin y al cabo las decisiones las tomaban los que formaban parte de los soviets en un régimen de libertad y exaltación inusitados). Aquellos gobiernos provisionales, uno de los cuales había sido dirigido por el menchevique Kerenski, querían establecer en el Imperio un régimen con división de poderes, con elecciones, una democracia representativa que no podemos decir en que se sustanciaría. Pero el modelo bolchevique fue otro: el del crimen sin número, la represión, los atentados, la arbitrariedad jurídica, la dictadura impía que daría lugar a las grandes purgas de los años treinta. Ya con Lenin la revolución había fracasado históricamente, porque no fue igualitaria, no estableció la libertad, no repartió la riqueza equitativamente y se engañó una y otra vez a la mayoría de la población, los campesinos. Fueron estos los que se hicieron con las tierras que ocuparon, no la burocracia bolchevique, que no hizo sino venir a consagrar lo que ya estaba hecho… para luego colectivizar la propiedad territorial contra el interés del campesinado y de toda economía racional.

Los bolcheviques no respetaron los derechos de las nacionalidades del Imperio, ni siquiera las de mayoría musulmana. Excepción fue Finlandia, compromiso personal de Lenin, pero arrebatándole parte de Carelia. En el poder una banda de asesinos en serie, lo cierto es que, desde 1928, el Imperio se convirtió en una gran potencia industrial capaz de ganar una guerra al fascismo, pero con un infinito coste humano y medioambiental. Mientras que la Revolución Francesa está vigente, porque muchos de sus logros están hoy en vigor o son un ideal para una parte del mundo, la revolución soviética está muerta, fracasó históricamente, y muy pocos la reclaman como modelo; se estableció un régimen feroz en el que cayeron como adeptos, por desgracia, muchos partidos comunistas del mundo durante demasiado tiempo.  

L. de Guereñu Polán.