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viernes, 6 de julio de 2018

¿Golpe de estado?



Ciertos sectores de la sociedad española, pero sobre todo la derecha política y sus acompañantes, hablan de “golpe de estado” refiriéndose a la grave infracción de la ley por parte de los independistas catalanes. Veamos.

Un golpe de estado fue el que protagonizó Bonaparte contra la Constitución francesa en noviembre de 1799, valiéndose tanto de su preeminencia militar como de la colaboración de otros altos cargos del Estado. También fue un golpe de estado el que protagonizó su sobrino Napoleón III a finales de 1851 desde una posición de fuerza y valiéndose del apoyo del ejército para violar la Constitución en vigor. También Pilsudski en Polonia, en 1926, dio un golpe de estado valiéndose del ejército y aprovechando la inestabilidad política que vivía su país. Como golpe de estado fue el de Primo de Rivera, desde Barcelona, casi tres años antes, donde no se conoce un solo oficial que se opusiese al mismo. El rey Alejandro I abolió la Constitución ilegalmente en 1926, dando con ello un golpe de estado que sufrieron croatas, serbios y eslovenos, además de las comunidades que, a partir de 1929 pasaron a constituir Yugoslavia.

Un golpe de estado lo pretendió, sin conseguirlo, el general Sanjurjo en España (1932) dando con ello muestra de que la derecha española no estaba dispuesta a acatar el primer régimen verdaderamente democrático. Tampoco triunfó el golpe de estado dirigido por el general Mola en 1936 y al que se sumaron Goded, Queipo, Cabanellas, Aranda, Varela, Franco y otros, llevando al país a una guerra civil cuyas consecuencias aún padecemos hoy. También la OAS, contraria a la independencia de Argelia, pretendió un golpe de estado contra la legalidad francesa en 1958, dando con ello ocasión al nacimiento de la V República francesa.

¿Qué tienen que ver todos estos golpes de estado con lo ocurrido el pasado año en Cataluña, donde su gobierno y la presidencia del Parlamento infringieron gravemente la ley como se infringe diariamente salvo por la gravedad de los hechos? Los jueces dirán si se trata de un caso de alta traición, rebelión, sedición u otros delitos, pero en ningún caso han hablado de golpe de estado, sencillamente porque no hubo tal ni en grado de tentativa. No quisieron las autoridades catalanas transformar la legalidad española, sino apartarse de ella constituyendo un estado separado de España. No tenían ni los apoyos sociales necesarios ni el reconocimiento internacional ni la legitimidad para hacerlo (sí para desearlo y predicarlo).

La derecha española ha sufrido de catalanofobia desde el siglo XIX, como cierto nacionalismo catalán ha tenido un odio especial a España. En este último caso se trata de minorías mientras no se demuestre lo contrario, en el primero sobran los ejemplos: Antonio Maura y ciertos sectores del conservadurismo español del primer cuarto del siglo XX, Primo de Rivera, que cometió el error de anula la Mancomunidad catalana (contó no obstante con el apoyo de la burguesía para reprimir al movimiento obrero en Cataluña), Martínez Campos con anterioridad, y luego las organizaciones agraristas castellanas que veían en la prosperidad industrial catalana una competidora peligrosa.

El sentimiento de superioridad de Cataluña en el conjunto de España se manifestó ya en Prat de la Riba y Vicenç Ballester, pero no así en Francesc Cambó, que quizá fue el representante de la burguesía catalana que mejor encarnó el papel que Cataluña debía jugar para influir en la política española. En el nacionalismo de Esquerra hay ejemplos de hispanofobia durante la II República y antes (Macià, los hermanos Badía) y ahora se ha manifestado con plenitud irracional no solo entre las masas independentistas sino entre dirigentes políticos (Mas, Torra, Puigdemont, Torrent y otros). Pero una cosa es odiar, despreciar, y otra dar golpes de estado, para lo cual o se dispone de una fuerza militar o no hay manera (incluso cuando esta fuerza militar no ha sido necesario utilizarla).

L. de Guereñu Polán.


domingo, 17 de junio de 2018

"Nación de naciones"



No hay más que consultar el Diario de Sesiones de las Cortes de fecha 9 de mayo de 1978, para ver que en la Comisión de asuntos constitucionales, Manuel Fraga se expresaba diciendo “a mí me gusta la expresión nación de naciones" para referirse a España. Siguió el prócer mostrando su admiración por el jesuita Ramón Lázaro, catalán y miembro de las Cortes de Cádiz que, desde posiciones moderadas, fue partidario del liberalismo en España. También mostró Fraga su admiración por Antonio de Capmany, militar catalán y miembro también de las Cortes de Cádiz, donde demostró sus avanzados conocimientos en varias materias.

Fraga siguió diciendo en aquella ocasión que todas las regiones y provincias españolas debían tener el mismo régimen, unas buenas Diputaciones provinciales a las que se podrían llamar Generalidad. Está clara la ironía, pero lo que me interesa recalcar aquí es que, tras lo que años más tarde se vio con la discusión del segundo Estatuto de Autonomía de Cataluña, en relación al concepto de nación, casi nadie parece haberse acordado de aquella frase de Fraga en la que se mostraba de acuerdo con la expresión “nación de naciones”.

Viene esto a cuento para demostrar que las palabras valen poco, porque según quien las pronuncie, tienen un significado y trascendencia u otro. Si yo fuera un alto responsable público del Estado, me guardaría muy mucho de patrocinar para España la frase de Manuel Fraga, pues entrañaría determinar, en primer lugar, el concepto de nación, y en segundo lugar decidir si Cantabria, Murcia, La Rioja, Madrid o Baleares (por poner solo unos ejemplos) son naciones.

El historiador Álvarez Junco, que creo es uno de los que más claro tiene este tema de las naciones, habla de que los diversos teóricos se han visto obligados a hacer un repaso sobre la raza, la lengua, la religión, el pasado histórico… para acabar comprobando que ninguno de estos datos culturales sirve como criterio objetivo, universalmente aplicable, para decidir qué comunidad es una nación y cual no. Hay que recurrir, entonces, a la subjetividad de los individuos, si se consideran miembros de una comunidad que quiere llamarse nación. Pero ello trae consigo un problema –sigue diciendo Álvarez Junco- y es un “plebiscito cotidiano”, porque los miembros de una comunidad pueden considerarse nación en un momento histórico y no en otro posterior o anterior.

En efecto, para los casos de Cataluña y Euzkadi, ¿se distinguen sus habitantes por la raza, la religión o el pasado histórico del resto de los españoles? Solo la lengua es un elemento identitario y parcialmente, pues al lado del catalán y el euskera está el castellano que, lógicamente, está ahí por razones históricas. El castellano no se debe considerar un intruso ni siquiera por los nacionalistas vascos, catalanes o gallegos, porque si lo hacen también podría verse como intruso al gallego en el Bierzo, entre el Eo y el Navia o en algunos pueblos de Extremadura. No digamos el portugués en Brasil o Timor oriental, en Angola, Mozambique o Guinea Bissau. ¿Es intruso el catalán en Baleares o Valencia? Obviamente no: está ahí por razones históricas. Como el euskera no se extendió hacia el sur ni hacia el norte, como no tuvo literatura durante muchos siglos, de ahí que no sufre la acusación de intruso en sitio alguno, y si se hubiese extendido a otras regiones no podría considerársele intruso porque la historia cuenta y no se puede evitar.

Hay algunos párrafos de Castelao en “Sempre en Galiza” donde el eminente escritor y artista gallego se contradice: es cuando considera que el castellano se ha extendido por la fuerza de las armas a otros territorios… pero nada dice del mismo fenómeno sobre el portugués. ¿Qué nos importa cual sea la forma en que una lengua se ha convertido en madre para millones de personas? Lo que nos importa es que esos millones de personas no están dispuestas a renunciar a ella, como no se renuncia a una madre.

Si el académico tema del concepto nación, sobre el que no hay acuerdo, emponzoña a los políticos y españoles de un signo u otro, malo. Dótese a las comunidades autónomas de recursos de forma justa y consensuada, respétense sus peculiaridades culturales (y la palabra cultura equivale a forma de vida) y no se pretenda privilegio de ningún tipo. De lo contrario, el “diálogo” del que se habla no servirá para nada, porque todo diálogo, si no va acompañado del razonamiento, es inútil. Los sentimientos de mayor o menor raigambre romántica los puede guardar cada uno para su casa. Portugal, que es un estado independiente del español, es hispano, como son hispanos los mexicanos o los chilenos. La historia está ahí y no se puede cambiar.

L. de Guereñu Polán.





viernes, 8 de abril de 2016

¿Que estado federal?

La propuesta de los actuales dirigentes socialistas en España, de reformar la Constitución para establecer un estado federal, parece ser la respuesta que se quiere dar al desafío soberanista del nacionalismo catalán, sobre todo, y no tanto al convencimiento de que sea la mejor solución para articular territorialmente España. Es lógico. En definitiva este asunto ha tenido dividido al Partido Socialista desde siempre, y desde siempre también ha habido un socialismo español con fuertes influjos nacionalistas... españoles. Ahora mismo esta corriente viene representada por la presidenta andaluza, los presidentes extremeño, el manchego y el asturiano. No conozco bien el parecer de otros dirigentes. Ya sabemos los estragos que hizo la facción nacionalista catalana en el socialismo catalán, por lo menos desde el señor Maragall hasta el señor Navarro, si bien aún hubo en Cataluña y en el Partido Socialista quien quería ir más lejos. Creo que están fuera para bien de ellos y del PSC.

Basta echar un vistazo a los periódicos socialistas de otras épocas para comprobar la división sobre este asunto: hubo muchos que siempre rechazaron toda veleidad nacionalista poniendo por delante el internacionalismo proveniente del socialismo decimonónico, e incluso se publicó que "los nacionalismos de los pueblos, aún de aquellos que figuran con caracteres y rasgos más acusados y diferenciales, no siempre expresan una voluntad unánime". En otra ocasión: "No es el socialismo enemigo de las libertades propias de los pueblos, ni partidario de fundir con otros sus características, ni enemigo de sus costumbres. Lo que no quiere el socialismo son artificiales creaciones de nacionalidades, ilógicas e incomprensibles hoy". Esto se decía en "La Aurora Social" el 2 de octubre de 1931. 

En las Cortes constituyentes de ese mismo año, el socialista Fernando de los Rios dijo que la Constitución que se estaba redactando era patriótica: "No decimos el mundo para España, con aquel sentido patriótico que envenenó la conciencia de la amada Alemania. Lo que nosotros decimos es España para el mundo...". Tiempo atrás, en 1918, el Partido Socialista había hablado de la "confederación republicana de las nacionalidades ibéricas", viéndose la enorme diferencia de esto con los posicionamientos cuando tocó gobernar o se estaba en ciernes de ello. En 1931, un congreso extraordinario rechazó la propuesta de una república federal presentada por algunos delegados, entre los que estaban los de Cataluña. En "El Socialista" de 28 de julio de 1931 se publicó un artículo con el título "La actual epidemia regionalista", en el que se aceptaba unicamente "la diferenciación administrativa". 

Meses después publicaba "El Socialista" otro artículo en el que se hablaba de que "Los Estatutos, la estructuración regionalista, no pueden aportar a España ninguna superación social... El obrerismo y el socialismo, propugnadores de ideas netamente internacionalistas, ni pueden entretenerse en la entelequias patriarcales y medivales del regionalismo lugareño...". Y en otro número del mismo periódico: "Nunca se podrá demostrar que a una región pueda ser otorgado un derecho que no puede serlo a su vez a las demás, si no quiere incurrir en la grave injusticia de reconocer privilegios a unos ciudadanos solo por el hecho de haber nacido en punto distinto dentro de la nación española". Y sin embargo en el mismo número, en otro artículo, se abogaba "por la desaparición de la pequeña provincia, tal como lo son las nuestras" [¡que buena idea para hacer desaparecer las Diputaciones Provinciales!] defendiendo gobiernos, parlamentos y poder judicial autónomos para las regiones y no solo para tres o cuatro, haciendo referencia a los casos catalán vasco y gallego.

Y así hasta ahora. Cuando la efervescencia nacionalista, opuesta al nacionalismo español del régimen de Franco, arrastró al Partido Socialista a reclarmar estatutos de autonomía a toda prisa en un corto tiempo, no lo hubo para pensar bien lo que se quería hacer con el país en esta materia. Ahora tenemos un guirigay ensordecedor y contrapuducente. La Constitución de 1978 reconoció, y creo que hizo bien, el concierto fiscal vasco, pero no se previó que otros nacionalismos podrían reclamarlo para sí aunque no hubiese soporte histórico para ello. Al fin y al cabo no solo la historia determina la política. Además, todo nacionalismo, para poder subsistir, ha de mostrarse irredento siempre, insatisfecho, aspirando a más. 

Ahora estamos en la discusión federal (en voz baja, porque no se concreta). No es lo mismo el federalismo de México que el de Alemania, el de Estados Unidos que el de Suiza... ¿Cual sería el bueno para España? Creo que el que se plantee sin prisas y meditadamente, incorporando a él a los nacionalismos periféricos y a los nacionalistas españoles, que existen en el Partido Socialista y en el país. Difícil.

L. de Guereñu Polán.


sábado, 5 de marzo de 2016

Sobre la investidura: Los tiempos y espacios en política, confunden al analista.



La  vida  mediática necesita combustible novedoso a un ritmo que la realidad política no puede suministrar, ello está llevando a transformar a algunos analistas en redactores de horóscopos.

Si los tiempos políticos, incluso en estos días acelerados, van a un ritmo muy distante al de emisoras, televisiones y diarios, los tiempos sociales que tienen una inercia mucho mayor, por lo que las novedades, como los grandes cambios de tendencias en los ejes que la articulan, y que terminan por configurar el voto, no es que sean escasas, son inexistentes en plazos de días o semanas, por lo que si volvemos la vista hacia algunas encuestas, sondeos y consultas tendremos que llegar a la conclusión que mucho de lo que se publica no tiene como objetivo conocer la evolución demoscópica, sino contribuir a su modificación, vamos, que lo que se hace es “arrimar el ascua a la sardina” de quien los encarga.

Contribuyamos de buena fe y lo más objetivamente posible (la objetividad absoluta es inalcanzable) a aportar elementos para que cada cual realice su propio análisis y proyección del voto.

Primer dato, en Democracia, los tiempos los marcan las normas a respetar, si tomamos este referente, veamos las alternativas, que a tres meses vista ya se han contrastado, el futuro ya se verá, hay un par de inciertos meses por delante y ningún analista tiene una bola de cristal: A.- Si estuviéramos en la propuesta concreta de Rajoy, seguiríamos con un gobierno en funciones, tomando decisiones importantes, sin plazo de caducidad de lo de “en funciones” y las leyes en riesgo de derogación o de sufrir grandes modificaciones continuando impactando y haciendo más irreversibles sus efectos, en temas tan importantes como la educación y la seguridad ciudadana; en el caso de las investigaciones en curso sobre corrupción está corriendo el plazo de cierre obligado y en consecuencia favoreciendo sobreseimientos. B.-  La investidura, fallida según muchos, es cierto que no ha logrado el primer intento de formar nuevo gobierno, pero sí que ha puesto fecha de caducidad al gobierno “en funciones” y a muchos de sus efectos. La importancia del objetivo logrado debe valorarla cada uno.

Segundo dato, los espacios que ocupa cada fuerza política no tienen que ser aquellos que sus dirigentes eligen sino los que los electores, la historia y sobre todo los hechos logrados y los votos emitidos por sus representantes institucionales les asignan. El referente principal aquí es la historia, en el eje izquierda – derecha la seña de identidad siempre ha sido la defensa de que intereses defiende cada fuerza, la derecha ha venido defendiendo el status quo, lo que suele convenir a los más favorecidos, la izquierda la modificación de esa situación a favor de los desfavorecidos, que suelen ser mayoría; una seña de identidad de todas las fuerza  de izquierdas en sus orígenes fue su internacionalismo, la defensa de los desfavorecidos por encima de las fronteras, este hecho histórico entra en contradicción con la actual tendencia a calificar como de izquierdas a fuerzas nacionalistas (es un tema de prioridades, históricamente para la izquierda los intereses de los que viven de su trabajo son el primer objetivo, hoy algunos priorizan la defensa  de los que viven o residen en un territorio concreto). Precisamente otra seña de identidad histórica en la derecha europea ha sido, al menos hasta la creación de la CE, el intento de imponer la forma de convivencia y relación que le era más caro a sus dirigentes nacionales, al resto de estados vecinos (al menos ahora en la UE, si se intenta, se hace descartando la fuerza militar, procedimiento utilizado en repetidas intentonas habidas durante siglos). En lo que respeta a la consideración por la mayoría de los ciudadanos europeos de que izquierda es por la que históricamente han apostado, no ha sido en base a qué discurso más o menos ambicioso (no quiero utilizar el término radical) han expresado sus dirigentes, sino a los logros de los gobiernos autodefinidos de izquierda, lo que ha limitado como proyecto de éxito los de los socialdemócratas, más o menos avanzados, valorando como de mayor confianza de la mayoría  a los que han construido y avanzado en el llamado “Estado de Bienestar”. Posiblemente hemos asistido a la primera excepción: el acceso y confirmación del gobierno de Syriza + ANEL (Partido ultranacionalista y derechista) en Grecia. Asumiendo el riesgo de perder objetividad, mi opinión es que la fórmula está resultando poco o nada beneficiosa para los ciudadanos griegos, y muy perjudicial para los desfavorecidos.

Alguna teoría establece que los partidos políticos, en Democracia, tienen las siguientes fases, para fijar sus parámetros en el espacio – tiempo: Constitución y Articulación interna, Autodirección  e Identificación por los ciudadanos y por último Articulación por Condensación de los procesos sociales. Es evidente que algunas de las fuerzas en liza aún no han superado por completo la primera de las fases, por lo que para sus mismos militantes, y para muchos ciudadanos, la dirección en la que trabajan y el espacio en que se sitúan es poco claro, lo que nos lleva a cuestionar su eficacia para articular de forma útil las aspiraciones sociales. También es muy evidente que muchas de las fuerzas “clásicas” han realizado el ciclo completo y están en fase de rearticulación e incluso reconstitución (el ejemplo más radical es el catalán, pero no existe excepción prácticamente en ningún eje).

Intento que mis reflexiones contribuyan a que sus lectores saquen las suyas, basándose en los datos y referencias que muchos años de experiencia en sindicalismo y política activa me han aportado y yo les aporto, pero siendo sincero, y asumiendo un cierto grado de subjetividad, yo no comparto la idea de que lo que está sucediendo es responsabilidad única de los políticos. Los electores al dejarse llevar por los inevitables cantos de sirena y manipulación interesada por todos los actores de cualquier proceso electoral, sin pasarlos por su sentido común, en vez de por los sentimientos de simpatía o antipatía, se hacen corresponsables de todos los resultados, por ello y como mantuve en mi primera reflexión justo después del 20D, como Luis Mejias en el Tenorio afirmo ““…con lo que habéis osado, imposible la haís dejado para vos y para mí”. Asumamos cada cual nuestra parte de responsabilidad, y hagamos que los “expertos” se expliquen mejor.

Marzo de 2016

Isidoro Gracia