lunes, 13 de mayo de 2019

La necesidad de una Europa unida para sobrevivir como ciudadanos libres

Releyendo algunos párrafos de la traducción de Tierno Galván del libro “El ciudadano y Leviatán”, de Hobbes, encontré respuesta a que hacer en las Elecciones Europeas del 26 M.

Publicado en 1651, el libro justifica la creación del Estado y la acumulación por este de un poder absoluto, que, ejercido con el consentimiento de la mayoría, y mediante un razonable uso de la fuerza, nos proteja del miedo hacia los demás y de otros actores ajenos a la República: la religión, el extranjero, la guerra, etc. Según Hobbes el instrumento es válido si sustituye el terror por sumisión y respeto, es decir también avanza una proposición teoríca del Contrato Social propuesto por Rousseau, doscientos años después, y que fue uno de los elementos detonadores de la Revolución Francesa.

Hoy el papel de Leviatán insaciable, que está poniendo en riesgo la misma supervivencia de los Estados, lo están ejerciendo los mercados y sus verdaderos dueños, los grandes especuladores, que han traspuesto los límites aceptables por cualquier ciudadano consciente, al quitarnos buena parte de aquello que asegura nuestro bienestar e incluso la misma supervivencia, como la educación y la sanidad públicas, o los recursos para el futuro, incluso el mismo futuro. Es más que evidente, en consecuencia, que el
poder de los mercados ya es un poder que nos está llevando a una guerra de todos contra todos, para favorecer los intereses de una minuscula minoria, ese 1% que tiene mas patrimonio que el 99% restante.

Una vez que los legítimos representantes de los ciudadanos, los Gobiernos Democráticos, tomen conciencia de que su propia supervivencia ya es más que precaria, tendrán que reaccionar y si no quieren que el Leviatán acabe con todos ellos, y además devore a sus voluntarios súbditos, deberán ser ellos los que embriden a Leviatán. El problema surge al constatar que un solo estado por poderoso que sea tiene muy complicado, por no decir imposible, controlar un monstruo del tamaño y complejidad que el fenómeno de la globalización ha alimentado hasta el gigantismo.

Constatado el hecho de que el tamaño y la voracidad del actual monstruo se salen de la escala que un simple gobierno de un estado puede controlar, habra que buscar un ente mayor y más poderoso, que defienda la supervivencia y bienestar de los ciudadano a su cargo. Y el ente existe: el aún imperfecto e incompleto proyecto que llamamos Unión Europea. Tambien disponemos de la herramienta adecuada, la denostada pero imprescindible Política común.
La Unión Europea es algo más que una mera suma de Estados, es una creación que tuvo y aún tiene como primer objetivo salvar a la propia civilización europea del colapso, al que se vio abocada por las continuas guerras entre vecinos. Frente a los discursos euroescepticos y a los de los nacionalimos egocentricos y de tendencias tribales, que proponen soluciones de siglos pasados a los problemas de este siglo, yo hago valer un dato incuestionable, el principal objetivo de la U.E. , antes CEE, que los europeos dejaramos de matarnos con los vecinos, se ha logrado razonablemente durante un largo periodo de 75 años.
Si algo que historicamente se ha mostrado tan dificultoso ha sido conseguido por el proyecto U.E., a pesar de sus defectos e imperfecciones, ese proyecto es un útil recomendable para aplicar al no menos dificultoso objetivo de garantizar un grado aceptable de libertad y bienestar a los ciudadanos que nos agrupamos alrededor de él.
Parece claro, en las ya proximas elecciones del día 26 hay que aportar el pequeño poder del voto individual, poder cuya magnitud se multiplicara por los más de 500 millones de individuos que habitamos en este territorio.
Yo votaré a una fuerza pro Unión Europea.
Mayo 2019

viernes, 10 de mayo de 2019

"Socialista hasta el final de mis días"


Siento, como creo que le ocurre a muchos, la mala suerte sufrida por Rubalcaba, un hombre bueno, avispado, inteligente, que conocía el oficio de la política en el mejor sentido de la palabra. Quise que fuese elegido Secretario del Partido Socialista cuando tuvieron lugar las elecciones primarias por las que, en efecto, fue elegido.
Le escuché repetidamente comprendiendo que estaba ante una persona de profundas convicciones democráticas y socialistas, ante los sindicatos dándoles lecciones sin quererlo, ante otros partidos con una ironía, un respeto y una inteligencia pocas veces vistas; le vi en momentos muy duros de la lucha contra el terrorismo etarra y contra cualquier tipo de terrorismo; le vi sufrir cuando alguien había caído caprichosamente por la decisión de un asesino.
Creo que fue el alma política de los Gobiernos del señor Zapatero, y tuvo un papel muy importante cuando fue ministro de Educación con el señor González. Fue un hombre de verbo ágil, simpático, pero profundo cuando correspondía.
Tuvo la generosidad y la humildad de aceptar ser candidato a la Presidencia del Gobierno cuando las cosas pintaban muy mal para el Partido Socialista, víctima de la crisis económica y de una pésima gestión de la misma. Cuando obtuvo un mal resultado –cuando eran malos para todo el socialismo europeo- dejó toda pretensión política, más allá de seguir preocupado por el devenir de España, una España que él entendía, sobre todo, de los que trabajan, de los que crean riqueza, de los que no delinquen, de los que se esfuerzan día a día por un mundo justo.
No quiero extenderme porque nunca podría llenar todas las virtudes de este hombre menudo y sencillo, pero vivaz y servidor incansable de muy nobles ideales. Recuerdo sus palabras repetidas en una ocasión: “socialista hasta el final de mis días”.
L. de Guereñu Polán.


jueves, 9 de mayo de 2019

Senadores de dos legitimidades


Una de las mayores aberraciones de nuestra Constitución (que no obstante defiendo con uñas y dientes) y que es común a otros estados, es la doble legitimidad de ciertos legisladores, concretamente los miembros del Senado, según sean elegidos directamente por la población o por los Parlamentos Autonómicos. El sistema mayoritario para el Senado ya representa un déficit democrático, pues quedan fuera candidatos con muchos votos a sus espaldas por resultar ser los terceros o cuartos en sus circunscripciones. La actual Ley Electoral ahonda en esta aberración sin que se avisten soluciones a la misma.

Imaginen ustedes que yo soy diputado del Parlamento gallego y se me dice que, para que un correligionario mío sea elegido senador, debo votar a favor de un candidato de la derecha al mismo puesto. Es el momento en el que dejo el escaño sin dilación. ¿Cómo voy a votar para que ocupe un puesto en el Senado a quien defiende posiciones antagónicas conmigo y los de mi clase? Pues en este juego tontito es en el que estamos. Ni qué decir tiene que los electos por este procedimiento están que no caben en sí de gozo, pues una prebenda (y esto se considera muchas veces un cargo público) no es para despreciar.

No seamos pusilánimes: los cargos públicos son ambicionados porque dan prestigio, liberan a los que los ocupan de trabajos peor remunerados en la mayor parte de los casos (cuando no es así se consigue la compatibilidad), permiten ciertas influencias y constituyen ingrediente muy interesante de un posible “cursus honorum” al estilo romano.

¿Por qué hay senadores de elección directa y otros por cooptación? Teóricamente porque el artículo 69º de la Constitución española señala que “el Senado es la Cámara de representación territorial” (aunque casi nunca lo ha sido); además de que no somos pocos los que creemos que la representación debe ser de las personas, no de los territorios. Entonces se dijo: pues que ciertos senadores sean elegidos por los Parlamentos regionales. Estos, evidentemente, no tienen la misma legitimidad que los elegidos directamente por los ciudadanos.

¿Preocupa esto a alguno de nuestros dirigentes? Me atrevería a decir que no, a pesar de que la palabra democracia está (como expresión hueca) en boca de todos continuamente. Y esto es todo porque el asunto es tan evidente que no da para más.

L. de Guereñu Polán.

sábado, 4 de mayo de 2019

CORDONES SANITARIOS Y EMPATIA. Antonio Campos Romay*

Desde hace años la política española se caracteriza por una tendencia a declinar la empatía en aras de una agresividad traducida muchas veces en pura grosería. Un virus que infestó la política de forma significativa con la presencia del Sr. Aznar, se doctoró posteriormente enfilando sus dardos contra la administración del Sr. Rodríguez Zapatero, y teniendo lamentable continuidad contra el Sr. Sánchez.
Algo que ofende el sentido común e indigna especialmente a quienes esperan respuestas a sus angustias y solo reciben trifulcas de verduleras. Decae el ánimo constructivo y de dialogo ante los talantes encaminados a la destrucción del contrario entendido como enemigo, la crispación y la grandilocuencia hueca si acaso salpicada de lugares comunes. Es el estado de hombres y mujeres incapaces de entender que lo que se le pide es un mínimo sentido de estado.
Un torpeza y miopía que se manifiesta en ridículos planteamientos de líneas rojas, cordones sanitarios y otras simplezas que apenas sirven para manifestar la nula empatía para buscar espacios de diálogo sin fronteras, donde todo pueda ser discutido en aras de buscar un encuentro razonable. Un comportamiento que arroja en brazos de un primitivismo visceral ignorando la búsqueda de nueva formulas, esperando recetas mágicas.
La difamación reiterada es la moneda de uso común. El insulto la herramienta. La deslealtad con los compromisos y las maniobras traicioneras son la fe que profesan quienes hacen de la política universidad de trileros.
La brújula de alguna formación política solo marca como rumbo deslegitimar al líder que gana las elecciones con notoria holgura y su único programa inteligible es arrojarlo de la Moncloa, adobado de un univoco y ultramontano concepto de la unidad del estado. Para ello no duda en ir de la mano con la derecha que elige su versión más retrograda y la extrema-derecha para tejer un supuesto cordón sanitario para salvaguardar unas esencias patrias, presuntamente puestas en peligro… Sin que todo esto no sea óbice para presentarse sin titubeos como el centro con capacidad de pacto con fuerzas distintas. Por su parte Vox se tira al monte, lo que está en sus genes. El Partido Popular no sabe por dónde tirar, moviéndose tan atropelladamente como un elefante en una cacharrería.
En tanto, para elevar el nivel, la derecha dura catalana, con no escasa biografía en temas económicos muy oscuros, hoy en el separatismo más virulento, se suma a la ceremonia de la destrucción de la empatía de la clase política. Lo hace en esta ocasión a través de Doña Nuria Gispert, que ha presidido el santuario de la soberanía catalana, de toda la ciudadanía catalana, su Parlament.
La Sr.Gisper siguiendo “inasequible al desaliento” en su habito de tuits que si no incitan a la xenofobia y al odio, lo hacen sin la menor duda al menosprecio y al encono, llama cerdos a una serie de compatriotas votados libremente por la ciudadanía. Laureada recientemente con la Creu de San Jordi, invita a toparse con el retruécano de Ugo Fóscolo, “en tiempo de las bárbaras naciones del cuello colgaban los ladrones, y hoy en el siglo de las luces del pecho del ladrón cuelgan las cruces”… aunque en este caso el robo sea, de la dignidad ajena. Entristece que la autoría se corresponda a quien sobre el papel representó a toda la ciudadanía catalana, fuese esta del signo político que fuere.
Sorprende menos que su correligionario, el President Sr. Torra, considere que carece de la menor trascendencia y por tanto da el tema por zanjado. Una comprensión que se corresponde con quien en su cosecha literaria aporta estimables joyas. “El catalán es superior al español en el aspecto racial”Y que tiene una percepción de estos comoBestias con forma humana, sin embargo, que se enjuagan con odio”, entre otras contribuciones.
Con estas mimbres está el país condenado a urdir su convivencia. Cada día que pasa parece más empeñada su clase política a no ver con los ojos del otro, y menos escuchar con sus oídos y sentir con su corazón. Parece misión imposible para la dirigencia política averiguar que está sintiendo exactamente el interlocutor o inclusive, lo que realmente requiere cada momento histórico.
Reducir la brecha social y económica es un reto indispensable. Pero inexcusablemente como paso previo se hace necesario reducir la brecha de empatía entre la clase política, y entre esta y la sociedad. Erradicando cotas de mezquindad y miopía. Extirpando la cortedad de miras que impregnan la política. Elevando la visión de estado, anteponiendo en valor lo colectivo a lo particular. Entendiendo algo tan sencillo como conocer que la política no es ganar o perder sino entender que las necesidades, el dolor o las alegrías de unas personas son tan trascendentes como las de otras.
La política no es anular con sentimientos propios los de otros, sino abrir puertas a la sintonía común.
*Antonuo Campos Romay ha sido diputado en el Parlamento de Galicia


domingo, 28 de abril de 2019

Necesitamos veinte años


Si el Partido Socialista no hubiese capitaneado la acción de echar al señor Rajoy de la Presidencia del Gobierno, todavía estaríamos ahora sufriéndolo, oyendo sus burlas desde la tribuna del Congreso, haciendo oídos sordos a graves problemas de España. Aquellos que dentro de dicho partido eran temerosos o querían cerrar el paso al señor Sánchez hacia el Gobierno, se han equivocado. Y cabe preguntarse por qué el Partido Socialista ha tenido un resultado excelente en Andalucía; siendo la respuesta muy fácil: no existió ahora el factor Susana Díaz, que ahuyentó a parte de la izquierda en las elecciones autonómicas de diciembre pasado. El escándalo que la señora capitaneó en octubre de 2016 pasó factura.

Parece que el Presidente Sánchez podría volver a ser investido tras las elecciones celebradas hoy. Incluso podrían no ser necesarios los votos afirmativos de los nacionalistas catalanes y vascos para que el Presidente Sánchez fuese investido de nuevo en segunda vuelta, donde solo se exige que el número de apoyos sea mayor que el de rechazos.

No entro en si el Presidente Sánchez (supuesta su investidura) formará un gobierno monocolor o si dará entrada a algunos de otros partidos, cuestión que se me antoja muy delicada. En lo que sí entro es que el Parlamento español estará muy dividido, por lo que se complicará la gobernabilidad del país, y ahí es donde estará una prueba irrefutable de la altura política de quienes apoyen al Gobierno y su verdadero patriotismo, más allá de la palabrería huera. Parece que con los nacionalistas, o al menos con algunos, habrá que contar como, por otra parte, se ha hecho en legislaturas anteriores.

Lo que sí se hace necesario es que la izquierda política –y la social en sus campos- haga las cosas lo suficientemente bien a favor de la mayor parte de la sociedad, para que pueda gobernar en España durante veinte años. Este es el plazo que me parece bueno para cambiar muchas cosas, aunque la Constitución no sería la más urgente (temo que cualquier reforma sea para peor). El número muy elevado de votantes que han dado su confianza a Ciudadanos debiera hacer pensar a los dirigentes de este partido, pero también al Presidente Sánchez, para tenerlos en cuenta, sobre todo en materia de regeneración democrática y derechos civiles.

El conflicto planteado en Cataluña es, hoy por hoy, insoluble, por lo que no se me ocurre que se pueda hacer más allá de exigir el cumplimiento de la ley y el reconocimiento de la fuerza que tiene el nacionalismo catalán. La transferencia de competencias, que creo están más justificadas para Euskadi que para otras comunidades, se ve como una necesidad, además de pactar sin agravios una adecuada financiación autonómica.

No debe olvidarse a esos 12 millones de españoles que viven mal o carecen de servicios mínimos, entre los que se encuentran no pocos ancianos y jóvenes de familias humildes. También los parados, sobre todo los de larga duración y los que tienen más de 45 ó 50 años, sabiendo que no es el Estado el que crea puestos de trabajo, sino la iniciativa privada.

Una política migratoria justa exige generosidad y explicación a una población atemorizada por la derecha, que quizá no repare en que los migrantes son una fuerza de trabajo que contribuye al enriquecimiento del país y a la paz en el mundo. España padece una sangría demográfica que ha de encontrar solución en muchas direcciones, pero una de ellas es una política migratoria humana.

La educación, que ha sufrido con los gobiernos de la derecha, debe de ser recuperada para la población en su conjunto, replanteándonos el papel que juega en el sistema la enseñanza concertada. Otro aspecto importante y que espera respuesta es la legislación laboral, que debe recuperar la negociación colectiva y el desarrollo de artículos constitucionales que han permanecido vírgenes. La política de vivienda, en connivencia con los Ayuntamientos, debe ser una prioridad para el próximo Gobierno, como así mismo el estímulo a la investigación y a las actividades que tienen un alto valor añadido.

Para todo ello el Estado necesita recursos y ello solo es posible si allega, vía impuestos, aquellos de los que no contribuyen adecuadamente: grandes fortunas, transacciones financieras, intereses económicos de las empresas tecnológicas y, sobre todo, el combate contra el fraude fiscal, que es posible como ya han demostrado otros países con menos complejidad que España. La batalla en este campo será terrible.
Nuestro país, en definitiva, debiera hacer una apuesta por la paz en el mundo, combatiendo los intentos de grandes potencias, u otras emergentes, contra los refugiados y en los conflictos calientes que hoy nos asolan.

L. de Guereñu Polán.

martes, 23 de abril de 2019

La izquierda y su piedra filosofal hoy.


La izquierda pierde terreno, la cultura del consumo y el individualismo extremo avanzan, en su misma esencia tiene la solución, hasta dos piedras filosofales: el combate a la desigualdad y el internacionalismo.

Para los alquimistas la piedra filosofal era una sustancia ideal mediante la cual todos los metales comunes podían transformarse en oro y plata, esa sustancia imaginaria también podía curar toda clase de males. Los discursos y propuestas de la izquierda, incluso los más moderados socialdemócratas, tropiezan con el innato egoísmo de los que creen que pueden perder algo a manos de otros menos afortunados (parados, inmigrantes, pobres) y con la aparentemente imparable globalización, pilotada por multinacionales y grandes especuladores.

Para buscar la fórmula ni siquiera hace falta circunscribirse a un socialismo científico, que defendiendo la intervención del estado en la dirección de la política económica, la considera compatible la propiedad y administración privada de los medios de producción, puede ser referencia lo mantenido por un liberal como Tockeville: "Nos hemos creído que somos libres porque las leyes nos dicen que lo somos” “….es muy peligroso creer que ese es el único requisito o condición”.

A base de electrodomésticos, modas, entretenimiento y espectáculos, muchos individuos (multitud) han vendido el contrato social, en virtud del cual se admite la existencia de una autoridad, unas normas morales y unas leyes a cumplir, a cambio de protección y bienestar garantizados por el Estado. Y se creen libres porque pueden consumir según sus deseos y capacidad económica, pero su nuevo dios menor, el mercado, y sus sumos sacerdotes, los grandes especuladores, les han ocultado que hay muchas cosas que se pueden comprar, pero unas pocas e importantes no tienen precio, como la educación, la sanidad y la protección social, y solo se garantizan para todos desde un Estado o instituciones supraestatales fuertes.

En un mundo en el que, según la estadística de Credit Suisse, desde 2015 el 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto, es en esos pocos pero importante temas donde el discurso y propuestas de la izquierda tienen su primera piedra filosofal: LA LUCHA CONTRA TAN TREMENDA DESIGUALDAD. Aunque a duras penas, la izquierda ha dejado un legado en las mentalidades europeas: el de las instituciones del Estado de Bienestar, en aquellas sociedades donde todavía se conservan. Dichas instituciones son el gran objetivo que intentan destruir las fuerzas de las nuevas derechas. Para la nueva izquierda el mantenerlas es el punto de partida, forma parte de la esencia de su identidad y de sus dos primeros e irrenunciables valores: LIBERTAD E IGUALDAD.

Desde su nacimiento la izquierda ha defendido que existían sustancialmente dos clases sociales: la clase de los que viven de su trabajo y la de los viven del trabajo de los demás, en el mundo de la globalización esto no ha cambiado. Lo que al principio se identificaba como explotada clase obrera, a la vista de la pirámide de distribución de la riqueza descrita por Credit Suisse, hoy puede definirse como explotadas clases baja y media, es muy evidente que su ubicación geográfica es una seña de identidad de menor importancia.
Que la neoderecha recurra a resucitar la vieja fórmula de los nacionalismos, no deja de ser una estrategia de los acaparadores locales que pertenecen al mencionado 1%, frente a sus competidores externos del capitalismo globalizado y simultáneamente un intento de fraccionar la masa de los explotados conscientes de serlo por aquello del divide y vencerás. La segunda piedra filosofal con la que la izquierda puede afrontar esa estrategia figuró siempre en su arsenal identitario: EL INTERNACIONALISMO. El que algunas fuerzas políticas se definan como nacionalistas de izquierdas, es una contradicción en sus propios términos, ambos vocablos son tan incongruentes entre sí como subir el SMI desde 900 a 850 €.

Abril de 2019

Isidoro Gracia

domingo, 21 de abril de 2019

No me fío


Aunque los pronósticos dan un buen resultado a la izquierda española, particularmente al Partido Socialista, no me fío un pelo sobre lo que resulte de las elecciones del 28 de abril próximo. En primer lugar puede darse una sorpresa que, como tal, no esperan los especialistas en demoscopia, no obstante que tantos estudios de este tipo se equivoquen parece poco probable.

Si el Partido Socialista no alcanza un resultado claramente destacado, con más del 30% de los votos emitidos, por ejemplo, de forma que no quede a los demás sino el remedio de permitirle gobernar (facilitar la investidura como Presidente del que lo es actualmente), vendrán las exigencias del señor Iglesias sobre entrar a formar parte del Gobierno, lo que creo no interesa, ni al país ni al PSOE, por lo menos hasta que, viendo el funcionamiento de los pactos parlamentarios que se vayan sucediendo durante la legislatura, pudiera el Presidente hacer un hueco a ese conglomerado llamado Podemos y permitir que administre dos carteras ministeriales, por ejemplo (sociales a ser posible).

En cuanto al partido del señor Rivera, dada la deriva que ha emprendido desde la campaña electoral andaluza (la Presidenta no había pactado nada con nacionalistas de ningún tipo), creo que seguirá en sus trece despotricando sin muchas razones. No creo que el resultado del 28 de abril le cueste el puesto al mandamás de dicho partido, porque los resultados serán aceptables para él. Al que sí le podría costar el puesto, si el PP no consigue superar los 100 escaños, es al más barriobajero candidato que he conocido, aun considerando lo que ya hemos visto de un tal Hernando en la pasada legislatura. Sería bueno para el país y para el citado partido, que no creo pueda elegir a alguien peor para sus intereses.

La que estará exultante será la extrema derecha, rama genuina del PP y verdadera raíz de su nacimiento con el nombre de Alianza Popular, pero adaptada a los nuevos tiempos democráticos, ya que no puede aspirar a otra dictadura como la que se abolió en 1978. Los señores de Vox (aquí no hace falta decir señoras, aunque las haya) pasarán una legislatura plácida demostrando que son más auténticamente cercanos al franquismo que los del PP, y de hecho creo que habrá un trasvase de personal en las dos direcciones (del PP a Vox y viceversa). Incluso me atrevo a decir que, con el tiempo, PP y Vox volverán a confluir en una misma organización.

Está el tema de los nacionalistas catalanes que, al parecer, seguirán caminos distintos: los conservadores herederos del corrupto Pujol, con su independencia huidiza (por lo de los escapados de la Justicia); los de izquierda, que parece obtendrán el mejor resultado de los de su especie, vendiendo sus votos al mejor postor: recuérdese el apoyo de ERC al PP para investir como Presidenta de las Cortes a la señora Pastor, que actuó muy bien como agente del PP desde tan alta magistratura.

El Partido Nacionalista Vasco, que tendrá una pequeña representación parlamentaria, como pequeña es la Vasconia española, irá a lo suyo: la defensa del Concierto con sus competencias tributarias y las “treinta transferencias” que, dicen, aún le quedan a Euskadi por recibir del Estado. Seguramente sus diputados investirán al señor Sánchez, si ello se propone, porque el Gobierno vasco depende de los socialistas en dicho país para legislar y porque bien sabe el PNV que nada mejor que el PSOE para la estabilidad de los muchísimos empresarios vascos (la mayoría pequeños y medianos), para el sindicato ELA-STV, y para la sociedad vasca en su conjunto, una de las de mejor calidad de vida de España.

Compromís participará en la investidura del señor Sánchez una vez escarmentados sus miembros de a donde les llevó el aventurero de Podemos en el año 2016. Además están que lucen cogobernando con el PSOE en la Comunitat Valenciana.

El resto es “peccata minuta”, sin por ello despreciar por mi parte a un pequeño partido asturiano escisión del PP, a la minoría canaria (si consigue escaño), a los que la derecha llama “batasunos etarras” (EH-Bildu), sin que se lo crea ni siquiera ella; a los de Unión del Pueblo Navarro, que han asociado a su causa al centralista partido del señor Rivera y le han hecho “tragar” el régimen foral navarro (allí, como de costumbre, se acomodó también el PP). Por su parte los “mareados” de Galicia no creo que consigan escaño alguno al no ir asociados a Podemos; y tampoco creo que el partido de los señores Llamazares y Garzón (don Baltasar) consiga escaño, por muy estimables que sean los dos, y los que les siguen, para engrosar la izquierda española.

El “no me fío” del título se agranda si, superadas con éxito para la izquierda las elecciones e investido el candidato del Partido Socialista, los más influyentes de los diversos partidos políticos se empeñan en continuar por la senda del insulto, el bajo nivel político, la miseria moral y la pérdida de tiempo y palabras en vez de contribuir a la solución de los problemas que tienen los españoles. Hay unos doce millones que viven con muchas carencias.

L. de Guereñu Polán.

Los nacionalismos de España

Edificio de las Juntas Generales de Álava

Si los dirigentes españoles de la derecha hubiesen leído el libro de Juan Pablo Fussi, “España. La evolución de la identidad nacional”, estarían en condiciones de no decir tantas tonterías como salen de sus caletres; digo “estarían”, porque aún habiéndolo leído puede que no les hubiese aprovechado. En un par de capítulos de dicha obra el historiador –quizá el mejor conocedor de los nacionalismos españoles- desgrana el origen, naturaleza y evolución de los nacionalismos periféricos.

En el siglo XIX ya hubo proyectos regionales que culminaron en la Constitución nonata republicana de 1873 y, ya en el XX, la Mancomunidad Catalana, y es curioso que en la I República española ya se contemplase el reconocimiento de “diecisiete Estados”. Las dos ideas fundamentales que expone el citado historiador son que “los ámbitos reales” de la vida social española durante el siglo XIX fueron la localidad y la región, no la nación española; y la conciencia regional fue añeja en muchas regiones españolas; la otra es que la aparición de los distintos nacionalismos obedece a “razones extraordinariamente complejas”, por lo tanto nada de despachar este asunto con exabruptos e idioteces.

En efecto, los nacionalismos españoles fueron el resultado de largos procesos históricos y la integración en cada una de las regiones también fue el resultado de procesos largos de sus economías, del dinamismo unificador de las ciudades, de la aparición de opiniones públicas, medios modernos de comunicación y la cristalización, en suma, de una “conciencia colectiva” de pertenecer a una comunidad diferenciada, para la que se reclama reconocimiento. Las lenguas vernáculas, la historia (en el caso de Cataluña formando parte de un estado distinto durante siglos), la etnografía y las instituciones particulares (foros, derecho civil…) han hecho que surgieran teóricos de los nacionalismos periféricos; estos no han surgido por capricho de nadie o por generación espontánea.

Una cosa es que existamos en España los que admiramos el centralismo jacobino francés (un estado fuerte para hacer frente a las desigualdades, a favor de los más débiles) y otra es que, en España, tal fórmula no sirve. Cierto que los nacionalismos se nutren también de mitos como el de que el euskera es una lengua más antigua que las romances, lo cual, siendo cierto, no da carta de naturaleza a nada. También es un mito que Cataluña existe desde hace mil años: no es cierto como tampoco que el reino suevo, del que formó parte el territorio de la actual Galicia, fue el primer estado europeo.

La “Renaixença” catalana y el “Rexurdimento” gallego hicieron mucho a favor de sus nacionalismos respectivos, por lo menos en el ámbito cultural; el salto al ámbito político fue más lento pero duradero. Los vascos, por su parte, se sienten orgullosos, y con razón, de las variedades dialectales del euskera que fueron estudiadas en el siglo XIX por Lucien Bonaparte (un inglés de nacimiento, francés de cultura, que moriría en Italia). Aunque la existencia del Señorío de Vizcaya antiguamente, junto con las provincias forales de Álava y Guipúzcoa, no da razón suficiente para el nacionalismo vasco, sí lo da que el sentimiento de pertenecer a una comunidad diferenciada sea algo de muchos vascos, que incluso quieren elevar esa diferenciación al campo de la política.

Tampoco es razón suficiente para el nacionalismo catalán la gran literatura de Jacinto Verdaguer, pero su obra, junto con el modernismo en arquitectura, pintura y literatura, que abarcó también a las artes decorativas y al mueble, la vidriera, la cerámica, la joyería, la forja, el cartelismo…, renovó de raíz la vida cultural catalana teniendo un éxito social indudable (que, es cierto, no comprendió a la masa obrera, pero sí a amplios sectores de la clase media y a los ilustrados de la época). La obra de D’Ors, un conservador, consistió en resaltar el particularismo de Cataluña como región mediterránea.

La cultura euskaldún (fiestas, publicaciones, estudios de filología, antropología y prehistoria vascas) una vez que se reconoció como diferente, contribuyó al nacionalismo político vasco. Lo mismo las obras de Rosalía de Castro, Murguía, Alfredo Brañas (otro conservador) y la “Asociación Regionalista Gallega” contribuyeron al nacionalismo en Galicia, claramente minoritario porque aquí la clase media era raquítica en comparación con Euskadi y Cataluña en los momentos del cambio de siglo (XIX-XX).

En Cataluña surgieron numerosas organizaciones catalanistas, y personajes como Prat de la Riba y Domenech i Montaner contribuyeron decisivamente al nacionalismo político, como también en Euskadi la obra de los hermanos Arana (Luis y Sabino), diciendo muchas simplezas, fue decisiva. Se empezó a reivindicar el derecho civil catalán, en 1892 una Asamblea en Manresa reivindicó ideas tradicionalistas, corporativistas y confesionales, pero también las bases para una “Constituciò Regional Catalana” que reclamó el catalán como “única lengua oficial” en Cataluña. A ello se unió el tradicionalismo rural catalán (como en el caso vasco) que, en cuanto tuvo noticia de lo que estaba pasando en las ciudades con las ideas expuestas, se sumó gustoso a una “Cataluña como patria o nación propia y distinta”. A principios del siglo XX (incluso antes) Cataluña formaba una unidad económica y cultural ampliamente vertebrada bajo el liderazgo de una gran ciudad, Barcelona, que no tuvieron Galicia ni Euskadi (en 1900 Bilbao no llegaba a los 100.000 habitantes).

En Vasconia el nacionalismo fue al principio minoritario y nació de la defensa de los fueros que reclamaba el carlismo (una corriente política monárquica y tradicionalista). Los teóricos del vasquismo identificaron (erróneamente) fueros con códigos nacionales de soberanía, lo que nunca habían sido, pero defendieron (sin base) una soberanía distinta y anterior a la española: lo de “anterior” es una falsedad manifiesta, pero penetró entre minorías que luego fueron siendo no tan minorías. La independencia vasca (nunca existente) habría sido mancillada en 1839, y más en 1876, pero lo cierto es que hubo territorios vascos que bascularon claramente hacia Castilla desde el siglo XII. La sociedad vasca, sobre todo en las ciudades, estuvo fuertemente castellanizada, mientras que los teóricos del nacionalismo idealizaban el mundo rural (no veían bien la industrialización de Bilbao y de muchas villas guipuzcoanas).

El éxito político de “Solidaridad Catalana” en 1907 (amalgama de nacionalistas, republicanos, federales y carlistas) animó al nacionalismo, aunque aquel éxito luego fuese menor. Además, dicho éxito, solo fue palpable en las provincias de Barcelona y Girona (la “Cataluña vieja”).

Todo lo anterior no se puede ignorar; muy al contrario, se debe conocer, y más por quienes aspiran a legislar y gobernar España.

L. de Guereñu Polán.

sábado, 6 de abril de 2019

Y el monstruo amable se quitó el disfraz.


En 2011, a raíz de elecciones que impulsaban populismos varios, más que conservadores retrógrados, un pensador italiano lanzo el libro en que sostenía: “hoy el mundo es de derechas”
El devenir de Italia en la época Berlusconi apuntaba al renacimiento de lo que, en otros países europeos, como Polonia y Hungría, ya era idea base de sus gobiernos, incluso descaradas practicas dirigidas a desmantelar el estado de derecho, acompañadas de discursos “tan virtuosos” para sus votantes como autoritarios, xenófobos e insolidarios, inspiró al crítico social italiano Raffaele Simone a lanzar una tesis en que intentaba buscar explicación a lo que ocurría, en resumen los ciudadanos más libres del mundo, los europeos, abandonaban a las fuerzas de izquierdas, incluso a las más moderadas socialdemócratas, y dejaban su futuro en manos de las derechas, en algún caso de las mas ultramontanas.
El titulo del libro en que recogía sus tesis es “EL MONSTRUO AMABLE” y el subtitulo “¿El mundo se vuelve de derechas?”, y comienza por retratar no a los políticos sino a los votantes, tiene claro que los nuevos valores de los ciudadanos europeos son el consumismo y el individualismo, y que su ambiente cultural está volcado al un puro y egoísta entretenimiento.
Tomando como referencia a Ortega y Gasset sostiene "... estamos ante una nueva forma metamórfica de la modernidad de masas, ante un gran salto adelante. Se trata de la llegada del Monstruo Amable….”, que identifica con la neoderecha, que persiguiendo lo mismo que las derechas más radicales “sabe que si usase la mano dura todo el mundo lo sabría y podrían derivarse efectos negativos ”.
Mientras que la izquierda ha hecho valer sus ideales, posiblemente gracias a la existencia de una alternativa al capitalismo en los países autodenominados socialistas,la derecha ha ejercido su opresión de manera casi imperceptible sin coerción clara, sino seduciendo a la masa promoviendo la diversión, el confort y concediendo margen al bienestar que las políticas de los gobiernos socialdemócratas promueven, incluso cuando es ella la que gobierna, pero la combinación del naufragio del comunismo con el desprestigio que significó para la izquierda, los efectos culturales del capitalismo globalizado ( nos encontramos no ante una tormenta política sino cultural) y la escala también global de fenómenos como el migratorio están permitiendo que surjan en un país tras otro fuerzas neo sin complejos.
Además de los gobiernos ultranacionalistas conservadores, dudosamente democráticos, de Polonia, Hungría, en la Italia de Simone hoy el actual gobierno acoge neofascistas declarados, el Alemania los neonazis consiguen escaños y en España los neofranquistas condicionan gobiernos.Sin embargo lo más grave no es que esas fuerzas estén saliendo a la luz pública, mucho más grave es que las derechas teóricamente moderadas, y al menos democráticas confesas , desplazan sus propuestas electorales y programáticas al mismo terreno que sus competidoras ultras. Claro que también puede ser que muchos de sus militantes, una vez superado el complejo, simplemente se quitan la careta.
Abril de 2019
Isidoro Gracia